26 de diciembre de 2018 0 / / / /

Sin gobierno, no sin oxígeno

Ayer, Día de Navidad, mientras que la mayoría de españoles organizaban una diurna comida familiar o aprovechaban lo sobrante de la previa cena, de celebración del nacimiento del Niño Jesús, en la cafetería de la estación de ferrocarril de la localidad gaditana de Jerez de la Frontera transcurrieron unas escenas que suscitaron bastante interés.

No se trataba de un escandaloso (a la vez, emotivo) reencuentro familiar navideño con soldados que regresaban de hacer sus misiones en la frontera ruso-báltica y Líbano; tampoco de una sobresaltada escena amorosa ni de una discusión futbolística más que subida de tono. Lo que ocurría era que el líder de C’s en Andalucía, Juan Marín, estaba reunido con los comunistas Antonio Maíllo y Teresa Rodríguez.

El motivo de la reunión no vino a ser otro que tratar de mantener esa especie de “cordón sanitario” contra VOX (los naranjitos se justificarán con que le ofrecen a la formación de Abascal y Serrano un puesto en la mesa de la cámara parlamentaria autonómica, cuando la realidad es que les corresponde por imperativo y establecimiento legal).

Sobre la estrategia, no hay mucho que decir, salvo insistir en que la formación de Albert Rivera es de “falsa derecha”, razón por la que esa reticencia no ha de extrañar, sumada al hecho de tratarse de un partido político hipereurofílico y globalista, que forma parte del consenso progre-socialdemócrata europeo (sabemos además cómo se las gastan los miembros de estos entramados)

De hecho, el acuerdo de gobierno que han sellado PP y C’s no solo destaca por ser una de tantas apuestas por el big government, sino por tener puntos invotables por parte de VOX (salvo que no les importase traicionar a sus votantes y causar una decepción mayor que con la negativa de cerrar Canal Sur): preservación de leyes ideológicas marxista y blindaje de todo el aparato político autonómico.

Me reitero en que no me sorprende la actitud de C’s (me la esperaba, incluso meses antes de los recién celebrados comicios autonómicos), que supondría su muerte política (máxime si permite un gobierno frentepopulista, aunque no mucho menos en sucesivas citas electorales), sabiendo que su principal caladero de votos está en la derecha sociológica andaluza.

Aunque el caso, yendo a su vez a la razón que nos lleva a redactar este artículo, es que se está demorando la consolidación de un gobierno “definitivo”, que no esté en funciones, bajo cierta probabilidad de una repetición electoral si en dos meses no “se consigue nada”, tal y como marcan los reglamentos (por lo que a lo mejor los andaluces volverían a estar llamados a las urnas el próximo mes de marzo).

Así pues, se daría la misma situación que, a nivel nacional, durante la mayor parte del año 2016, o por 541 días (hasta 2011), en Bélgica. Hablamos de algo que a más de uno le resulta desconcertante, en la medida en la que no es una rara avis el tener esa psiqué deseosa de la “falsa seguridad” que nos brinda principalmente el muy problemático Estado moderno.

Es cierto, cuando más preocupante sería una extrema sequía en los ríos y pantanos andaluces, o una temporada larga de tormentas eléctricas y varios tornados eléctricos y mangas marinas. Pero es que no se entiende tanto temor a estar “sin gobierno”, pues no por ello va a haber malnutriciones y mayores incrementos de la tasa de mortalidad. No hablamos de ninguna clase de desgracia.

Salvo una abusiva recurrencia a los “decretos-ley autonómicos”, estos bloqueos parlamentarios complican la ejecución de partidas de gasto presupuestario así como la aprobación de nuevas legislaciones presupuestarias que seguramente -como es habitual en no pocos gobiernos- disparen el gasto y la presión fiscal. Simplemente eso, sin más, en serio.

De hecho, si Andalucía es una de las regiones más pobres a nivel nacional y continental, así como líder en desempleo, no es sino debido a un exceso de intervencionismo político y económico durante décadas. La abundancia de trabas burocráticas y la elevada presión fiscal asfixian a muchas familias y empresas, allanando el terreno en lo que a destrucción de empleo se refiere.

De nada han servido los fondos de la UERSS ni las inyecciones de liquidez destinadas a través del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA), mecanismo de “pasteleo” -que es una evidencia de que la mayoría de gobiernos regionales solo tienen autonomía para gastar, pero no para ingresar. No han ganado nada los andaluces (simplemente se ha beneficiado la “casta política”).

Por lo tanto, no hay que preocuparse de la situación (es más, en casos como el nacional y el belga, la economía ha crecido más cuando ha habido menor intervencionismo y actividad burocrático-gubernamental). El Estado es un ente problemático, y la Junta de Andalucía (a la que se anexaron provincias como la almeriense, en contra de la decisión de la mayoría de ciudadanos de este territorio limítrofe con Murcia) no ha sido de los menos.

Es preferible que haya “bloqueo” o “inactividad gubernamental” a que haya un gobierno que siga complicando la vida de los andaluces o suponga una “pérdida de tiempo” como la que caracterizó al gobierno de José Antonio Monago en Extremadura, entre 2011 y 2015. La burocracia, los impuestos, la deuda, el despilfarro y la casta política tienden a ocasionar problemas.

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