10 de septiembre de 2019 0 / / /

Mediocracia. Una teoría de los medios de comunicación

Uno de los principales fenómenos que ha originado la modernidad política es el surgimiento de la opinión pública. Esta nos plantea un problema importante: Corremos el riesgo de que nuestra sociedad crea en la opinión publica ¿Qué estamos diciendo? Metámonos un poco en el barro de la comunicación e información publica.

Primero ¿Cómo es eso de que la sociedad cree en la opinión pública? ¿No es, acaso, que la opinión pública es la opinión de la sociedad? Entonces ¿Cómo no creería la sociedad en su propia opinión? La realidad es que la ley de hierro de la oligarquía es inquebrantable. Por tanto, en las instituciones comunicativas, por más “democráticas” o “pluralistas” que  sean, como en toda institución, siempre hay una élite que lidera y manda sobre el resto. Algunos teóricos, principalmente conservadores, señalan esto como una distinción entre “opinión pública” y “opinión publicada”. Esto demuestra que, como de costumbre, los conservadores no entienden nada. La realidad es que la opinión no difiere de quienes la publican. Esto es: Los medios son la opinión pública. Expliquémonos.

Para empezar ¿Qué son los medios de comunicación? Son transmisores masivos de información. Los medios son quienes nos informan, es decir, son nuestros ojos y oídos. La información es vital para cualquier sociedad porque sin información no podemos actuar. En principio, a más información disponible, más efectiva será la acción porque de más conocimiento dispondremos sobre lo que queremos y como obtenerlo. Es, también, la información la que nos permite juzgar los resultados de esas acciones. En fin, el hombre no puede caminar en línea recta sin un punto de referencia en el horizonte, y ese punto de referencia se construye en base a información. Son los medios quienes nos brindan ese punto de referencia.

Ahora ¿Cuál es la fuente de esa información que los medios transmiten? ¿De dónde proviene? La información no crece en los árboles, alguien debe producirla y procesarla para que sea posible transmitirla. Esto nos plantea otra cuestión ¿Los medios producen información? ¿O solo la difunden? Para responder, apliquemos un poco de teoría neorreaccionaria.

Los medios de comunicación, en tanto transmisores de información, están íntimamente ligados -mediante “relaciones carnales”, si nos ponemos menemistas- a los productores de esa información ¿Quiénes producen la información? ¿Quiénes la han producido historicamente? Los sacerdotes. Los científicos cumplen, en las sociedades modernas (y ateas o, más precisamente, anti teístas), el mismo rol que cumplían los sacerdotes en las sociedades confesionales -o que eran abiertamente reconocidas como tales-: Producir y difundir el conocimiento válido. Por esto, Moldbug, el founding father de la neorreacción, ha llamado a esta meta-institución, compuesta por la massive media, la academia y la educación, como “La Catedral”, y a la casta -o clase- que la integra y que sigue incuestionablemente sus mandatos como “brahmanes” (“sacerdotes” en indio). Mas claro, échale agua, dice el dicho popular.

La Catedral es el equivalente moderno a los sacerdotes antiguos ¿Por qué se creía en lo que decían los sacerdotes? Porque eran sacerdotes, punto ¿Qué significa que eran sacerdotes? Que conocían la Verdad, y la verdad sacerdotal es una verdad que no necesita ser verificada de algún modo, es verdad porque el sacerdote dice que lo es. Esto es, es una metaverdad, y en la medida en que constituye la verdad que profesa el poder, se vuelve la verdad del poder. Los sacerdotes cumplen un rol social crucial para toda sociedad: Ejercen el monopolio de la producción del conocimiento válido, de aquella información vital sin la cual ninguna sociedad puede mantenerse como tal. Es decir, controlan en que puedes creer y en que no. El rol de los sacerdotes es determinar que información vale y cual no y, por tanto, definir que merece ser difundido, y que es peligroso de comunicar.

El gran Chesterton resumió este problema en una inmortal frase: “La educación pública no genera un público educado”. Interesante paradoja ¿Cómo interpretarla? El término “educado”, en el sentido usado por Chesterton, en el sentido que le damos aquí, es sinónimo de instruido, formado y, más precisamente, es perfecto equivalente de informado ¿Qué es estar informado? Es ir de acuerdo con la información válida, con la verdad oficial, es consensuar con ella. Es formar parte del consenso de esa verdad oficial. Toda sociedad ha tenido a sus sacerdotes, que han sido los guardianes del consenso que, en última instancia, cohesionaba a esa sociedad ¿Que consenso domina nuestros tiempos? El consenso de la corrección política, lo que llamamos comúnmente progresismo, y que es, precisamente, el consenso de La Catedral.

¿Qué es el consenso de la Catedral? Es aquel que componen los productores de la información que hoy consideramos válida, los científicos, la academia, junto a los difusores de esa información válida, los medios de comunicación y la educación, quienes la difunden al público general e instruyen a las generaciones desde la infancia. Esta es la relación directa y fraterna entre medios, academia y educación. Su rol es el sacerdotal, el de creadores y formadores del conocimiento válido, de la Verdad oficial, del pensamiento del Estado. Leer los diarios o ver programas de noticias no sirve en absoluto si lo que usted quiere es informarse, pero son geniales si lo que quiere es conocer cómo piensa el Poder, que dicen quiénes lo gobiernan.

Los medios, entonces, son medios de desinformación masiva. Reformulando, de lo que Chesterton ya nos advertía a principios del siglo XX, es que el gran peligro de la educación pública es que genera un público desinformado. Esto, porque el rol de los “educadores públicos”, el de La Catedral, es la desinformación pública masiva. El peligro concreto es que la opinión pública -ósea, La Catedral- se vuelva creíble ¿Por qué? Porque una sociedad que cree en la opinión pública es una sociedad altamente manipulable, siendo capaz de absolutamente cualquier cosa ¿Que tanto? Por ejemplo, de perpetrar el auto exterminio sobre su propia población, práctica que hoy es conocida amablemente como “interrupción legal del embarazo”. En la Historia, muchas locuras han sido cometidas, pero jamás se ha logrado la exaltación del principio de thanatos, del principio de muerte, de tal forma y en tanta magnitud. Cesar y Anibal fueron grandes tiranos, aunque incomparables, claro, con Gengis Khan, victimario de decenas de millones. Pero ninguno podría concebir jamás la increíble cifra de cuarenta y cinco millones de víctimas por año. Creo que esto nos da una pauta más que generosa sobre el peligro que enfrentamos. El peligro es la fe en la opinión publica, porque la opinión publica son personas concretas, y las personas son peligrosas, sobre todo, cuando gozan justamente del tipo de poder del que la opinión publica goza, responsabilidad, y especialmente si se trata de personas que piensan como brahmanes, y que, por tanto, conciben a la responsabilidad tal cual la conciben los brahamanes. Y, si, la opinión publica son los brahmanes.

Hoy nos parece completamente normal que la opinión pública sea creíble ¿Por qué no debería creer a los medios? ¿Porque nos engañan? Vamos, no seamos conspirativos. Ellos, como cualquiera de nosotros, solamente están haciendo su trabajo. Pero ese es exactamente el punto, de eso se trata, están cumpliendo con su labor, cumpliendo su rol: (des) informar.

Los medios no siempre fueron creíbles. En un primer momento fueron un fenómeno puramente de élites. Y las élites no son tan ingenuas como el resto de nosotros para creer en los medios, al menos antes no era así. Pero, paulatinamente, con la profundización de la democracia, los medios se fueron convirtiendo en un fenómeno de masas. Hoy, es indudable que las masas creen en los medios, y hasta las propias élites parecen sufrir de autoengaño.

¿Cómo se volvieron, los medios, creíbles ante las masas? Volviéndose profesionales. Esto es, objetivos, neutrales e imparciales. Es decir, cumpliendo con su trabajo. Los periodistas le llaman a esto de un modo espectacularmente develador: Ser periodista ¿Que es ser periodista? Ser profesional, ser objetivo, imparcial y neutral, esto es, ser responsable. Un buen periodista, más bien, un periodista digno de ser considerado como tal es responsable ¿Que es ser responsable? Informar según el conocimiento válido, según la verdad oficial. Toda difusión de conocimiento no valido, es decir, no aprobado por los brahmanes, es completamente irresponsable, lo que es totalmente reprochable, pues traiciona la moral, el ideal y el objeto del buen ser del periodismo, además de que reduce su credibilidad general y, por tanto, merece la pérdida de la credencial de “periodista”. Un periodista que informa según preceptos ideológicos, políticos y/o políticos partidarios claros y visibles no es un periodista, es un operador. Él no informa -de acuerdo con la verdad oficial-, el desinforma de acuerdo con sus intereses.

Esto, como dijimos, no siempre fue así. El estilo de medios europeos original, el que se mantuvo en Europa -ósea, en Europa Occidental- hasta que fue convertida en una extensión territorial de Estados Unidos al otro lado de Greenwich, funcionaba de un modo muy distinto. Y la verdad es que, medio por medio, me quedo con el europeo ¿Cuál era ese modelo? Los medios no ocultaban su línea ideológica y política, al contrario, lo normal era que cada medio mantuviese una línea y afiliación no solo política e ideológica clara, sino también, político-partidaria que resultase completamente visible y de la cual se enorgullecía. La democracia eran partidos en competencia electoral, y los medios eran, justamente, un medio de comunicación, de extensión de la comunicación de esos partidos para con el público. Los medios eran una extensión de la democracia, un medio para ella, eran los brazos de una cabeza ocupada por los partidos. Cada medio particular apuntaba a un público particular que deseaba ver su realidad particular, es decir, a través de los ojos de una línea política, ideológica y político-partidaria particular con la cual se identificaba. La credibilidad de los medios no pasaba por ninguna información neutral, el concepto de credibilidad, al menos tal cual lo concebimos hoy, estaba ausente. Lo que importaba era que los medios reflejaran la realidad de cada uno.

¿Cuál era el problema con esto? Que generaba un consenso débil porque mantenía a la verdad oficial fragmentada. Un discurso es más poderoso en la medida en que más cohesión mantiene, y un sistema que fomenta la fragmentación será bueno para los idealistas, pero no es bueno para las guerras, y la democracia volvió al modo de comunicar en una guerra.

¿Qué método predominó? El americano, el profesionalismo periodístico anglosajón. Según este, el rol del periodismo es estrictamente el de la transmisión de información “pura” o “bruta”. Esto es, información objetiva, neutral e imparcial, no procesada en ningún modo porque esto podría introducir “sesgos”. El rol de procesar e interpretar esa información corresponde a cada ciudadano individual. Los medios son estrictamente un medio según el sentido mas literal de la palabra, un puente entre la información directamente extraíble de la realidad y el ciudadano, nada más. El rol de los medios no es, en ningún modo, hacer política, y su guía moral es “dar las dos caras”. Resumiendo, toda la sanata liberal que ya conocemos.

A partir de los 50s avanza la llamada segunda “secularización” en Europa. Ya no refiriendo al desdoble de la religión y el Estado o la política, sino al desdoble, la separación, entre la sociedad y la política, más concretamente, la política partidaria. Es decir, la identidad político-partidaria comenzó a disolverse, tal como en algún momento lo hizo la identidad religiosa. La primera secularización consistió en la separación de la religión y la verdad oficial, es decir, que la religión ya no debía marcar la creencia del Estado. La Iglesia fue despojada de su auténtico rol sacerdotal y apartada en un rincón. Así, la verdad oficial pasó a ser la que la política partidaria definiese. De aquí, que los análisis reaccionarios hasta la primera mitad del siglo XX identificasen a la democracia como “partitocracia”, el gobierno de los partidos. Pero a la primera secularización, la de la religión, que reemplazo a Dios por los partidos, seguiría la segunda, justamente, la de la política partidaria, que reemplazaría a los partidos por los medios. Por fin, los medios serían lo que siempre quisieron ser: Sacerdotes, la responsable salvaguardia de la verdad oficial. Con la democracia, si primero la Verdad fue la Iglesia, luego lo fueron los partidos, y hoy la verdad son los medios.

Dejamos de ser un público partidario fragmentado en posiciones políticas y pasamos a ser un público responsable: Un público homogéneo, con un auténtico pensamiento único en torno a la verdad oficial profesada por los medios. Ya nadie quiere ser desinformado por los irresponsables partidos y sus lineamientos, todos queremos ser profesionalmente informados por los responsables medios. La democracia se ha convertido en una genuina mediocracia. El método mediático victorioso fue el del profesionalismo responsable, el que cierra el consenso. La democracia fue convertida en una extensión de los medios, en un medio para los medios. Su relación original se invirtió. Ahora los medios son la cabeza y la democracia sus extremidades, aquellas que mantienen al público cautivo de su desinformación.

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