3 de mayo de 2019 0 / / /

La Reacción. Un inicio

El Estado moderno y, más específicamente, el tipo de Estado particular al que nos enfrentamos hoy, es el que Dalmacio Negro caracterizaba como “minotauro”. Un Estado que, además del carácter homogeneizante inscripto en su naturaleza, del germen igualitario del republicanismo y de la gangrena autodestructiva que es la democracia; es nihilista y “ha desarrollado un curioso gusto por la muerte”. Es una combinación increíblemente letal. El Estado es hoy en día un parasito inmenso inmerso en un crecimiento incesante a tal punto que pone en duda su propia supervivencia al amenazar la de su huésped social.

Hasta la fecha, el Estado no ha parado de crecer basándose en el crecimiento exponencial de la población humana. Así, han instalado enormes sistemas de “bienestar” -para el Estado, claro- que se han sustentado en una cada vez mayor población. Ahora, esta situación comienza a transformarse en un mundo o, mas bien, en una parte de él, en el cual las propias ideologías y “bioideologias”, como las llama Negro, atentan contra el propio seno social. Al momento, el Estado se limitaba a explotar de todos los modos posibles a sus poblaciones, y la cúspide habían sido los Estados totalitarios, tanto los que lo eran abiertamente -como los países del bloque del Este en tiempos de Guerra Fría- como aquellos que disimulaban con elecciones y constituciones liberales -las socialdemocracias occidentales-. Ahora el Estado es un monstruo enorme, hiper nutrido a partir de su sistema de expolio intergeneracional, que se dedica a inculcar y profesar un modo de vida que atenta contra su propia existencia poniendo a la muerte en un altar. El Estado de bienestar, un Estado maternal que convierte a los individuos en infantes “yoistas”, permanentemente lactantes de su seno de infinito presupuesto, y los condena así a su dependencia eterna, incentivándolos a reclamar una continua expansión del sistema y adormeciéndolos al encerrarlos en su hedonismo; ha evolucionado. En este Estado de bienestar 2.0 el aborto y la eutanasia son aclamados como dos de los mayores logros progresistas. La locura moderna ha llegado a un punto tal que el parasito profesa y sacraliza la muerte del huésped del que se alimenta.

No obstante, lo más preocupante es que esta tiranía es, increíble y absurdamente, invisible. O, más precisamente, es legítima y allí yace su “invisibilidad”. Ya ni siquiera se trata del culto a la igualdad, el culto a la muerte que profesa la bioideologia dominante es abierto y no se disimula en ningún aspecto. Es más, es vendida y comprada en forma de libertad, ahora la muerte prematura es una salvación. Sin embargo, es inmoral oponérsele ¿En dónde hallamos la clave de esta tiranía? En que sus víctimas están acolchonadas por un entremezclado mar de nihilismo, indiferencia, comodidad, autoengaño y resignación.

En cualquier sociedad moderna uno puede encontrar a quienes simpatizan abiertamente con estas ideas, tanto a sus beneficiarios directos como los que no lo son. Es increíble el poder de adoctrinamiento de un aparato que logra convencer al cuerpo social de que su exterminio es saludable. Es que claro, es un sistema de poder increíblemente fuerte. Por un lado, los cargos de mayor status, los de gobierno, están ocupados por promotores y/o simpatizantes de estos “ideales”, los cuales son requisito necesario y excluyente para alcanzarlos. Lamentablemente, toda elite gobernante es siempre la guía moral de sus pueblos, lo que nos da la pauta de hacia dónde nos dirigimos. A su vez, quienes “forman” las futuras mentes se encargan de captar a los posibles talentos, a quienes podrían poner en relativo peligro al statu quo, y los ponen a su servicio, sea centrifugando sus ideas, dándoles incentivos a “comportarse correctamente” o bien marginándolos en caso de herejía y tozudez. Junto a ellos, están los encargados de “informar” a un público inmerso y cerrado sobre sí mismo, concentrado en su bienestar inmediato, en satisfacer sus placeres más próximos, gozando cual cerdos en el lodo, y de los cuales, por tal razón, ningún espíritu reactivo puede esperarse.

Pero mirando el seno social, uno también puede encontrar a aquellos que, por diversas razones, se encuentran fuera de ese principal grupo. Notaremos allí a una población desganada, sin demasiadas convicciones ni esperanzas. Una que no goza del bienestar que se le ha prometido, que no encuentra demasiada “vida” -justamente- en las ideas que el meinstream profesa y que no entiende por que la prometida “alternancia” democrática nunca se concreta, siendo en el fondo, un cambio de caras pero una continuidad por el mismo camino político. En este grupo están aquellos “molestos” con el statu quo, que desprecian en cierto modo a los políticos, están cansados de “todo”, saben que “todos son iguales”, pero se ven impotentes de hacer algo al respecto, por lo que continúan sus vidas descargando su amargura mediante algún hobbie, en el mejor de los casos, o en algún vicio, en el más común.

Nos enfrentamos a un enemigo cuya máxima fuerza yace en el hecho de que una parte de la población esta fuertemente interesada en mantener y que a la otra no le interesa destruir. Esta es la base del poder del enemigo progresista. A través de la materialidad y la redistribución de status democrática del poder público, un número creciente de personas tiene incentivos a que el sistema crezca. A la vez, en frente se haya la inexpresiva mirada de quienes se quedan afuera y que, ante la carencia de cualquier alternativa, solo pueden optar por plegarse al movimiento y convertirse en beneficiarios del mismo, siempre y cuando se les permita, o resignarse y vivir engañados el resto de su vida bajo la idea de que el próximo gobierno será mejor.

Si no queremos sucumbir bajo la revolución legal permanente de la democracia, sino queremos que el Estado se desplome sobre nosotros y nos aplaste completamente, si se quiere algo distinto del comunismo, entonces debemos reaccionar.

¿Cómo enfrentar a una maquinaria de poder que funciona tan bien? Pues la respuesta parece ser no ir, aparentemente, de modo directo contra él.

La reacción debe consistir en el antónimo perfecto, en la negación de todo lo “moderno”. Precisar esta última idea es tarea compleja y extensa, pero resumiremos, aquí, afirmando que la reacción no está ni se realiza con “grandes cambios”, sino que se hace “desde abajo” y comenzando por lo inmediato, por lo más cercano. Inclusive el cambio de hábitos más pequeño realizado por el más insignificante individuo puede servirnos, por lo menos como un inicio. Comenzar a preocuparnos mas por lo “nuestro”, nuestra patria, allegados, comunes, familiares, propiedad, aquello que se nos ha dado “naturalmente”, desde la concepción. “No hay nada más extraordinario en este mundo que un hombre común con su esposa común y sus hijos comunes”, recita esta inmortal frase de Chesterton, y es en este sentido a donde debemos apuntar. Revalorizar lo simple, lo sencillo, lo común que tenemos cerca, y no lo que se nos pide desde los centros del poder.

La reacción es el combate a la centralización y esta lucha es en buena medida psicológica. Quitar nuestra atención de las metrópolis centrales, de las primicias ocurridas allí y de las ideas que de allí se nos inculcan, y volver a valorar aquello que nos es propio. Hoy es mas común que cualquier persona de cualquier punto geográfico de cualquier país se preocupe y se entere más de cualquier suceso aleatorio ocurrido en una gran urbe, incluso de un país extranjero, que lo ocurrido a su propio vecino, y esa puede ser la clave del asunto. Las lealtades están homogéneamente centradas en la sede del poder estatal y contra eso debemos ir.

“Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos”, expresaba Borges. La base de la reacción esta allí. Se empieza por abajo, porque de otro modo no puede ser, porque es la genuina forma de hacer la contrarrevolución, porque reaccionar se trata de ser reaccionarios, y a reaccionar se empieza desde el más aparentemente insignificante detalle.

La reacción debe ser esa mancha de petróleo que se esparza sobre el mar de nihilismo, resignación y autoengaño compulsivo del mundo moderno.

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