9 de mayo de 2020 0 / / / /

La Corrupción en Tiempos del Coronavirus, Vuelven el Estraperlo y los Estraperlistas

Colaboración en Ahora OPINIÓN

 

 

por Carlos Aurelio Caldito

 

Después de la guerra civil española, en “los años del hambre”, hubo una expresión que “hizo fortuna”: estraperlo. También fue éste el procedimiento mediante el cuál algunos acumularon grandes fortunas.

Es posible que sea necesario explicar el significado del vocablo, especialmente para las víctimas de las “leyes educativas progresistas”: la palabra estraperlo se usa en España para referirse al comercio ilegal de bienes sometidos a algún tipo de impuesto o tasa por el Estado. Por extensión, es sinónima de cualquier actividad irregular, intriga de algún tipo, chanchullo, o negocio fraudulento y de mercado negro. La palabra (aunque empezó a usarse en la segunda república española, después de un escándalo que afectó, en 1935, a Alejandro Lerroux, miembro del gobierno y líder del Partido Radical) acabó consolidándose y popularizándose durante las primeras décadas del régimen del General Franco, debido a que, por desgracia, fueron muchas las personas que se enriquecieron en el mercado negro de bienes sujetos a racionamiento, por supuesto, con la entusiasta colaboración de las autoridades y con la complicidad de quienes ejercían de policías y funcionarios de aduanas y fronteras… A quien practica el estraperlo se le llama «estraperlista».

En estos momentos de crisis de salud pública, debido a la pandemia del coronavirus, y de crisis política, moral, etc. están floreciendo por doquier los estraperlistas que, en connivencia con miembros del gobierno frente-populista de Pedro y Pablo, están haciendo suculentos negocios.

Cuando comenzó el “estado de alarma”, y antes de que el gobierno lo decretara, yo fui de los que plantearon ―y no fui el único― que, además de crear un mando único para encarar la crisis del coronavirus (integrado por expertos en medicina epidémica), y al que se subordinaran las diversas policías y las fuerzas armadas; era imprescindible crear un gabinete de economistas de probada experiencia en gestión de situaciones tales como la que estamos padeciendo desde hace meses, para controlar los recursos materiales y humanos disponibles, las compras de bienes y servicios necesarios para luchar contra el coronavirus, y especialmente para evitar el derroche, el despilfarro, la corrupción y la arbitrariedad que, desgraciadamente se han acabado produciendo.

Milton Friedman afirma que existen cuatros formas de gastar el dinero:

1º. Cuando una persona gasta su dinero en beneficio propio, y en ese caso tiende a gastar lo menos posible y a conseguir la máxima rentabilidad.

2º. Cuando una persona gasta su dinero en beneficio de otra persona (por ejemplo, cuando hacemos un regalo de cumpleaños) y en tal caso también procura gastar lo menos posible, pero la utilidad o el beneficio que le reporte a la otra persona no importa demasiado.

3º. Cuando una persona gasta dinero ajeno en beneficio propio, y dado que no le ha costado ningún esfuerzo conseguirlo, entonces busca conseguir la máxima satisfacción y lo que cueste el capricho le importará un bledo. Pongo por caso si la empresa donde esa persona trabaja decide invitarlo a pasar unas vacaciones de lujo porque los dueños de la empresa son “así de esplendidos”. Otro ejemplo podría ser cuando alguien recibe un premio enorme por haberle tocado la lotería.

4º. Cuando una persona gasta dinero ajeno en beneficio ajeno, como es el caso de los gobiernos y de quienes gestionan empresas públicas. Ni los diversos gobiernos, ni los mandamases de las empresas públicas, tienen demasiado en cuenta la utilidad del gasto, el beneficio que realmente cause, y menos aún la cuantía del gasto.

Bien, si tenemos en cuenta la trayectoria que ha emprendido el tándem Pedro y Pablo que encabeza el gobierno negligente y criminal que, aparte de la terrible crisis de salud pública ―que ha ocasionado un verdadero genocidio―, nos ha conducido a una profunda crisis política y económica, su espíritu solidario (a buen seguro que movido por su bondad extrema, por su bonhomía, detrás del cuál se esconde algo así como un sentimiento de culpa por pertenecer al grupo social de los “favorecidos” que les lleva a verse impelidos a exigir “justicia social”, “igualdad” y ocurrencias por el estilo pero, claro, con el dinero ajeno), uno de los próximos días propondrá en el Congreso de los Diputados ―en Comisión creada ad hoc―, que se lleve a cabo una campaña gubernamental para “emprender la reconstrucción” y acabar con las situaciones de pobreza que, con toda certeza, van a ocasionarse a corto, medio e incluso a largo plazo en España.

Por supuesto, antes de hacer semejante proposición, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez ―y su tropa― ya se habrán encargado de realizar una campaña de “sensibilización” en los medios de manipulación de masas, para “concienciar” del gravísimo problema social que aqueja a España (Pedro y Pablo y sus fanáticos correligionarios nunca dirían España, dirán más bien “este país”).

En el Congreso de los Diputados, la coalición gobernante (integrada por comunistas y socialistas), que no cuenta con mayoría, aparte de separatistas y filoetarras, se verá obligada a buscar el apoyo de la derecha boba y es seguro que PP y Ciudadanos, con enorme entusiasmo, acogerán la propuesta de Pedro y Pablo de creación de una “Comisión ad hoc” para estudiar tan terrible “lacra”, para evitar que les llamaran reaccionarios, fachas, insolidarios y lindezas por el estilo. Ni que decir tiene que los restantes partidos políticos con representación parlamentaria aplaudirán también a rabiar la iniciativa del gobierno, para no quedarse descolgados en el mercadeo y chalaneo del voto.

La Comisión para la reconstrucción, es seguro que creará una Subcomisión para el “estudio de la pobreza”, que acabará decidiendo, después de hacer comparecer en ella a miembros de “la sociedad civil” ―que por su especial predicamento y autoridad en la materia, puedan aportar su enorme sabiduría y luz a tan noble causa…―, que habría de crearse, de forma urgente e inaplazable, un “Observatorio” integrado por “expertos” para dar solución a tan terrible “lacra” social. La primera tarea a emprender por el “Observatorio de la pobreza” sería definir el umbral de pobreza, el nivel de ingreso mínimo que, según la costumbre, la tradición y también las creencias, es necesario para adquirir un óptimo nivel de vida en “este país”.

No importa que ya existan estadísticas y estudios (de Caritas u otras organizaciones próximas a la Iglesia Católica) acerca de las personas que, antes de la pandemia del coronavirus, ya vivían por debajo del umbral de la pobreza y acerca de quienes, en estos momentos, deambulan por las calles pasando hambre o no tienen donde cobijarse e incluso, tampoco con qué vestirse. Eso es lo de menos, pues cuando en España el gobierno decide crear semejantes Observatorios (generalmente integrados por mediocres inoperantes), la primera obligación de quienes forman parte de ellos es ser creativos, originales y redefinir conceptos, y a ser posible inventar nuevos “palabros” y crear una nueva jerga, e innovar el lenguaje.

Una vez definido quiénes son los calificables de “pobres”, por parte del “Observatorio de la pobreza”, la siguiente acción a emprender será ponerse a localizar a quienes, de entre nuestros compatriotas y de entre los que transitan por el solar patrio (de forma más o menos “legal”), coinciden con el “estándar” decidido. Para ello, propondrán que se cree la burocracia correspondiente (por descontado, los gerifaltes del PSOE y Podemos ya habrán previsto este particular en su proposición de ley para combatir la pobreza…) y que se realice la dotación dineraria que corresponda ―según criterio de tan doctos “observantes”― para atender a quienes sufren la tan terrible e insoportable “lacra”.

A estas alturas de mi narración ya es seguro que algunos habrán empezado a pensar que todo ello “cuesta dinero, muchísimo dinero”. Pero esto tampoco importa mucho, pues como dijo una eminente “miembra”, cuando formaba parte del consejo de ministros de José Luis Rodríguez Zapatero (de nombre Carmen Calvo Poyato) y actualmente vicepresidente del gobierno, el dinero es de todos y no es de nadie.

Ni que decir tiene que, los proponentes de tan hermosa y noble cruzada ya habrán publicitado a través de los medios de manipulación de masas, en más de una ocasión, que con su ingeniosa iniciativa ¡También se crearía empleo!

Siguiendo las indicaciones del Ministerio de Asuntos Sociales que, casualmente dirige un tal Pablo Iglesias (aunque tampoco se extrañen de que el gobierno social-comunista acabe teniendo la feliz ocurrencia de proponer que se creara un ministerio específico para atender al enorme número de nuestros compatriotas calificables de “pobres”), se hará una convocatoria para seleccionar a la legión de funcionarios que integrarían la burocracia encargada, en principio, de detectar y localizar a la multitud de “pobres” que hay en España. Por supuesto, dado que en España alrededor de nueve millones ―9― de las personas que están en edad de trabajar, están “oficialmente” desempleadas, y previendo que la cantidad de candidatos a ser funcionarios será inmensa, el gobierno decidirá que quienes se apunten a tal proceso de selección deberán abonar una cierta cantidad dineraria como requisito para participar en los exámenes. Una vez realizado el “casting”, la legión de burócratas se patearía todo el territorio patrio en busca de “pobres a los que ayudar” y, dependiendo de la laxitud o severidad empleadas para valorarlos, siguiendo el baremo creado exprofeso por el “Observatorio de la pobreza”, se elaboraría el censo de personas candidatas a ser agraciadas con ayudas dinerarias procedentes, ¡Cómo si no! del dinero de los contribuyentes.

Como generalmente quienes manejan dinero ajeno, tal cual ya advertí al principio, en palabras de Milton Friedman, no suelen escatimar en gastos, es seguro que debido a esa exploración efectuada por los burócratas del “Observatorio de la pobreza”, se llegaría a la conclusión de que eran muchos más los “pobres” españoles que, los que se había pensado en principio. Y por consiguiente habría que aumentar la dotación presupuestaria destinada a tan noble causa.

Como tales iniciativas, generosas a más no poder, suelen descuadrar los presupuestos de los gobiernos y de las empresas estatales, la siguiente iniciativa que tomaría el “Observatorio de la pobreza” sería sugerir al gobierno que intentara recaudar más o que creara un “canon” especial para atender a nuestros desgraciados y “pobres” compatriotas. Para ello, por ejemplo, bastaría con grabar con un pequeño tanto por ciento la gasolina, o el tabaco, o cualquier cosa que a ustedes se les ocurra que sea de consumo corriente.

Llegados a este punto, ya se habría dado más de un caso de gente “pícara”, que habría recurrido a alguna artimaña, para pasar a ser catalogado como “pobre” aunque su circunstancia personal no fuera calificable de tal. También, y como consecuencia lógica, habría muchos contribuyentes (los que pagamos impuestos por coacción ―y que si pudiéramos “escaquearnos” lo intentaríamos―), que habrían llegado a pensar que la cruzada contra la pobreza era otra nueva estafa y un despilfarro que no nos podemos permitir y que, nunca se debió emprender, además de fomentar otra forma de parasitismo y el llamado “voto cautivo”.

Los más pudientes procurarán contratar los servicios de asesores fiscales para intentar no participar en el sostenimiento de una acción más, de las muchas, que emprende la élite oligárquica y caciquil que nos gobierna ―o mejor dicho, “nos mal gobierna”―, e incluso, más de uno, ya habría hecho algo para poner a buen recaudo sus ahorros y su patrimonio mediante el procedimiento que sea, incluyendo cerrar sus negocios e irse a otros lugares donde la casta parasitaria sea menos depredadora.

Moraleja: como decía un tal Winston Churchill, los colectivistas, socialistas, intervencionistas, son muy “amigos de los pobres”, por eso cuando gobiernan aumenta el número de pobres. Porque ¿Cuál acabaría siendo el resultado de emprender una acción semejante, inspirada en la bondad extrema de los sabios que forman parte del Congreso de los Diputados sino el empobrecimiento y el saqueo de la clase media, de quienes trabajan y crean riqueza?

¡Ah, se me había olvidado, iniciativas de este tipo, más tarde o más temprano, aparte de generar déficit e inflación, acaban siendo financiadas con más y más deuda pública, y por tanto nos hipotecan más y más, por muchos años, y a nuestros descendientes directos y no tan directos!

Y por supuesto, iniciativas de esta clase, aparte de fomentar la arbitrariedad de los gobiernos y quienes dirigen las empresas estatales, fomentan la corrupción de la que tanto nos hablan hipócritamente quienes la promueven con sus acciones, hipocresía que se encargan de amplificar los trovadores y aduladores de los medios de manipulación, que también reciben enormes cantidades de dinero, en forma de subvenciones y regalos diversos por hacerle el caldo gordo a los gobernantes.

Inevitablemente me viene a la memoria el libro “La economía en una lección” de Henry Hazlitt, en el que el autor afirma que no existe en el mundo actual creencia más arraigada y contagiosa que la provocada por las inversiones estatales. Surgen, por doquier, como la panacea de nuestras congojas económicas ¿Se halla parcialmente estancada la industria privada? Todo puede normalizarse mediante la inversión estatal ¿Existe paro? El remedio es fácil, basta que el gobierno gaste lo necesario para superar la «deficiencia».

Nuestros sabios gobernantes suelen olvidar que todo lo que obtenemos, aparte de los dones gratuitos con que nos obsequia la naturaleza, ha de ser pagado de una u otra manera. Sin embargo, el mundo está lleno de falsos economistas cargados de proyectos para conseguir algo por nada. Aseguran que el gobierno puede gastar y gastar sin acudir a la imposición fiscal, que puede acumular deudas que jamás saldarán, puesto que nos las debemos a nosotros mismos. Tan magníficos y plácidos sueños conducen siempre a la bancarrota nacional o a una desenfrenada inflación, y por supuesto, aplazar el vencimiento de la deuda sólo sirve para agravar el problema, y más todavía: la propia inflación no es más que una manera particularmente viciosa de tributar.

Aunque sea de Perogrullo, es imprescindible recordar que cada euro que el gobierno gasta (sea local, provincial, regional o nacional) procede inexcusablemente de un euro obtenido a través del impuesto. Cuando consideramos la cuestión de esta manera, los supuestos milagros de las inversiones estatales se ven desde una perspectiva muy distinta. Una cierta cantidad de gasto público es indispensable para cumplir las funciones esenciales del Gobierno. Cierto número de obras públicas —calles, carreteras, puentes y túneles, arsenales y astilleros, edificios para los órganos legislativos, la policía y los bomberos— son necesarias para atender los servicios públicos indispensables. Evidentemente no es mi intención cuestionar tales iniciativas públicas. Mi intención es otra: hablar de las acciones públicas que se emprenden con el propósito ―dicen sus promotores― de proporcionar trabajo, crear empleo. Cuando el facilitar empleo se convierte en finalidad para los gobernantes, la necesidad pasa a ser una cuestión secundaria y, por supuesto, si alguien osa criticar la iniciativa gubernamental, se le colgará de inmediato el sambenito de obstruccionista, contrario al progreso y reaccionario o epítetos por el estilo.

Los caciques y oligarcas de los diversos partidos siempre disponen de los medios de manipulación de masas (televisiones, radios, periódicos) para convencer a quienes no ven más allá del alcance de sus ojos, y harán, como haría un ilusionista o un encantador de serpientes, para evitar que los contribuyentes se den cuenta de las posibilidades que se han malogrado cuando emprenden gastos innecesarios. Harán todo lo que esté a su alcance para que no contemplen, no imaginen, las casas que no se construyeron, los automóviles y electrodomésticos que no se fabricaron, las prendas de vestir que no se confeccionaron e incluso quizá los productos del campo que, ni se vendieron, ni llegaron a ser sembrados. Lo que acabe ocurriendo habrá sido, sencillamente, que se ha creado una cosa a expensas de otras.

Son multitud los descabellados proyectos que constantemente promueven los gobernantes, teniendo como noble objetivo dar trabajo, o dar rienda suelta a su bondad extrema, aunque la utilidad práctica del proyecto sea algo más que dudosa.

Pero, al fin y al cabo, estamos hablando de corrupción y justificar determinadas formas de corrupción, decir que las hay “soportables”, es entrar en el terreno del “todo vale”, del “todas las opciones son igualmente respetables…”, no hay “absolutos” ni verdades universales. Es una invitación a la inmoralidad y al caos…

¿Pero, es inevitable dejarse arrastrar por el embuste, el engaño, la simulación, la hipocresía, el fraude y otras formas de inmoralidad y de corrupción?

Pues, si usted es de los que opinan que la actual España no tiene remedio, también es de los que consideraran que cuanto antes nos intervengan y nos rescaten, mejor que mejor, y que España empiece a ser tutelada y se convierta en un “protectorado” de la Unión Europea.

 

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