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19 de febrero de 2026 0

Javier Martínez-Pinna analiza su libro sobre las órdenes monacales y religiosas

(Una entrevista de Javier Navascués).-

Javier Martínez-Pinna (Alicante, 1974) es profesor de Historia, escritor y colaborador en las principales revistas de divulgación histórica. Sus artículos han sido publicados en Muy Historia, National Geographic, Clío Historia y Vive la Historia. Es uno de los miembros fundadores de Laus Hispaniae, revista de historia de España, y ha colaborado activamente en distintos medios de comunicación y en programas de radio como Luces en la Oscuridad, el mítico Espacio en Blanco, La Rosa de los Vientos y Es la Mañana de EsRadio. Es autor de Lo que hicimos por el mundo y Muerte y religión en el mundo antiguo. Con Almuzara ha publicado Eso no estaba en mi libro de historia de la Edad Media; Eso no estaba en mi libro de historia de la piratería; Iberismo, hacia la unión de España y Portugal; Eso no estaba en mi libro de historia de las guerras púnicas; Eso no estaba en mi libro de historia de la Iglesia católica y El libro de las órdenes monacales y religiosas.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre las órdenes monacales y religiosas?

En muy buena medida porque creo que hoy es más necesario que nunca recuperar el recuerdo de esos monjes y de esos monasterios que en su día fueron espacios de silencio. En este siglo XXI, el ser humano se siente fatigado por ser incapaz de seguir el ritmo de la vida moderna, por eso hemos empezado a mirar hacia atrás para tratar de reencontrarnos con unos valores que nos permitan escapar de una realidad asfixiante. Esto nos ha llevado a redescubrir a estos personajes que, siglos atrás, sintieron la necesidad de alejarse del ruido y buscar aquello que daba sentido a la existencia en el interior de un monasterio.

Indudablemente algo está cambiando. Curiosamente, y según el Ministerio de Cultura, el documental Libres se convirtió en el 2023 en uno de los más vistos del año. Asimismo, están apareciendo nuevos ensayos dedicados a la historia del monacato cristiano. Además, en uno de mis viajes al monasterio de san Pedro de la Cardeña, uno de los monjes trapenses me aseguró que habían detectado un aumento muy significativo de personas que se acercaban hasta el cenobio interesándose por la vida de estos monjes dedicados a la oración.

¿Cómo complementa su anterior libro titulado Eso no estaba en mi libro de historia de la Iglesia católica?

Cuando escribí Eso no estaba en mi libro de historia de la Iglesia católica, publicado por la Editorial Almuzara, mi intención fue recordar qué fue la Iglesia y el papel que tuvo a la hora de configurar las bases de nuestra cultura, completamente erosionada por la imposición del pensamiento postmoderno y el relativismo moral que ha tenido un profundo impacto en la fe cristiana. Pensaba que un mejor conocimiento de la historia de la Iglesia nos permitiría comprender los grandes errores cometidos, pero, también, la labor desarrollada para fundamentar la identidad europea. Con El libro de las órdenes monacales y religiosas seguimos por el mismo camino, pero, en este caso, para mostrar al lector que la civilización occidental, la antigua cristiandad, no podría entenderse sin tener en cuenta el protagonismo de estas familias religiosas, porque los monasterios no solo fueron espacios de oración, sino también importantes centros culturales, económicos y de asistencia social abiertos a las necesidades de la gente común.

Siempre se ha dicho que los primeros monjes fueron los sucesores de los mártires. ¿Qué hay de verdad en esta afirmación?

Uno de los factores que nos ayuda a comprender la aparición y consolidación del monacato cristiano es el final de las persecuciones tras la llegada al trono imperial de Constantino. En las persecuciones que tuvieron lugar durante los reinados de emperadores como Decio, Valeriano o Diocleciano se forjó el ideal del santo cristiano, del mártir que después recibió culto por representar la idea de santidad y la más perfecta expresión de la vivencia moral y el seguimiento a Cristo. Queda claro que, después del Edicto de Milán, la Iglesia se replanteó el modo de seguir a Cristo en su forma más plena. Es entonces cuando la idealización de la vida cristiana pasa del mártir al consagrado. El monje es el nuevo héroe por ser el digno sucesor de aquel que había entregado su vida por el hijo de Dios. En este mundo que parecía contaminarse por la alianza entre el trono y el altar, muchos cristianos optaron por marchar a lugares solitarios, inhóspitos, como forma de protesta por la instalación de la Iglesia en el mundo. Es la época de los eremitas y los anacoretas, de personajes importantes como san Antonio Abad o san Pacomio.

¿Por qué lo aborda desde el monacato primitivo en el desierto de Egipto hasta nuestros días?

Porque los libros que ahondan en la historia del monacato suelen centrarse en lo que conocemos con el nombre de la era monástica, el periodo de la historia que transcurre entre la muerte de san Benito en el 547 y la de san Bernardo, en 1153. Durante estos siglos de esplendor se alcanzó el momento de máximo apogeo de la vida monacal porque la vida consagrada, tanto individualmente como en comunidad, se presentó como un rasgo específico de la sociedad europea. En mi caso no quise dejar de lado la importancia de órdenes tan importantes como las mendicantes, sobre todo los dominicos, los franciscanos y los agustinos, y también las familias religiosas que surgieron en el contexto de la contrarreforma y, después, en el siglo XIX.

Además, debemos de tener en cuenta que entre las antiguas órdenes y las más modernas, podemos encontrar un hilo conductor como puede ser la importante labor apostólica, determinante a la hora de dar a conocer el mensaje del Evangelio por todo el mundo. Si la labor de los primeros monjes benedictinos fue esencial a la hora de comprender la difusión del cristianismo por territorios como la Europa Oriental, lo mismo podemos decir sobre las órdenes mendicantes o los jesuitas a la hora de entender la evangelización de los nuevos espacios geográficos descubiertos desde los albores del siglo XVI. Hablamos de la misión y del papel que tuvieron personajes estelares como fray Juan Zumárraga, Bernardino de Alburquerque, fray Andrés de Urdaneta o el mismísimo san Francisco Javier.

¿Cuál fue la aportación de estas órdenes en cuanto a las obras de caridad y servicio a los más necesitados?

En el libro dedicamos todo un capítulo a recorrer los principales espacios de un monasterio medieval y a estudiar el día a día de los monjes. Pues bien, además del claustro, el refectorio o el scriptorium podremos visitar una de esas enfermerías monásticas, como la del monasterio de Guadalupe, en las que los monjes y los frailes cuidaron de los enfermos con tremenda humanidad. Es cierto que no contaban con tantos servicios y aparatos especializados, pero la atención se hacía de forma muy caritativa. Se ha hablado mucho sobre el papel clave de los monjes a la hora de preservar el saber clásico, es cierto, pero en El libro de las órdenes monacales y religiosas prestamos especial atención a las familias religiosas que hicieron del cuidado de los enfermos su principal preocupación.

Hablamos, por lo tanto, de los Hermanos de san Juan de Dios, que introdujeron una visión muy humana y digna del enfermo, justo en una época en la que la enfermedad se consideraba un estigma, o los camilos, unos sacerdotes a los que no les tembló el pulso a la hora de administrar los sacramentos a los moribundos, lavar las heridas a los que no podían valerse de sí mismos y permanecer junto a los que quedaban aislados y en la más absoluta soledad por miedo a los contagios. Esto es precisamente lo que trato de reivindicar tanto este libro como en el anterior, y es que la Iglesia ha podido errar a lo largo de su dilatada historia, pero esto también fue Iglesia, la verdadera Iglesia querida por Cristo, la de esos hombres y mujeres que lo abandonaron todo y pusieron su vida en peligro con el único deseo de ayudar a los más desfavorecidos.

¿Por qué fueron claves los cluniacenses y los cistercieneses?

Cluniacenses y cistercienses, los dos grandes imperios monásticos de la Edad Media. Los monjes negros y los monjes blancos. Qué tema tan interesante. Con respecto a Cluny, estamos hablando de una orden que nació en un contexto de crisis, el saeculum obscurum, en un momento en el que la dignidad papal estaba siendo disputada por las facciones aristocráticas dominantes en Roma. Pues bien, en 909, el duque de Aquitania, Guillermo el Piadoso, donó unas tierras al abad Bernón para que levantase un monasterio benedictino, siendo este el origen de Cluny, cuyos principales abades, como Odón, Mayolo u Odilón llegaron a rivalizar con papas y reyes. La reforma cluniacense, tan alabada por Benedicto XVI, se caracterizó por la ascesis, el estudio y el culto divino rodeado de belleza y dignidad. También tuvieron un papel decisivo a la hora de fundamentar la sociedad europea, por su defensa de la persona humana y el bien primario de la paz. El problema es que el aumento de poder de estos monjes negros hizo despertar las aspiraciones de muchos monjes insatisfechos deseosos de recuperar el ideal del monacato original basado en la pobreza, la sencillez de vida y el trabajo manual. Pues bien, fruto de estas apariciones nació la Orden del Císter, cuyos monasterios se entendieron como una escuela de espiritualidad y de vida en común.

¿Qué importancia tuvieron las órdenes mendicantes?

Mucha, hasta tal punto que soy de los que piensan que los mendicantes, especialmente los dominicos fueron determinantes a la hora de comprender el extraordinario desarrollo cultural y teológico que preludia al Renacimiento. El nacimiento de estas órdenes en el siglo XIII respondió a una serie de condicionantes como la necesidad de luchar contra la herejía, los cambios provocados por el crecimiento urbano y la aparición de las primeras universidades. Con los franciscanos, los dominicos, los agustinos o los carmelitas, la espiritualidad cristiana experimentó una transformación radical al pasar a una vivencia de la fe más personal, afectiva y comprometida con el mundo, Con ellos, también se recuperó la idea de pobreza y, como dijimos, la preocupación por el estudio con el objetivo de formar en la fe. En este sentido resulta curiosa la costumbre de los dominicos de permitir a los frailes disponer de una vela para que pudiesen continuar con sus estudios durante las horas de la noche. Aunque no siempre se le ha reconocido, considero a santo Domingo de Guzmán como uno de los grandes personajes de la historia de Occidente, por crear una orden en cuyo seno brillaron grandes intelectuales como santo Tomás o Franciso de Vitoria.

¿Por qué, de entre miles de monjes, cita como figuras claves a San Benito, San Francisco de Asís y Santa Teresa?

Porque creo que, por encima de cualquier otro ámbito, la influencia de alguno de estos monjes y monjas es fundamental para comprender nuestra cultura y universo espiritual. La historia de Occidente no podría entenderse si no tuviésemos en cuenta la biografía de personajes que tratamos en el libro como san Basilio el Grande, san Martín de Tours, san Benito, Beda, san Bruno y otros muchos como san Francisco, san Ignacio de Loyola, santa Teresa, san José de Calasanz, Camilo de Lelis o san Juan Bosco. No creo equivocarme al afirmar que estamos ante los auténticos padres de la cultura europea y, por eso, no podemos permitir construir nuestro futuro de espaldas a estas figuras que, sí o sí, debemos reivindicar.

Por lo tanto, hoy que la sociedad está en decadencia, cuando no deconstrucción, ¿Por qué es más necesario que nunca tomar como referencia estos grandes manantiales de espiritualidad y cultura…?

Porque al final, el ser humano siempre tendrá la necesidad de buscar la verdad, por eso, en un mundo falto de referentes éticos y una sociedad marcada por la prisa y la deshumanización, es importante recuperar del olvido a los monjes y las monjas que, en su día, dieron un paso adelante para recuperar la libertad y la paz de espíritu. ¿Por qué nos llaman tanto la atención? Posiblemente porque, los consagrados a Dios valoraron el trabajo diligente de sus tierras, pero del mismo modo consideraron que el ser humano no solo debía vivir para consumir y producir, sino también para pensar, contemplar y trascender, que es, precisamente, lo que hemos perdido en el mundo moderno. Estoy completamente de acuerdo cuando afirmas que nuestra sociedad está en deconstrucción y, además, que sufrimos una auténtica crisis de valores, por lo que deberíamos reflexionar, entre otras cosas, sobre la importancia del monacato cuya influencia fue decisiva a la hora de configurar el universo espiritual de la civilización occidental y, así reconocer, las aportaciones de estos hombres y mujeres de Dios cuyo recuerdo parece emerger, poco a poco, de entre las arenas de la historia.

Después la influencia que tuvieron en la Edad Media ¿cómo se produjo la gran crisis del monacato cristiano y qué papel ha de asumir la vida consagrada?

El monacato cristiano entró en una profunda crisis a partir del siglo XVIII, en el que la vida consagrada comenzó a ser cuestionada desde distintos frentes. Desde el punto de vista filosófico, en este siglo de las «luces» se desarrolló la Ilustración, con una serie de pensadores rabiosamente anticatólicos, como Voltaire y Diderot, que destacaron por sus críticas a la Iglesia y contra los monasterios y conventos por considerarlos un simple lastre para el progreso del ser humano. El anticatolicismo del siglo XVIII no fue solo intelectual: también tuvo un destacable componente político. En países como España o Francia, la Iglesia y las principales órdenes religiosas y monásticas se convirtieron en un auténtico problema para esas monarquías que pretendían fortalecer los poderes del Estado. La crisis del monacato alcanzó altas cotas con la llegada de la Revolución francesa, momento en el que se suprimieron órdenes religiosas, se cerraron monasterios y miles de católicos fueron pasados a cuchillo.

A todo ello, le unimos la política de los Estados liberales como España, donde continuó la obra de debilitamiento del monacato, sobre todo por el inicio de los procesos de desamortización. A pesar de la crisis del mundo monacal, la vida consagrada sobrevivió, aunque se vio obligada a transformarse con la aparición de congregaciones adaptadas al mundo de la modernidad y a la implantación de los nuevos modelos económicos y sociales que atentaban contra la dignidad del hombre. En nuestro tiempo, las congregaciones religiosas no solo deben preocuparse por llevar la fe al mundo, sino también por responder a los problemas de una sociedad sumida en una profunda crisis. Creemos, que el papel de estas congregaciones como los maristas, las teresianas o los salesianos, entre otras muchos, debe ser protagonista para recordarnos que el progreso no solo se mide por la riqueza material, y que la felicidad solo es posible si se recuperan valores que hoy parecen perdidos.

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