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23 de mayo de 2023 0

Festividades religiosas y masonería. Los días internacionales de la ONU

(Por Javier Urcelay)

Acabamos de celebrar, este pasado domingo, la festividad de la Ascensión, uno de los tres jueves que en el año “brillan más que el sol”: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión.

Habrá que olvidar ya el dicho popular, pues de los tres Jueves solo se celebra en jueves ya el primero. De momento.

Uno de los más destacados exponentes de las sociedades cristianas es la institución del calendario de festividades religiosas, en torno al cual se estructura la vida de los pueblos cristianos -Navidad, Cuaresma, Semana Santa, Ascensión, Mes de Mayo, Pentecostés, Corpus, Asunción, San Juan y San Pedro, Día de Difuntos, Cristo Rey, Inmaculada Concepción…-   , y en las que la Iglesia festeja todos sus dogmas, plasma las máximas de su moral, venera a la Santísima Virgen María, recoge los acontecimientos de la Historia Sagrada, y mantiene la memoria de sus santos y beatos.

En torno a las festividades religiosas se unen los hombres y los pueblos en un homenaje público que involucra no sólo a su parte espiritual, sino que se hace también cuerpo y materia en forma de música sacra, cánticos e himnos, repicar de campanas, imágenes piadosas, cuadros, monumentos, rótulos, procesiones y romerías… Así, las fiestas religiosas podrían muy bien definirse como manifestaciones espirituales sensibilizadas, para uso del hombre, que es a la vez espiritual y sensible, y para culto de Dios, que sensible y espiritualmente debe ser venerado.

La Iglesia ha basado sobre este concepto esencial de Dios y del hombre todo su riquísimo culto, poniendo todo al servicio de este objetivo: artes plásticas, literatura, música, indumentaria, mímica, alegorías y símbolos… todo cuanto tiene voz o expresión de cualquier tipo en el orden material, todo lo ha puesto al servicio del orden moral y supra-sensible, sirviéndose de todo para ponerlo al servicio de ese singular catecismo plástico que es la Sagrada Liturgia, de la que las festividades religiosas son parte esencial. Todo ello constituye una enseñanza por medio de los sentidos, que en el pueblo suele ser el camino más directo y menos escabroso de llegar a la inteligencia y al corazón.

Esto, que hoy la pedagogía moderna considera un invento suyo, lo sabía y practicaba la Iglesia, gran pedagoga de la humanidad, desde hacía siglos. Por eso, celebrar las fiestas cristianas es la mejor escuela de cristianismo, llegando a los que sin este sistema educativo no llegarían nunca a tener la menor instrucción religiosa.

Así se formaron en todas partes las antiguas generaciones cristianas, más cultas y más teológicas, a pesar de su rudeza, que muchos muy leídos de hoy.  Dénsele a un pueblo cualquiera las festividades católicas, digna y espléndidamente celebradas y convenientemente explicadas por quien tiene la debida autoridad para eso, y ese pueblo no necesitará apenas otra instrucción para ser, a su manera, un pueblo de teólogos, y más aún -y lo que es mucho mejor- un pueblo de buenos cristianos.

Junto a lo anterior, las fiestas religiosas “de precepto” son para el hombre, viajero en la tierra en dirección a la patria celestial, puntos de parada en los que se le invita a descansar un momento de sus habituales ocupaciones terrenas para dedicar su atención a las esperanzas de su destino eterno.

Hay que trabajar, pero no es este el fin del hombre, como el viajero necesita caminar, sin que sea el hacerlo fin de su viaje, sino solamente medio para llegar a su término. Es por ello indispensable que el hombre haga de vez en cuando un alto, para enderezar a su fin sus pensamientos. Sólo en esta contemplación podrá encontrar sentido a sus quehaceres y consuelo a los padecimientos que inevitablemente nos depara la vida.

Desde que el mundo es mundo, los enemigos tradicionales de las festividades religiosas han sido la codicia, impulsando a profanarlas con el trabajo opuesto al descanso festivo, y la disipación, invitando a tomarlas como ocasión para diversiones y excesos opuestos a su sentido religioso.

Pero no son esos enemigos comunes y ancestrales sobre los que queremos llamar la atención ahora, sino sobre el interés moderno que los promotores de la ingeniería social secularizadora tienen en su desaparición, precisamente por el doble significado de las festividades religiosas que hemos señalado.  Eliminación o desaparición que constituye un objetivo constante para los que pretenden construir un mundo en el que el hombre tome el lugar de Dios, desde la masonería hasta los epígonos de Gramsci y su estrategia de revolución cultural.

Aquel clamor de los impíos en el Antiguo Testamento: “Hagamos cesar sobre la tierra las fiestas de Dios” (Quiescere faciamus diez festos Dei a terra) parece ser el propósito descarado en nuestros días. Saben bien los hoy llamados progresistas -versión actualizada de la viejos y pelucones masones- que el medio más seguro de borrar del corazón de los pueblos la idea de Dios es que dejen de ser celebradas y caigan en desuso sus festividades.

El ataque a las festividades religiosas sigue dos estrategias:

Por una parte, exacerbar esos que han sido sus enemigos naturales de siempre, eliminando del calendario laboral vía legislativa los descansos festivos -incluido el descanso dominical- so pretexto de productividad económica-; y paganizando las celebraciones festivas mediante excesos de juerga, convirtiendo, por ejemplo, las tradicionales romerías en macrobotellones; o desnaturalizándolas, de forma que aunque conservando su antiguo nombre o apariencia vengan a perder su verdadera significación, como ocurre actualmente con la Navidad o la Semana Santa desgraciadamente en muchos casos.

Pero como lo anterior puede no ser suficiente, se pone en marcha una estrategia adicional, consistente en sustituir las festividades religiosas por fiestas laicas o civiles, con las que poco a poco se quiere ir secularizando las costumbres populares.

Cuando durante la Revolución Francesa la Convención quiso abolir en Francia todos los recuerdos de la tradición cristiana, lo primero que hizo fue declarar la guerra al calendario religioso. Se llegó incluso hasta reformar la antigua semana, sustituyéndola por un período de diez días llamado década. Y en lugar de las fiestas religiosas, instituyó las llamadas fiestas cívicas, una de las cuales fue la tan renombrada de la diosa Razón, entronizada en la catedral de Notre Dame.

Aunque la Revolución no consiguió su objetivo de que echara raíces el nuevo culto, logró que su pretensión de eliminar a Dios de la vida social inspirara a todos los que siguieron su estela. La masonería y sus aprendices se afanan desde entonces en promover fiestas filantrópicas o de causas civiles que pudieran sustituir a las festividades religiosas.

A la luz de lo anterior hay que entender la profusión de “días internacionales” -del Agua, de la Mujer, del Cáncer, del Cambio Climático, de la Libertad de Prensa, de las Aves Migratorias etc- promovidos por la ONU, o la irrupción de fiestas importadas de ambientes secularizados, como Halloween, consumistas como el Black Friday, o incluso recuperadas de la antigüedad pagana, como la celebración del solsticio. O esa tendencia a sustituir la celebración del santo patrón de cada uno, dominante antaño, por la de su cumpleaños.

Invito a repasar el calendario de días y semanas internacionales promovido por la ONU en https://www.un.org › international-days-and-weeks. Entre ellos el Día internacional del Atún, a celebrar cada 2 de mayo, o el de la Sanidad Vegetal, cada día 12 del mismo mes. Sería chusco si no fuera por la aviesa intención que se esconde detrás de tan aparentemente benévola iniciativa, y porque sus comparsas han logrado que con tales celebraciones se abran los telediarios, para sustituir la mención a la fiesta de la Inmaculada, Pentecostés o el Corpus Christi.

Resulta llamativa la coincidencia de objetivos que se aprecia entre la O.N.U de nuestros días y los de la masonería. Tanto que tenemos derecho a plantearnos si queremos que España siga perteneciendo a una organización que no parece jugar otro papel que el de ser la gran plataforma del nuevo orden mundial secularizado y entregado a un puñado de poderosos aprendices de brujo.

Y lo peor es que, son tan ingenuos muchos católicos de buena voluntad -incluyendo sacerdotes-, que les bailan el agua, prestándose de comparsas de tan abierta como intencionada maniobra.

De esta manera, los pueblos antaño cristianos van viendo sustituido su antiguo ritmo cristiano del tiempo por una meleé naturalista y secularizadora de fechas artificiales y políticamente oportunistas, de la que solo la bolsa de los mercaderes sale ganadora.

Lo que, cuando la Revolución se siente fuerte, se complementa con la prohibición de llevar a cabo celebraciones de las fiestas religiosas en espacios públicos, con pretextos varios, o la sustitución de los nombres de nuestras calles dedicados a santos o con significación cristiana.

La cuestión es qué hacemos ante este planificado esfuerzo deliberadamente descristianizador que se desarrolla ante nuestros ojos, qué hacemos nosotros los católicos de a pie, qué hacen los párrocos y los sacerdotes en sus homilías, qué hace la prensa católica, qué hacen los colegios de las Congregaciones Religiosas, qué hacen las emisoras de radio de la Conferencia episcopal, qué hacen nuestros obispos.

Debemos poner todo nuestro empeño en celebrar con esplendor, recuperar y defender las fiestas cristianas, cada uno en el ámbito propio en el que nos movamos. Y la jerarquía eclesiástica debe ser consciente del combate que se libra.

No es cambiando las fechas tradicionales del Corpus Christi o la Ascensión para que salgan puentes o caigan en domingo como se defiende el calendario cristiano. Ni poniendo sordina a la festividad de la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, para no molestar, o celebrando el Día de la Madre de El Corte Inglés, como se mantiene el pálpito cristiano de un pueblo que organizó el paso de las estaciones y los días en torno a los misterios de nuestra Fe.

Ni tampoco pretendiendo cristianizar ingenuamente las fiestas que propone la ONU, que parece la tentación de algunos. No negamos que el día de las Telecomunicaciones  o el día internacional de la Convivencia en Paz no puedan ser teñidos de una perspectiva cristiana, pero esas propuestas no pueden reemplazar de ninguna manera, por mucho que se cristianicen, a las festividades del calendario cristiano, lo que conllevaría, como hemos explicado más arriba, la desaparición de la forma más efectiva de transmisión social de la Fe, a nivel práctico y comunitario, y la pérdida de una catequesis plástica, articulada con el culto y la liturgia, con la que la Iglesia ha instruido a generaciones de cristianos durante siglos.

No se abandone a su libre suerte la tradición cristiana de nuestro pueblo reflejada en el calendario de sus festividades religiosas, por apatía, temor, complacencia con el mundo o corrección política. Detrás de su desaparición del ámbito comunitario, solo vendría la esclavitud y la soledad que serán inseparables del nuevo paganismo de rostro filantrópico.

 

 

P.S: Todas las ideas recogidas en este artículo proceden, con pequeñas adaptaciones, de un escrito del presbítero D. Félix Sardá y Salvany publicado en 1884 en el Tomo III de La Propaganda Católica. Estos progresistas traen tanto progreso que no han inventado nada desde la Revolución Francesa en el siglo XVIII.

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