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1 de agosto de 2018 0 /

En torno a la universalidad y la unidad del latín

 

Las lenguas oficiales en la Unión Europea (UE) son veinticuatro (alemán, búlgaro, checo, croata, danés, eslovaco, esloveno, español, estonio, finés, francés, griego, húngaro, inglés, irlandés, italiano, letón, lituano, maltés, neerlandés, polaco, portugués, rumano y sueco) y el coste de traducciones e interpretaciones, de esta política multilingüística es de unos 1.200 millones de euros al año, lo que supone aproximadamente un 1% del presupuesto de la UE. A estas habría que sumar las más de 60 lenguas consideradas regionales o minoritarias (como catalán, gallego, occitano, sardo, gaélico irlandés, eusquera, galés, frisón, friulano, luxemburgués, yidis, bretón, corso, sami, etc.).

La paradoja de que la UE tenga como principal lengua de funcionamiento la perteneciente a un país que ya no es miembro en la UE, por el Britania Exit, lleva pensar que no estaría de más recordar que el latín fue, durante muchos siglos en Europa, la lengua universal en la que se entendían las personas cultas (con independencia de su nacimiento y lengua vernácula), de la diplomacia, del derecho, de la ciencia, de la religión, que todavía es la lengua oficial del Vaticano y de la Iglesia.

En 1999, Finlandia, coincidiendo con la Presidencia rotativa de la UE, propuso el latín como idioma oficial a partir del cual traducir los textos, publicando boletines en latín con diversa valoración entre los países miembros, desde considerar la experiencia muy positivamente, hasta la progresía rasgándose las vestiduras, pasando por el desconcierto alemán con aspiraciones.

Ahora, varios años después, la historia vuelve a repetirse al ostentar Finlandia nuevamente la Presidencia de la UE, ofreciendo en la site web oficial de su Presidencia la publicación de un boletín semanal en latín de noticias para periodistas, “Conspectus rerum Latinus”, tras las repetidas quejas de Alemania que insistía en que los comunicados se publicaran “en otras lenguas” (claramente su intención era que se publicaran en la suya), además de en inglés y en francés.

Considera Finlandia, respondiendo tácitamente a la demanda germana, sin embargo, que realmente, la única lengua culturalmente común, históricamente y de la que todas las demás pueden obtener traducción directa fidedigna, es el latín, y eso que su lengua propia nada tiene que ver con las romances. Pero ya desde 1989 la compañía de radiodifusión pública de Finlandia, Yleisradio (en finés), radio Nacional de Finlandia, comenzó a trasmitir semanalmente un programa de noticias en latín (viernes 8:30 para Finlandia; domingos o lunes en distintos horarios según continente y zona horaria, para el resto del mundo, por onda corta). Yle es uno de los miembros fundadores de la Unión Europea de Radiodifusión y actualmente gestiona cuatro cadenas de televisión y nueve emisoras de radio nacionales.

La desaparecida organización internacional de promoción del latín, “Union Latine”, ya en su reunión internacional de 1991, en Roma, bajo el lema “por una Europa inteligente”, expresaba con este lema “la intención de volver a encontrar la comunidad de pensamiento capaz de dar un contenido positivo y sólido a la unión política y económica del continente europeo” mediante el latín. En sesión extraordinaria, en 26 de enero de 2012, el Congreso de la Unión Latina, en la UNESCO, con la presencia de 26 de sus 36 Estados miembros, ante las “dificultades institucionales que se habían planteado” decide suspender las actividades y la Secretaría General Permanente de la Organización cerró las puertas de su sede, en el 14 boulevard Arago, 75013 Paris, en 31 de julio de 2012.

Durante siglos, el latín fue la lingua franca a efectos administrativos y académicos en toda Europa y en lo que hoy es la UE. Varias instituciones europeas utilizan el latín en sus logotipos y nombres de dominio, en vez de tener que anotar sus nombres en todas las lenguas oficiales. El Tribunal Europeo de Justicia tiene su sitio web en http://curia.europa.eu/; el Tribunal de Cuentas utiliza Curia Rationum en su logotipo; el Consejo de la Unión Europea muestra Consilium y tiene su sitio web en http://www.consilium.europa.eu/; la UE usa el lema “In varietate concordia“, en latín, traducido a las otras lenguas; en el marco del Reglamento (CE) Nº. 2157/2001 del Consejo, 8 de octubre de 2001, por el que se aprueba el Estatuto de las empresas, éstas incorporan Societas Europaea, en latín (abrev. S.E.) después del nombre. Parafraseando a Wittgenstein, bien podría decirse que “todo lo que es decible, puede decirse con el latín”; esto es, en buen latín.

A esta corriente se unen el libro de W. Stroh, Latein is tot, es lebe Latein; de 2007 (trad. española de 2012, Ed. Subsuelo, El latín ha muerto, ¡Viva el latín!) y la reciente publicación del libro de Nicola Gardini, Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile, reivindicando el latín como seña identificativa de nuestra cultura, que ha provocado gran éxito en Italia.

 Las lenguas se relacionan con las comunidades, lo que Leo Weisgerber llamó con el término Sprachgemeinschaft, “comunidad lingüística”. Los nacionalismos, fenómeno que comienza con las iglesias nacionales protestantes y se desarrolla en la Edad Contemporánea, se han apoyado siempre en la lengua. Defender un idioma como propio ha sido y es una de las causas políticas que llevan a un país o a una región a extremar su identidad exageradamente, por aquello que “les distingue” frente al resto. Afirma Gaston Dorren en su libro Lingo que tierra y lengua están vinculadas desde siempre. «Inconscientemente tendemos a dar por hecho que, como regla general, la extensión del país y la de las lenguas coinciden: Finlandia es donde se habla finés; Bulgaria es la patria del búlgaro; Portugal es donde viven los habitantes del portugués, y así sucesivamente».

En muchos países europeos, se considera que el idioma es una cosa más o menos concreta y práctica, que une a la mayoría de los ciudadanos (y si no los unía, como en Francia, el Estado hizo un brutal esfuerzo represivo para que todos hablasen el mismo idioma). Esto es, el idioma es una herramienta potente para la “construcción de la nación”. «El nacionalismo se basa en una ficción, en la idea de la nación como comunidad natural, aunque en realidad los miembros tengan muy poco en común», explica Dorren. Hay que ser conscientes y recordar que las lenguas responden a un tipo de fenómenos sociales que tienen políticamente una relación muy fuerte con las ideas de los nacionalismos, especialmente los disgregadores. No es preciso insistir demasiado en esto viendo lo que ocurre en España hoy. Así, las lenguas, pueden ser instrumento unificador tanto como disgregador. La lengua, aunque sea un fenómeno oral, y no se explicite, es entendida popularmente en términos de lengua escrita que es la que la hace visible y sirve para extender el pensamiento y las ideas. En el caso del latín, en la Edad Media y en la Edad Moderna, la comunidad culta, la “República de las Letras”, la Iglesia, los abogados, los notarios, la diplomacia, el comercio, en suma, todo aquello que implicara la intervención de gentes de diversos orígenes que debieran entenderse, se hacía en latín, acabando por convertirse en una especie de código lingüístico intemporal común, fijado por el prestigio de los grandes modelos; que es lo que llamamos “latín clásico”.

A pesar de la innumerable cantidad de sectas, naciones y razas, el árabe mantiene a los musulmanes en unidad lingüística y si depende del número de hablantes, quizás el chino será la nueva lengua universal del futuro. Y sin embargo, la Iglesia católica, que había logrado mantener la liturgia en latín como signo de unidad y universalidad, como ocurrió idénticamente con el derecho y la cultura hasta el siglo XVII, hace escasamente unos 50 años, la dinamitó en una absurda búsqueda de la quimera de un pretendido utilitarismo progresista.

Las traducciones de la Sagrada Escritura y su enorme difusión, fruto de los Movimientos bíblicos protestantes de los siglos XIX y XX, habían abonado el terreno para la traducción de los textos litúrgicos, de los que la Biblia forma parte esencial. Una de las dimensiones en las que se desarrolló la reforma litúrgica del Novus Ordo fue la atmósfera artificialmente preparada para este cambio, excediendo largamente y con muchísima celeridad en su difusión, lo que realmente indicaba la letra del texto de la Constitución Sacrosanctum Concilium, Sobre la Sagrada Liturgia (SC).

[http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html].

Sobre la lengua litúrgica, en la parte correspondiente de la constitución, Normas derivadas del carácter didáctico y pastoral de la Liturgia, dice literalmente: «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular» (SC 36.1), (este derecho particular se refiere a los ritos particulares aprobados, v. gr., copto, siríaco, armenio, griego, mozárabe o incluso los de diversas órdenes religiosas con ese privilegio).

Las partes previstas por el Sacrosanctum Concilium, en el Novus Ordo, eran únicamente las lecturas y moniciones, algunas oraciones y cantos: «[…] como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos […] (SC 36.2). A mayor abundamiento dice el Sacrosanctum Concilium (SC 54.) «En las Misas celebradas con asistencia del pueblo puede darse el lugar debido a la lengua vernácula, principalmente en las lecturas y en la “oración común” y, según las circunstancias del lugar, también en las partes que corresponden al pueblo, a tenor del artículo 36 de esta Constitución»; «se le podrá dar mayor cabida», «puede darse el lugar debido», dándose la posibilidad, nada de esa “obligatoriedad” que se nos dijo tan radicalmente y que vino de pronto impuesta por la progresía protestantizante. Esto es, “se cedió el meñique y se aprovecharon para tomar el brazo entero” y aún más.

Lo que sucedió es que esa progresía protestantizante, con gran rapidez, difundió, sin que nadie lo corrigiera, la “obligatoriedad” de adoptar la lengua propia para la totalidad de la liturgia, imponiéndose en las iglesias locales. Es decir, no sólo para las partes previstas por Sacrosanctum Concilium, sino también para la totalidad de la “eucología” (pedante neologismo —que ni siquiera aparece el diccionario de la RAE— con que la dicha progresía define el conjunto de oraciones contenidas en un formulario litúrgico, o, en general, en los libros de una tradición litúrgica), y en especial para las fórmulas sacramentales y la “eucología mayor” de la eucaristía:  Prefacio y Plegaria eucarística.  O sea, todos los textos de los sacramentos, los sacramentales y la liturgia de las horas. Más de cincuenta años después del Sacrosanctum Concilium se puede decir que la disgregación de la lengua de cada pueblo para celebrar la liturgia creó tantos excesos, que en 2001 se hizo necesario la publicación de la quinta Instrucción para la recta aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Liturgiam authenticam, sobre el uso de las lenguas vernáculas en la publicación de los libros de la Liturgia Romana, promulgada por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (firmada por el cardenal Jorge A. Medina Estévez y por el arzobispo Pio Tamburrino, respectivamente Prefecto y Secretario de la Congregación).

La comunión de la Iglesia queda suficientemente en entredicho, expresada en multitud de liturgias que dejan de ser común, celebradas en diversidad de fórmulas y lenguas. No sólo se traduce el original latín a todas las lenguas principales, que es lo que, además, dice el Sacrosanctum Concilium, sino que se consienten diversas traducciones dentro de un mismo idioma, Ni siquiera en el propio español (políticamente mal denominado castellano) usado en muchos países con particularidades propias de cada uno, existe una única traducción de la Tercera Edición Típica del Misal. ¡¡¡Se han realizado simultáneamente CUATRO!!! La argentina (adoptada además en Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia), la colombiana, la mejicana y la española, para satisfacer a las diferentes “iglesias nacionales” en distintos países o regiones. Y ¿qué tienen de lenguas principales el gallego, el frisón, el catalán, el friulano o eso que llaman eusquera? más que la formación de “iglesias nacionales”.

Mientras que, antes de estas “reformas”, se estuviera dónde se estuviera, la Misa era idéntica y podía ser perfectamente seguida por cualquier fiel, en cualquier parte, las tan traídas y llevadas utilidades de participación y de “comprender” lo que dice la Misa, quedan desmentidas en un mundo dónde la Misa en alemán, es diferente de la Misa en gallego, occitano, sardo o en catalán. Se entiende la lengua litúrgica como puente individualista entre el misterio y el corazón de cada fiel, sinónimo del herético sentimentalista libre examen. No se necesita así el misal, para dar libre curso a la creatividad, porque en el “mundo católico”, la Iglesia deja de ser una para pasar a tener “diferentes ambientes”.

Sería incoherente e incongruente que, en virtud de la unidad, universalidad y utilidad la UE adoptara el latín y la Iglesia lo rechazara, pero es lo que tiene perder el norte seguro, adaptándose a los vaivenes de las corrientes de los “modos de los tiempos”, que cuando se adoptan … ya han pasado de moda. Al lema “por una Europa inteligente” habría que proponer añadir “por una Iglesia inteligente”, además de Santa.

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