14 de junio de 2019 0 /

El problema de los salones de juego

En el último bienio, la preocupación sobre los salones de juego basados en casas de apuestas está disparándose. Bajo cierta perspectiva, la apertura de establecimientos de este tipo se ha propagado tanto como la de cafeterías y tiendas on-line en toda España, sin importar las dimensiones y el número de habitantes de las urbes que son escenario de ello.

De acuerdo con el informe Anuario del Juego en España 2018, elaborado por la Universidad Carlos III de Madrid y el Grupo Codere, el margen en juego real generado por estos establecimientos supuso unos 4548 millones de euros (sumemos a esta relación los casinos, los bingos y las máquinas de apuestas).

Ahora bien, la preocupación más notoria y relevante concierne sobre los menores de edad. Muchos de ellos frecuentan estos establecimientos, lo cual no es en sí el problema, sino las adicciones que pueden sufrir (en muchos casos así ha ocurrido). De hecho, muchos salones están cerca de los centros educativos, lo cual hace aprovechar “clases saltadas”, horas libres y sesiones de recreo para personarse ahí.

Parece paradójico, pero en la era de Internet, del boom y la dependencia de las redes sociales, en la que vamos camino a una nueva generación de telefonía móvil, está siendo más determinante una red de establecimientos físicos que la avalancha de apps para teléfonos inteligentes y de portales web que proliferan a día de hoy.

El asunto, que concierne a familias, comunidades educativas y profesionales de la salud mental, está siendo canalizado por algunos de esos sectores políticos no solo más partidarios del paternalismo estatal, sino totalmente contrarios al libre mercado (aprovechan para “mezclar churras con merinas”). Ciertamente hay que hacer algo pero, ¿qué en concreto?

Existe un nuevo factor de riesgo de ludopatía

La ludopatía, entendida como un trastorno mental basado en la adicción compulsiva al juego, siempre ha existido. Desde el año 1992, está clasificada como tal en la quinta versión del DSM, el manual de diagnóstico de trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (uno de los más importantes y utilizados).

De acuerdo con esta última entidad, el criterio diagnóstico también resaltado por la Delegación del Gobierno (de España) para el Plan Nacional sobre Drogas estipula que el “juego problemático” se da cuando, durante unos doce meses, se manifiesta una necesidad de jugar, un disimulo de la importancia del juego, el arriesgarse a arruinar tu situación laboral o destruir tus círculos amistosos.

Estas situaciones siempre han existido (ha habido incluso gente adulta que ha sufrido adicción a las máquinas tragaperras de los bares o ha tenido problemas con juegos de azar como el poker y las cartas), pero del mismo modo que una mayor concentración de radón incrementa el riesgo cancerígeno, la emergencia de salones de juegos allana el camino ludopático.

No se discute que el materialismo consumista influya

Del mismo modo que no hemos puesto de nuestra parte en cuanto a la “falsa inseguridad” que, en cierto modo, ha facilitado la destrucción de la sociedad por parte del Estado (desprendiéndonos de la creencia deísta), nos estamos corrompiendo por una tendencia consumista y materialista en la que valoramos la posesión dinerario-material como un fin en sí mismo.

Una cosa es querer prosperar y tener suficientes ahorros para tus necesidades y caprichos y otra es centrarse única, exclusiva y compulsivamente en poseer tantas monedas, billetes y bienes materiales como nos apetezca, sin valorar lo que tenemos a nuestro alrededor (ni siquiera el esfuerzo moralmente legítimo en cualquiera de sus modalidades).

En este caso, no es que haya nada de malo en que alguien quiera apostar algo en concreto a conciencia de lo que puede perder por ello, sino que, obsesionado por ganar más y más dinero, esté dispuesto incluso a perder más de lo que cree poder ganar. Esto último es más bien el factor que lleva a más de uno a corromperse de modo que desemboque en el sufrimiento ludopático.

Prohibir desde arriba no es una especie de panacea

No hay nada de ilegítimo en que un empresario quiera crear puestos de empleo en el sector del juego (distinto es que se incurra en actitudes de inmoralidad como el “aprovechamiento” y la usura). Tampoco es en sí un problema que alguien quiera apostar una serie de respuestas en base a un precio en concreto. Por ello creo que el Estado no tiene que hacer nada en concreto.

De hecho, una prohibición sería contraproducente. Podría desplazarse buena parte del negocio al eminentemente descentralizado entorno de Internet (es fácil crear nuevos portales, recurrir a las criptodivisas y, en el peor de los casos, buscar un hueco en la deep web, donde se puede desafiar con más facilidad las investigaciones de las autoridades).

En cambio, distinto es que un grupo de vecinos de una calle o de un barrio decida no vivir “asediada” por los salones de juego (uno de los síntomas de una sociedad débil es la falta de autonomía de los vecinos, despojados de muchas de sus competencias por parte de esos brazos estatales en los que se han convertido los ayuntamientos, bastante controlados por la partitocracia).

La educación es responsabilidad familiar y social

Una vez más, recordemos el principio de subsidiariedad. Las comunidades de orden inferior no han de verse afectadas por la injerencia de aquellas de orden superior. Las familias y las comunidades educativas y vecinales no han de verse privadas de sus deberes de educar a sus propios hijos y de hacer contribuciones sociales, respectivamente, por parte del problemático Estado.

Por ello, ya finalizando, ante lo que no deja de suponer un problema que no solo perjudica a los menores con patología ludópata sino a su entorno y, cuando correspondiera, a los adultos, lo que hay que hacer es colaborar para advertir sobre las consecuencias económicas, materiales y sociales de la adicción a este tipo de juegos. A su vez, los padres han de reafirmar su autoridad sobre los hijos.

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