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26 de abril de 2019 0 / / /

La Tiranía Abstracta

En artículos anteriores vimos que el Estado, en su proceso de centralización, conlleva a una homogeneización social mediante el reemplazo de las jerarquías y nexos comunes espontáneamente producidos a través de las generaciones por las suyas propias. La burocracia se convertía así en el esqueleto del Estado uniendo intrínsecamente el orden político al orden social, generando la absurda idea de que son iguales mediante la ficción de la fusión republicana. Aquí llevaremos este razonamiento aún más allá.

La consecuencia de esta despersonalización de los hombres que genera el Estado al desmembrar el seno social y, en consecuencia, desarraigar a los hombres, es la socialización -en el sentido de estatizacion- incluso de los propios individuos. La república consiste, no solo en la socialización del Estado, y lleva a una paulatina socialización de la propiedad; sino que socializa, esto es, estatiza a los propios individuos al despersonalizarlos. La base de la individualidad esta en la personalidad, compuesta de todo aquello que rodea el entorno inmediato del individuo. No obstante, una vez socializado justamente todo aquello que lo rodea, el individuo se vuelve un átomo en un vacío sin ninguna identidad, sin ningún elemento real que ancle su personalidad. El individuo deviene así también en un vacío por llenar, y llenar de acuerdo con el gusto del Estado. Se convierten en entidades sin voluntad propia, en robots automatizados que obedecen incuestionablemente al poder. Los individuos pasan a estar estatizados, con identidades homogéneas y sus lealtades volcadas igualmente hacia el Estado. Ahora todo individuo es un agente estatal.

-El Estado minotauro avanza un poco más allá y despersonaliza, despoja, a los individuos incluso de sus caracteres congénitos. Ahora la sexualidad, por ejemplo, no está dada naturalmente, sino que puede ser “cualquier cosa” si el Estado así lo determina. Pero esto ya lo tratare más adelante-.

Esta despersonalización ocurre también con el poder político. Etimológicamente, la republica es la “cosa pública”. Esto es, que es de todos y de nadie en particular, lo mismo que decir que es de nadie en absoluto. El fundamento mismo de la republica rechaza todo tipo de personalidad y patrimonialidad y se basa en la abstracción igualitaria: Que la republica es el gobierno impersonal de la ley, que la ley es producto de todos y, por tanto, es igual para todos. Es decir, que la república somos todos. La república deviene en un aparato automático de legislación donde ya ningún hombre gobierna, puesto que, si lo hace, si alguien prevalece en la creación de la ley, se viola el principio de la igualdad republicana, uno que intenta superar la inquebrantable brecha entre gobernantes y gobernados.

La república es siempre autoritaria, puesto que carece de autoridad en si misma ya que se encarga de eliminar sistemáticamente toda fuente de autoridad. La autoridad solo puede concederse a responsables claros sobre una propiedad dada, pero la republica consiste en que todos somos igualmente responsables por la “cosa pública” -una propiedad que esta indefinida en si misma, es decir, que aquello que es del Estado, y que el Estado mismo, está siempre por definirse (siempre por expandirse)- puesto que es de todos. Claro que la republica siempre devendrá en el caos y el descontrol, en un desastre absoluto, puesto que no hay nadie que se responsabilice por ella puesto que no existe nada como la responsabilidad colectiva. Esto, por la simple lógica de la acción colectiva, producida a su vez por la propiedad colectiva o pública. Responsabilizarse por la propiedad pública implica costos para quien incurre en ello, a su vez, su existencia permite beneficios que no son privativos, sino extensivos para todos. Lógicamente, cada uno busca obtener el beneficio de la propiedad pública sin pagar el costo correspondiente. Sin un responsable claro, es imposible asignar una responsabilidad determinada sobre la propiedad, por lo que esta en si misma se desvanece y lo que era de todos termina siendo de nadie. Si una propiedad es consumida por todos pero sustentada por cada vez menos, deriva en el agotamiento. Una vez que una propiedad ha sido explotada hasta su agotamiento por su usufructo común sin la correspondiente amortización de su costo, el resultado es una propiedad publica agotada que, ya sin nadie dispuesto a abordar los costos de sustentarla, se abandona y ya ni siquiera nadie la reclama.

Es que el problema del Estado republicano, del Estado socializado, es el mismo que el de cualquier otra propiedad pública. La inexistencia de responsabilidades y autoridades claras sobre la misma a raíz de la inexistencia de personalidad y patrimonialidad, de propiedad, sobre ella. El problema del Estado republicano es justamente que es público.

El gobierno, en consecuencia, deviene en un gobierno despersonalizado y automatizado. Es una maquinaria despótica de poder automatizada.

El mundo moderno es un culto a lo abstracto. Todo es abstracto. Hay un poder abstracto, el Estado, un derecho al uso del poder abstracto, la soberanía nacional, una fuente de poder abstracta, el pueblo, una igualdad abstracta, la republicana, y una legitimidad abstracta, la democrática. Todos constructos ideales con una base real dudosa. Los gobernados obedecen a una deidad abstracta llamada Estado que está gobernado por hombres que justifican su poder en otra abstracción llamada democracia. Ninguna orden de gobierno, ninguna ley o decreto jamás se justifica en ninguna personalidad real, sino que se ampara en la abstracta constitucionalidad republicana y es legítima por simplemente ser abstractamente democrática.

Este es el mayor problema del poder del Estado republicano, que es abstracto, y como tal, no esta definido, sino que está por definirse, y por definirse de acuerdo con su abstracta soberanía y según como esta lo defina. El poder abstracto es poder ilimitado y punto. El Estado moderno es una tiranía sobre la base de la abstracción, una cuyo gobierno esta despersonalizado, sus perpetradores son difusos, no se sabe a ciencia cierta quien es el déspota, pero lo que si está claro es que sus consecuencias son increíble y absurdamente reales -aunque también se busca camuflarlas en la abstracción, como a las innumerables victimas del aborto, un crimen camuflado bajo la abstracta “interrupción legal del embarazo”-.

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