10 de noviembre de 1793
(por Javier Urcelay)

El 10 de noviembre de 1793 se llevó a cabo en la catedral de Notre Dame de Paris la entronización de la Diosa Razón. Previamente la catedral había sido desconsagrada y vaciada de todas las imágenes religiosas para transformarla en un «Templo de la Razón».
Durante la ceremonia, el altar mayor fue sustituido por un montículo simbólico, y en lugar de imágenes religiosas se instalaron emblemas de la razón y la libertad, como bustos de filósofos ilustrados, antorchas y estandartes tricolores. La figura central fue la representación viva de la Diosa Razón, vestida con túnicas blancas y un gorro frigio, que fue elevada simbólicamente al altar como expresión de la nueva fe en la razón y el progreso humano.
Esa fecha, el 10 de noviembre de 1793, marca el apogeo del fenómeno histórico-teológico que llamamos la Revolución. Ningún otro acontecimiento o símbolo desvela mejor cuál es su esencia y naturaleza. Aquel acto no fue una ocurrencia más, sino la plasmación del momento en que la Revolución -escrita así, con mayúsculas- tomó conciencia de si misma, de lo que suponía, con pleno conocimiento de causa, y dio el paso al frente.
El 10 de noviembre de 1793 la Diosa Razón es puesta en el altar mayor de la catedral en el lugar de Dios. La criatura pasa a ocupar el lugar del Creador, y, como corolario, el Creador es rebajado al nivel de criatura. No sólo el Hombre se convierte en Dios, sino que a Dios se le considera producto de nuestra imaginación, objeto de nuestra creación, simple elaboración de la superstición y la ignorancia de épocas pasadas. Tan innecesario desde el advenimiento de las Luces y la Razón, es decir, de la Ciencia y el Progreso, como pueda resultarnos hoy la mitología griega.
Dios criatura y el hombre Creador. Es este giro copernicano, es este poner “patas arriba”, es esta inversión radical de nuestra cosmovisión, a lo que llamamos, con toda propiedad etimológica, la Revolución.
El historiador, filósofo y profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Yuval Noah Harari, con libros traducidos a más de sesenta idiomas y más de 50 millones de ejemplares vendidos, tituló a su segundo bestseller con el elocuente título de “Homo Deus”, aludiendo a las “capacidades divinas” del hombre convertido en Creador. Significativamente, ha sido considerado uno de los grandes pensadores de nuestra época.
La Revolución no queda reducida al ámbito privado, como una simple conversión al ateísmo, sino que implica inmediatamente consecuencias en el orden social y político. En su condición de criatura, el hombre se reconocía inserto en un orden natural externo, y no dependiente de si mismo, cuyas reglas y principios -la ley natural- debía acatar y respetar. La sociabilidad natural, el principio de autoridad o de propiedad, la familia natural formada por un hombre y una mujer, la patria potestad sobre los hijos, la continuidad de las generaciones, el cuidado de la Creación -de la Naturaleza y los otros seres que la pueblan-, y otras muchas realidades eran vistas como inherentes a su condición de criatura, inscritas en el orden determinado por el Creador.
Abandonada la condición de criatura, y convertido en el nuevo demiurgo, sentado en el lugar de Dios, el hombre se convierte ahora en creador a su libre determinación -individual o colectiva- de un Hombre Nuevo y una Nueva Humanidad. Ya no hay un «manual de instrucciones» proporcionado por el «fabricante» -el Derecho Natural- que seguir. La relación con la realidad del nuevo hombre emancipado de las imposiciones de la naturaleza de las cosas pasa a ser ahora meramente subjetiva, dando paso al relativismo. El hombre se siente libre de crear, mediante procesos de ingeniería social, una nueva humanidad y una nueva sociedad, de definir nuevos derechos, sin más sustrato que su propia voluntad. El aborto, los llamados nuevos modelos de familia, la eutanasia o la eugenesia, el transexualismo, el control de la población por razones higiénicas o de ordenación social, no son más que algunos ejemplos de esos nuevos derechos que contradicen o ya no toman como referencia el derecho natural.
La política descristianizadora fue promovida especialmente por los sectores más radicales del jacobinismo , agrupados en torno a figuras como Jacques-René Hébert y Pierre-Gaspard Chaumette, quienes consideraban que el cristianismo era una superstición que debía ser sustituida por una moral racionalista, libre de dogmas.
No deja de ser curioso que el descarte de Dios diera lugar, dentro del mismo proceso revolucionario, al surgimiento de cultos seculares, como el Culto a la Razón y posteriormente el Culto al Ser Supremo, en un intento de llenar el vacío espiritual que dejaba la propia Revolución.
El propio Maximilien Robespierre, jacobino y anticlerical, consideraba el ateísmo peligroso para el orden social. En lugar del culto a la Razón, propuso en 1794 el Culto al Ser Supremo, una religión cívica deísta inspirada en Rousseau, que exaltaba la virtud y la existencia de un principio moral supremo. Pero la Revolución acabó devorando a sus hijos, y tanto los hebertistas como Robespierre acabaron ellos mismos guillotinados pocos meses después.
Se nos dice que la Ciencia y la Tecnología nos hacen no necesitar ya a Dios para explicar el mundo y nos permiten ser dueños de nuestro propio destino. Ahora podemos diseñar nosotros mismos lo que queremos que el mundo, la sociedad y el hombre sean.
Sin embargo, los frutos de esa Revolución ya los estamos viendo, con una humanidad que presiente con pesimismo su propio futuro: guerras y escalada armamentística, desplome de la natalidad, crecimiento exponencial de los problemas de salud mental, expolio de los recursos del planeta… El optimismo de las Luces ha acabado preñado de los peores augurios.
Y es que, como dijo el entonces cardenal Ratzinger, los hombres «experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza».
Se habla hoy mucho de luchar contra el cambio climático. Pero el verdadero cambio climático es el cambio del clima moral que respiramos, a medida que las premisas revolucionarias van llegando a sus inevitables consecuencias. Ese es el inquietante cambio climático contra el que hay que luchar como una prioridad insoslayable.
Porque combatir la Revolución, y mantenerse al margen de su influencia, es la única posibilidad de sobrevivir, como personas dignas y libres, que le cabe a los hombres de nuestro tiempo.
Contra el 10 de Noviembre de 1793 y sus sicofantes actuales, proclamemos nuestro «Omnia instaurare in Christo».

2 comentarios en “10 de noviembre de 1793”
Fermín Navarro
Muchas gracias. Nos lo ha explicado muy bien.
I. Caballero
JAVIER URCELAY, muy bien explicado, escrito y razonado: esa es la verdadera faz perversa de la Revolución que pone, como bien escribes, al hombre en el lugar de DIOS.
En esas fechas de 1793 aparecieron en Francia junto al trilema masónico de «liberté, égalité, fraternité»…. la palabra «muerte» , es decir o aceptas la perversidad o te «damos la muerte» . … esa es la verdadra cara de la Revolución.
GRACIAS JAVIER URCELAY
VIVA CRISTO REY
DIOS, PATRIA Y REY LEGITIMO