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Albert Rivera rechaza a la Iglesia Católica como mediadora en el conflicto separatista

6 de octubre de 2017 0 Actualidad

El tema de la mediación en Cataluña es importante hoy por hoy porque parece que va a ser el modo en retrasar la Declaración Unilateral de Independencia (DUI).

Albert Rivera, Presidente de Ciudadanos, se opone a la mediación de la Iglesia porque considera que “este es un país aconfesional, por lo tanto que la Iglesia se dedique a sus feligreses y no a la política”. También considera que no puede haber chantaje de los golpistas a los poderes del Estado. Ha dicho: “Una cosa es intentar convencer a Puigdemont de que pare el golpe (…) y otra es mediar con el que da el golpe”. Ha sido en una entrevista a Telecinco.

“Lo que no voy a aceptar es el chantaje de: o ustedes me dan lo que yo quiero, o doy el golpe y el lunes tienen un millón y medio de personas en la calle y me voy también a buscar apoyos internacionales”

ANÁLISIS – Rivera se equivoca en algo fundamental. Tiene razón en que no se puede ceder ante las amenazas golpistas de una élite independentista que ha usurpado el autogobierno en Cataluña durante décadas y que no tiene ninguna autoridad moral para exigir al Gobierno de España más independencia de la Administración Central. Tiene razón en que la culpa puede ser también de políticos que “prometen Estatutos de Autonomía inconstitucionales” o que colaboran alegremente con el nacionalismo legislatura tras legislatura. Pero considerar que la Iglesia no tiene nada que decir en este proceso porque es un país aconfesional es totalmente erróneo. Es erróneo porque:

  1. La aconfesionalidad de Estado concierne al Estado y no a la Iglesia. De hecho, la Iglesia puede y debe opinar libremente por medio de sus obispos y sacerdotes lo que sea conforme a la doctrina de Jesucristo, aunque el Estado aconfesional no haga caso de lo que diga por ser la Iglesia.
  2. El Estado, aunque sea aconfesional, no debería cerrarse en ningún caso a la opinión y actuación libre de ninguna comunidad de creyentes y, mucho menos, de la opinión histórica de la Iglesia. Ser aconfesional significa que ninguna religión particular se promueve del Estado, no que haya que dejar de escuchar las diferentes confesiones religiosas u olvidar la opinión de la más importante por el momento.
  3. Y, por supuesto, la aconfesionalidad del Estado será toda una característica constitucional que se quiera, pero olvida lo más importante: el supremo orden divino y trascendente al que el espíritu humano y la soberanía política tienen que rendir, al menos, respeto reverencial.

Por eso cuando Albert Rivera dice que “pido, por favor, a la Iglesia que deje la política, las instituciones y la democracia para los que tenemos la obligación de actuar”, se equivoca gravemente. La Iglesia no se mete en política por opinar libremente como confesión religiosa de gran parte de los ciudadanos españoles. Lo que hace es expresar su sentir ante lo que está pasando.

Otra cosa es que la Iglesia Catalana sea un horror desde el punto de vista de la fidelidad al mensaje de Jesucristo o desde el punto de vista de la vida moral de las parroquias. Otra cosa es que la Iglesia Catalana haya acogido, esto sí políticamente, mesas electorales el día del referéndum separatista. En ese caso, es lógico enfadarse con la Iglesia, aunque la culpa sea de aquellos que forman parte de ella y no siguen las enseñanzas del Señor. Otra cosa es que, como cristiano o como vecino no creyente se observe una conducta antipatriótica en algunos dirigentes actuales de la Iglesia y se considere un mal la mediación de la Iglesia. Pero eso es algo muy diferente a aducir una aconfesionalidad perniciosa para la vida de España.

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