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4 de mayo de 2023 3

Un puñado de hombres buenos

(por Javier Urcelay)

Hace unos días la Fundación Ignacio Larramendi celebró su primer acto público en ausencia de quien fuera su presidente, Luis Hernando de Larramendi. Su “presencia” estuvo patente durante todo el acto en la mente y el animo de cuantos asistimos a la convocatoria. Luís fue un gran hombre, verdadero corazón del Carlismo, como pude referirme a él en un artículo cuando aún vivía, que sabía que era por mi parte una despedida al entrañable amigo.

Ayer participé en un Vía Crucis de la Hermandad de Caballeros Voluntario de la Cruz. Por diversas circunstancias y error en la convocatoria, estuvimos, literalmente, cuatro gatos. Lo dirigió Jaime Vives, coordinador de la HCVC en Madrid. Asistí sabiendo que seríamos muy pocos, pero que el Vía Crucis se celebraría. Jaime Vives lo llevaría a cabo aunque lo hiciera él solo, con el fiel portero de la Real Congregación de San Fermín de los Navarros que abre y cierra el local de la Congregación. A Jaime no le importa el número. Es de esas personas que hace lo que siente que tiene que hacer, con sencillez, sin esperar ni reconocimientos ni contrapartidas de ninguna clase. En él veo a aquellos mozos navarros que en julio de 1936 abandonaron esposas, madres, hijos, trabajos… y se incorporaron a la Cruzada, para hacer simplemente lo que tenían que hacer, que era defender a su religión y a su patria, porque con ello sabía que defendían a sus esposas, a sus hijos y a sus pueblos. Pablo Larraz me lo ha reiterado muchas veces, y nadie como él puede dar testimonio de las motivaciones de aquellos hombres: no alambicadas doctrinas políticas, no logomaquias intelectuales. Mucho menos un interés personal o el deseo de medrar u obtener un beneficio personal. Todo menos trepas o arribistas. Cumplieron con lo que consideraban que era su deber y se volvieron luego a sus casas, sin glosar ni siquiera la magnitud de sus gestas.

Javier Garisoain lo ha dicho muchas veces: hacer como si todo dependiera de nosotros, pero saber que es Dios quien obtiene las victorias. Ponerlo humildemente todo en sus manos, sabiendo que lo que nosotros hacemos, es simplemente mostrarle con nuestra disposición la completa confianza en que son sus manos las que construyen la torre y defienden la ciudad.

Hoy he recibido un paquete de mi querido Víctor Sierra-Sesumaga enviándome generosamente para el Museo Carlista unos grabados que bien podría haberse quedado él. Dice de si mismo que se sabe uno de los últimos carlistas, y que el Carlismo morirá con ellos. Le gusta reclamarse en vías de extinción, pero con sus obras trabaja para que ese Carlismo al que ama y al que representa con su persona como pocos, viva otros cien años. Su generosidad no tiene límites, siempre dispuesto a dar lo que tiene, a ayudar, a exceder en su entrega lo que se ha solicitado de él, a saberse depositario de bienes para los otros, al servicio de la Causa en la que cree por encima de vida y hacienda.

Y esta semana pasada falleció la madre de Miriam, después de una larga agonía, de una Semana Santa vivida heroicamente por una hija entregada al cuidado de su madre, que acababa cada mensaje en el que nos comunicaba el agravamiento de sus dolencias con un ¡Viva Cristo rey!

Son solo algunos nombres de correligionarios, porque podría citar otros muchos que conozco, con los que convivo, a los que quiero y admiro, con los que me enorgullezco de formar parte de este pequeño grupo de ilusos que se topan la cabeza con una boina roja o blanca.

Hoy el Carlismo no goza de prohombres de prestigio e irradiación social, de un marqués de Cerralbo o de Valdespina, de un conde de Orgaz o de Rodezno, de catedráticos como Barrio y Mier o Gil Robles, de un tribuno como Vázquez de Mella, de un editor como Luís María Llauder  o, ni siquiera, de una personalidad organizadora como Fal Conde.

Pero dispone de un puñado de hombres buenos. De un grupo de carlistas ejemplares con los que tengo el privilegio de aprender virtudes teologales y humanas, de contemplar ejemplos de abnegación, de sacrificio y dedicación, de asombrarme de una lealtad que no desfallece a pesar de contratiempos y adversidades.

Ellos son el tesoro del Carlismo en estos tiempos de prueba. Ellos son la buena semilla que, cayendo en tierra y muriendo, no dejará de dar frutos de continuidad y esperanza. Aunque no lleguemos a verlo algunos.

Ellos son el Carlismo vivo, el que no muere, el que le da una grandeza que trasciende la bondad de sus doctrinas o la solemnidad de sus principios. El que nos atrae, porque las ideas convencen, pero el ejemplo arrastra.

Aunque su grandeza nos pase desapercibida ahora, de tan cerca que los tenemos.

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3 comentarios en “Un puñado de hombres buenos

  1. Muchas gracias, amigo mío, por su testimonio.

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  2. Olivia

    El carlismo nunca morirá, es la esencia de España y de la Hispanidad.

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  3. Carlos Ibáñez Quintana.

    El Carlismo ha evolucionado, como lo ha hecho la sociedad. Pero el Carlismo no ha muerto ni puede morir. Porque es más que una organización. Está enraizado en la vida social.
    Mi experiencia personal es que me adherir al Carlismo por defender los derechos al trono de los reyes legítimos. Hoy sigo siendo carlista por defender el sentido común. La Revolución nos lo ha puesto fácil con las aberraciones a que ha llegado.
    MI hermano mayor no había pisado el círculo carlista. Cuando decidió alistarse al requeté una amiga le quiso disuadir diciéndole “y si te matan”, mi hermano le contestó: “al cielo por defender la Religión”. Así me lo contó dicha amiga años después. Mi hermano murió en el frente de Asturias, en septiembre de 1937.
    Pocos somos los que nos confesamos carlistas. Pero en la vida de cada español hay algo de Carlismo.
    Y el Carlismo0 salvará a España de la Revolución.

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