El malminorismo político mata

El malminorismo mató al carlismo 2
Carlismo ( 7 de 64 )
(Por Manuel Gutiérrez Algaba) —
En el otro artículo vimos que el malminorismo político partitocrático consistía basicamente en apoyar al mal, ya que el mal estaba dividido en secciones, partidos, pero obedientes a las mismas consignas y directrices. Se trata de una falsa dicotomía, artificial y artificiosa que nada tiene que ver con usos naturales de malminorismo.
En este artículo vamos a incidir en el bien que no se hace cuando le dedicamos tiempo, atención o votos a lo que no deberíamos. Al votar a VOX, a PP o a Sumar o incluso absteniéndonos estamos engañándonos a nosotros mismos con una acción que creemos estar haciendo. ¿Cuál es esa acción que deberíamos estar haciendo? Pues promover la TOMA DEL PODER por parte de los carlistas, aunque fuera en una concejalía o ayuntamiento, TOMA DEL PODER en una autonomía. Estamos dejando de hacer la lucha por la hegemonía cultural en la calle con pancartas, octavillas, mesas redondas, manifestaciones… Estamos dejando de hacer la vertebración católica de la sociedad. Estamos dejando de hacer la caridad de enseñar al que no sabe sobre temas políticos. Todo esto lo dejamos de hacer porque creemos que hemos hecho algo malminoreando.
¿Qué ocurre cuando año tras año, decada tras decada, no se lucha de manera efectiva por el poder, por la hegemonía cultural, por la caridad? Pues ocurre que estamos en la situación actual: el carlismo es un recuerdo, una teoría política en el plano teórico, un conato de acción que no llega a hacerse nunca porque nunca está lo suficientemente planeado, lo suficientemente estudiado, nunca es el momento. Lo que no se práctica se atrofia, se queda en lo esencial, en un recuerdo. Por eso, prestarle atención o esfuerzos a otras opciones es dejarlo morir. Esperemos que el Plan Estratégico se traduzca en más acción.
Este fenómeno progresivo de olvido, de atrofia, ya se dió en el siglo XIX, incluso el general Cabrera llego a «pasarse» a la rama alfonsina. Cada largo período de paz fue afianzando al sistema liberal, fue acomodando a la amplísima población católica a los latrocinios de las desamortizaciones y a la miseria generalizada; pero fue con la «victoria» en la última contienda cuando el subsiguiente paréntesis de paz terminó de desarmar al carlismo, terminó de convencer a los carlistas para que se unieran al partido «liberal» único del estado, bien a los partidos regionalistas liberales, bien a los partidos conservadores liberales. El carlismo terminó de fenecer. Quedó un grupo de familiares, para quienes el carlismo era un asunto de familiar, una costumbre privada. En ese contexto, la política, la lucha por el poder había cesado, el carlismo pasaba a una fase de «incubación». Y en esa estamos. El carlismo, salvo por contadas incorporaciones, a pesar de un corpus teórico impecable, a pesar de una historia de héroes y martires, está encerrado en si mismo.
Sólo la acción, tan sencilla y humilde como el proselitismo, como la propaganda, como la caridad en forma de ayudar a la gente a organizarse y a resistirse, podría reverdercer, a dar frutos, pero eso obliga a no repetir los malminorismos que ayudaron a enterrar al carlismo en el ámbito privado, a repetir las traiciones por pequeñas ventajas personales (como una reducción del IRPF) apoyando a tal o a cual opción. Generalmente, haciendo incluso un poco se puede conseguir un gran efecto, un gran impacto, un gran cambio, pero hay que hacerlo, no se puede estar esperando eternamente a que ya se arreglarán las cosas solas, ni va a venir nadie. VOX, como parte del sistema liberal, jamás va a ser solución parcial, ni total, pero si va estar distrayendo y haciendo creer al católico que basta con no hacer nada. Esa «tranquilidad», esa abdicación de la responsabilidad, es letal. Pero no sólo es letal, es generalizada, no sólo entre los carlistas, no sólo entre los católicos, entre toda la población. Seguir ensimismado dejando pasar los días, las semanas, mientras que el rodillo liberal se perfecciona en una tecnocracia totalitaria, es pueril y profundamente alejada del espíritu cristiano.
¿Qué grado mínimo de acción, qué grado mínimo de implicación con el carlismo, con el catolicismo es el necesario? ¿Acudir a dos o tres convocatorias anuales?¿Acudir a los círculos a conferencias? ¿Estar «presente» en las «redes»? O peor, ¿qué grado de fidelidad con el carlismo y cuánta energía se puede dedicar a apoyar a opciones liberales o comunistas, abiertamente anti católicas? Es díficil dilucidar, porque siempre hay limitaciones económicas y familares, pero es simple entender que, con escasez de medios y de esfuerzos, desviar esfuerzos al enemigo sólo puede ser muy, muy malo. También está claro que unos niveles testimoniales de actividad son incapaces de causar «presión» y «presencia» en la opinión pública; unos niveles rídiculos de actividad son indistinguibles de la algarabía de la celebración de un grupo familiar. En estos tiempos de saturación de información, de omnipresencia liberal, hacerse notar requiere un esfuerzo muy serio y constante, incompatible con gastar esfuerzos en apoyar a quien nos quiere ver borrados de la faz de la tierra.
Volviendo a Cristo, el Modelo, Él habla claramente de perder la vida y de negarse a sí mismo, jamás habla de hacer concesiones, ni de malminorismos, habla de entrega total. Esperemos acercarnos poco a poco, también, a Su forma de entregarse.
Viva Cristo Rey.
