16 de septiembre de 2020 0

El Valle de los Caídos: un cementerio civil

Por Carlos Ibáñez Quintana

Se anuncia una nueva ley. Esta titulada “Ley de la memoria democrática”. Uno de los fines de la misma es convertir al Valle de los Caídos en un cementerio civil.

En sus principios, la idea del Valle de los Caídos era un cementerio para honrar a los vencedores. Así se deducía de las noticias que filtraba la prensa. Luego se habló de los caídos de los dos bandos. La epidemia de sentido común se impuso sobre el apasionamiento de los años inmediatos a la Victoria.

Recordamos haber leído una hoja suelta, en que se protestaba por la inclusión de los rojos en el Valle. Con una argumentación impecable y conocimiento del Derecho Canónico se decía en ella que a los enemigos declarados de la Iglesia no se les podía enterrar en sagrado. Sobre el papel tenía razón.

Sobre el papel. Pero no en la realidad. No estaba claro si todos los que cayeron en el campo rojo eran enemigos de la Iglesia. Nosotros hemos conocido a un sacerdote que actuó como capellán de gudaris en los once primeros meses y de un batallón nacional en el resto del conflicto. Justificaba su actuación alegando que él había sido ordenado sacerdote por la Iglesia para administrar los Sacramentos. Y que eso, y nada más, era lo que había hecho con unos jóvenes a los que la muerte les rondaba cerca.

Sabido es que Azaña pidió y recibió los sacramentos antes de morir. Lo mismo que Companys, de quien tanto se habla estos días. Más tarde la Pasionaria se fue de este mundo en las mismas condiciones.

En el semanario “Pelayos” todas las semanas en las páginas centrales se relataban episodios de la guerra. En una de ellos se nos hablaba de un capellán que, después de un duro combate, recorrió el terreno, administrando los Sacramentos a los moribundos de ambos bandos.

En nuestro pueblo se instaló un campo de concentración. El párroco se encargó de asistir espiritualmente a los reclusos. Después apareció un sacerdote como capellán del mismo.

Y todo lo veíamos natural. A los combatientes les correspondió derrotar a las tropas que apoyaban al gobierno perseguidor de la Iglesia. La Iglesia le correspondió la reconciliación entre ambos bandos. Y al decir Iglesia, me refiero a la Jerarquía y a los simples fieles. Nuestra personal experiencia está en un librito que publicamos hace unos años.

El Valle de los Caídos fue la máxima expresión de aquella reconciliación de la sociedad que fue una realidad a los pocos lustros del final de la guerra.

Repetimos lo que venimos diciendo: hubo reconciliación entre los españoles de ambos bandos. No hubo reconciliación, porque no podía haberla, entre los partidos políticos que defendían doctrinas que se excluían una a otras. Por eso afirmamos que la cacareada reconciliación de la Transición es un cuento. Precisamente es con la vuelta de los partidos políticos cuando los españoles nos hemos vuelto a dividir y a atacar unos a otros. Y hoy no somos capaces de ponernos de acuerdo para hacer frente a una pandemia.

No sabemos si el gobierno conseguirá hacer del Valle de los Caídos un cementerio civil. Si lo consigue habrá infringido otra derrota al espíritu de reconciliación que permitió su erección. Eliminarán la Abadía desterrando a los monjes. Los enterrados se quedarán sin el beneficio espiritual de las oraciones que hoy se elevan en sufragio de sus almas. ¿Qué ganarán con el cambio? Absolutamente nada y perderán todo lo que pueden perder. Mayor ofensa no se puede hacer a su memoria.

No podemos evitar la idea de que lo que pretende el Gobierno es deshacer algo que ellos no habrían sido capaces de realizar si llegan a ganar la guerra. De algo que marca una gran diferencia entre la conducta de los que hoy son vituperados y los que se han erigido como la angélica perfección.

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