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31 de mayo de 2026 0

¡Ríndete IA!

La semilla, del tamaño de una cabeza de alfiler, había subsistido un año entero, desde la primavera anterior. Pisada, arrastrada por el viento, encharcada por la lluvia. Asolada por fríos y hielos invernales. Pero ahí seguía viva, desapercibida, impasible a las inclemencias, resistente a toda falta de cuidado.

Puntual llegó la fecha. Y sin que nadie la despertara ni recordara sus deberes, se acurrucó junto al borde de la acera, pegada entre el adoquín y el cemento, donde una ligera hilera de granitos de arena y una pequeña acumulación de polvo habían creado un minúsculo lecho en el que recostarse. Allí se abrió, y recolectando los rayos de sol, bebiendo del rocío de la mañana y absorbiendo del suelo minerales y “tierras raras”, alzó su tallo erguido, sus diminutas hojitas verdes y una virginal florecilla amarilla, asomada entre el asfalto para sumarse al coro de cada nueva primavera

Mil y un viandantes han pasado junto a ella, desapercibida, ignorada, desconsiderada ¿Acaso hay en ella algo que apreciar? ¿No es la más insignificante de las cosas a las que podríamos mirar al caminar?

Apenas cuatro o cinco centímetros de vida. Y unos días de fugaz existencia, los suficientes para cumplir su ciclo: florecer, fructificar, diseminar las semillas y morir…hasta que el año que viene una nueva primavera la reencarne en otra tenue y hermosa florecilla como ella.

Nada similar jamás se ha podido hacer por manos humanas, ni orfebre fue capaz de igualar su hermosura,  ni científico alguno logró integrar en un programa los procesos de su fisiología. Nadie pudo jamás crear una planta en su laboratorio, ni siquiera la más elemental de las células vegetales. Ningún calendario la igualó en precisión: su barómetro midió la presión atmosférica al alza, su higrómetro calculó humedades relativas, su reloj interno detectó la duración de los días sin aparatos ni batería alguna. Su fábrica química transformó carbonatos y fosfatos en moléculas orgánicas, en células y tejidos, en vida palpitante. Se coordinó con sus congéneres para irrumpir al unísono en nuestras aceras, en los alcorques de los árboles de nuestras calles. Sus planos secretos guardaron las claves del verde y del amarillo con el que adornó sus flores. Sus colores no decaen con los días, ni palidecían con el sol abrasador. Todo funciona  sin posibilidad de error o fallo alguno.

Ninguna inteligencia humana fue capaz jamás, ni lo será nunca ninguna Inteligencia Artificial, de descifrar sus códigos, de reproducir sus poderes, de emular sus capacidades.

Admiramos la Inteligencia Artificial, nos sentimos abrumados por logros humanos que nos endiosan de autosuficiencia y proponen la construcción de una nueva torre de Babel. Pero una simple florecilla en el borde del asfalto nos desarma y deja al descubierto nuestra finitud, nos devuelve a la realidad. Nuestra Ciencia y nuestra Técnica son un fake comparadas con la Sabiduría escondida en el más insignificante de los seres vivos, que nunca seremos capaces de comprender en su totalidad, ni de replicar con nuestras manos o nuestras máquinas.

Porque esa insignificante florecilla silvestre que derrocha inteligencia, está simplemente fuera de nuestro alcance y capacidad. Y es pura gratuidad y derroche, sin pretensión utilitaria alguna.  Sin más misión que ser reflejo de la grandeza de su Creador. Huella viva de quien es esencia y causa de toda Belleza, de toda Verdad, de todo Bien.

Que contemplarla con asombro nos haga exclamar con los Tres jóvenes:

Montes y colinas, bendecid al Señor,

Plantas de la tierra, bendecid al Señor,

Manantiales, bendecid al Señor,

Mares y ríos, bendecid al señor,

Cetáceos y seres acuáticos, bendecid al Señor,

Todas las aves del Cielo, bendecid al Señor,

Bendiga la tierra al Señor, que lo alabe y lo ensalce por los siglos.

(Cántico de los tres jóvenes (Daniel 3, 51-90)
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