19 de octubre de 2017 0

Sobre el poder y sus tesoros

Esto del poder es un asunto turbio. Se nos ha hecho creer que el origen del Estado es el bienestar de las personas (lamento mi repulsión hacia el término ciudadano). Una persona es alguien creado con un sentido, con un fin en la vida, capaz de relacionarse limpiamente con los demás. Un ciudadano es un individuo con una lista de derechos y deberes.

No. Somos personas no ciudadanos ni camaradas nininguna de esas majaderías. Y el origen del poder no es otro que la tiranía. El tirano sanguinario de otros tiempos ha ido dando paso a personajes más presentables pero con el mismo fondo. Claro que también quedan algunos a la antigua usanza, que aparentan madurez sin tenerla o utilizan la correa (¿o se decía corea?) para atizar a sus ciudadanos con una crueldad sin límites. Pero en general el poder viene de la tiranía. De ahí que el catolicismo haya intentado poner freno a todo eso. Aunque tampoco faltan los ejemplos de clérigos sumisos al poderoso de turno con ojo avizor para intentar discernir el caballo ganador y ganar la apuesta. En realidad no hay una gran diferencia entre un obispo ateo (que los hay) y otros que rinden vasallaje al poderoso. Pero no nos alarmemos. La mayoría son bastante decentes y repiten aquello de “dad a Dios lo que es de Dios y dad al César lo que roba el César”.

En mi inmensa candidez me pregunto que, siendo esto evidente, cómo puede haber personas que se juegan su vida y su hacienda con tal de actuar como lacayos de los poderosos. Son éstos pobres diablos que carentes de discernimiento, encuentran en la adulación al poder el único sentido de sus vidas vacías. Todavía entiendo al líder que, muchos años después de muerto, recibirá el título de libertador de pueblos y,de vez en cuando, recibirá una ofrenda floral en su estatua ecuestre. Y en que en España el traidor acaba siendo ensalzado y al leal se le oculta como si tuviera una enfermedad contagiosa. Los tiranos más sangrientos, desde Simón Bolívar a Largo Caballero acaban siendo alabados por casi todos.  Pero el coro de palmeros, minoría silenciosa, pasa desapercibido.

Cómo han conseguido los políticos que las persona de a pie los sigan es para mi un absoluto misterio. Quizás la esperanza de obtener unas migajas del poder.

El Carlismo es una forma de dignificar la sociedad, evitar la tiranía, al menos domesticarla. En sus fórmulas tradicionales está el remedio para estos males que aquí nos acosan y que,en el futuro,disfrazados de populismo llegarán mucho más lejos y a lugares muy distantes.

Por eso se le niega, y desfigura, su realidad, se aparta sistematicamente de los medios de comunicación. Es lógico. Hay que “amaestrar” a pueblo, no sea que se les ocurra pensar y caminar hacia una verdadera sociedad de personas libres. Vivimos en el siglo de los tiranos como, en otras épocas, lo hicemos en los de  la creatividad y la poesía. Sin embargo,tranquilidad,este satanismo no durará siempre. Más bien tiene los años contados. El ser humano, las personas, acabarán sabiendo que el modelo de Estado fruto de la Revolución Francesa es sólo una posibilidad, entre docenas, para organizar dignamente los asuntos sociales.

Y es esto, y no otra cosa, los que nos niños catalanes deberían haber aprendido en sus colegios. Aprender a defenderse de la tiranía y no, simplemente dejarse empujar a sustituir un Estado totalitario por otro aún peor.

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