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28 de febrero de 2023 0

Refutación de la democracia

(Por Francisco Segarra) –

El sistema democrático liberal parlamentario, al que llamaremos de ahora en adelante “democracia”, es un producto político muy reciente.

La participación popular en las decisiones de gobierno, sin embargo, tiene una larguísima tradición, especialmente en España: los fueros vertebran esa participación desde la primera Edad Media hasta la actualidad en algunos de los viejos reinos peninsulares. Ni siquiera el parlamento británico, que se pretende el más antiguo y no lo es, sino que son muy anteriores los concejos leoneses y castellanos, puede atribuirse antes del siglo XX la condición de democracia, porque Londres gestionaba una entidad imperial, y lo hacía a través de familias de patricios que se sucedían en el poder -la de Churchill, por ejemplo-, como hoy sucede en la llamada democracia de los Estados Unidos de la América del Norte. El escritor homosexual y patricio, Gore Vidal, lo describe muy bien en su obra “Imperio” -Gore Vidal, no hay que insistir en ello, pertenecía a la elitista familia Gore-.

La democracia como sistema de gobierno que se pretende global tiene poco más de un siglo. La humanidad ha vivido diez mil años sin democracia. Esta brevedad, esta excepción democrática puede, sin duda, ser la causa de que el entorno social democrático y liberal no haya producido nada reseñable ni valioso para el ser humano -del progreso técnico y de la “calidad de vida” hablaremos más adelante-.

Vayamos atrás en el tiempo. Los grandes avances científicos surgen en Europa bajo los imperios y las monarquías. Los físicos modernos, los de la relatividad y la mecánica cuántica, viven en el imperio alemán: Planck, Einstein, Heisenberg, etc. El desarrollo de esos avances se produce durante el régimen nazi y soviético. Los Estados Unidos de la América del Norte, a través de la conocida “Operación Paperclip” salvan y dan cobijo a destacados científicos que trabajaban para Hitler: es muy evidente el caso de Werner Von Braun. Lo mismo hace la URSS. La llamada democracia americana, desde su fundación, no había sabido captar el talento o crear las condiciones para su desarrollo; básicamente, lo roba. Y son alemanes, judíos, rusos, balcánicos, etc. Einstein se refugia allí. Un refugio no es en absoluto un espacio creativo. Había sido creado en la Alemania imperial.

¿Surgen las catedrales de un sistema democrático? No. Lo hacen en el feudalismo y la monarquía tradicional.

¿Cervantes, Shakespeare, Descartes, Kant, surgen bajo la democracia? No. Bajo la monarquía.

¿Velázquez, Goya, Murillo, Picasso? Tampoco. Se desarrollan en monarquías más o menos tradicionales o absolutistas.

¿El derecho romano, que es el 110% del derecho moderno? Nace y se desarrolla durante el imperio, siempre tiránico.

¿La filosofía griega, china, persa? Democracia aristocrática y plutócrata -la única fértil- y monarquías imperiales.

¿Las pirámides? Del sistema teocrático, despótico y esclavista egipcio.

¿La Biblia? De la teocracia hebrea y, posteriormente, de su monarquía. Los salmos, en su mayoría, son del rey David.

 

Podríamos continuar “usque ad infinitum”. Y, naturalmente, se me podrá oponer la cuestión temporal ya citada: un siglo frente a diez mil años. En otras épocas menos soberbias, el hombre hubiese aprendido la lección de la experiencia histórica.

 

LA PRETENSIÓN TOTALITARIA DE LA DEMOCRACIA

Las monarquías y los imperios abren espacios físicos e intelectuales, como ya hemos visto. Permiten crear incluso las corrientes que llevan a su destrucción: todas las revoluciones modernas lo atestiguan. El caldo de cultivo para que triunfase un Cromwell fue el sistema monárquico. Como lo fue el zarista para la revolución comunista. Kant o Hegel, auténticos padres de las ideologías, desarrollan su trabajo en entornos monárquicos. Incluso la Iglesia, como organización fuertemente jerarquizada, crea los espacios que permiten las herejías -el arrianismo, por ejemplo, casi liquida al Cristianismo y a la propia Iglesia-. Como dijo Cristo, “la verdad os hará libres”. Solo cuando impera la verdad puede darse la mentira, la utopía fourierista o el nihilismo asesino de un Nechayev.

Sin embargo, la democracia, y más aún la impuesta en nombre de sí misma por las armas y las guerras a naciones y territorios con culturas milenarias, pretende una suerte de feroz despotismo ilustrado. Estamos alcanzando la cima de la tiranía democrática: la disidencia en cualquier aspecto de la vida humana es silenciada, apartada o asesinada, depende solo del grado de obstinación del individuo o del pueblo disidente. Las guerras que provocan los Estados Unidos de la América del Norte confirman esta terrible sospecha. También demuestran que la democracia no ha resuelto el problema de la guerra y, ante tal fracaso, ni siquiera se plantean los pensadores políticos que para tal viaje no hacían falta esas alforjas. El sueño de la paz, me temo, es la pesadilla de la democracia: la paz no es rentable económicamente para este sistema. La Pax Romana sí lo fue para el imperio y sus poblaciones.

Históricamente, pues, comprobamos que los imperios y las monarquías abren el espacio intelectual y social para la protesta y la disidencia real. La democracia, en cambio, cierra este espacio creando ella misma disidencias artificiales y controladas. Las universidades alemanas y estadounidenses son los laboratorios de semejante ingeniería social. Podríamos considerar como protesta legítima la del homosexualismo y la ideología de género, pero no lo es en tanto en cuanto todos los gobiernos democráticos y todos los poderes empresariales y económicos del sistema defienden tal disidencia. ¿Se imaginan a los comunistas patrocinados por el gran capitalismo? Quizás he planteado un mal ejemplo, porque la connivencia comunismo-capitalismo viene de lejos: desde los banqueros suizos y alemanes financiando a Lenin, al doble sistema de la China actual.

La pretensión totalitaria de la democracia se hace muy evidente en los discursos parlamentarios, cuando unos a otros se lanzan reproches y acusaciones del tipo “su baja calidad democrática; usted no cree en la democracia”, etc. Lo normal sería que los avales políticos viniesen de sistemas que han creado valor para la humanidad. Es decir, prefiero que me avale Confucio o Cicerón; que me acusen de poco estoico, o de poco tomista; que me valore un catedrático o un buen maestro, antes que un charlatán del circo democrático. Pero todos son charlatanes, excepto los que, por oficio, son algo más que políticos profesionales y, de éstos, los pocos honrados que en el parlamento conviven.

La democracia es una mentira y por eso anhela el totalitarismo (es un hecho que cada vez somos menos libres individual y socialmente).

La mentira no es creativa, por eso la democracia no produce obras valiosas.

La democracia es, en sí, nihilista. Por eso no produce voluntades fuertes, ni propone objetivos grandes y duraderos. Quizá solo Israel y Rusia son hoy pueblos con un propósito fuerte. Pero esto es otra cuestión.

 

LA MENTIRA DEL PROGRESO: ¿EXISTIR O SER?

Es cierto que en los últimos sesenta años se ha mejorado la calidad de la mera existencia humana. Nos rodean tecnologías que facilitan la existencia, sin duda. Pero, ¿qué entiende realmente nuestro sistema por “calidad de vida”? Para empezar, debería decirse “calidad del existir humano”. La vida es otra cosa. La vida no consiste en vivir 120 años en este planeta. Ni siquiera en prolongar esta existencia con artificios transhumanistas. La vida humana, manifestación genuina aunque no única del ser, debe tener un sentido más allá de ella misma; a menos que nos conformemos con la materialidad de la vida animal. Esta conformidad es contraria a la razón -y al espíritu, pero no iré por este camino, porque un materialista ateo, sin duda, tiene un propósito vital-. Solo en el cumplimiento de una misión trascendente encuentra sentido la vida humana. Y así, es más humana la vida de un soldado que muere por su patria, que la de una anciana centenaria y egoísta. Es más humana la vida de un mártir de trece años que la de un viejo narcisista. Tampoco entraré en cómo la falta de sentido es un veneno mortal del sistema, que brilla diabólicamente en las altas tasas de suicidio de la juventud y en el aumento exponencial de enfermedades psiquiátricas.

Sí, la democracia puede mejorar la existencia… Del 10% de la humanidad. La democracia, como los productos ecológicos, es muy cara. El sistema democrático promueve la contradicción de querer imponerse totalitariamente y, a la vez, pretende impedir que naciones enteras se desarrollen para alcanzar a ese privilegiado 10%. Es el caso de China y de la India. Países que, a pesar de todo el odio occidental, logran salir de la pobreza. No es el caso de países que estaban en camino, como Irak, Siria o Libia, destruidos por intereses geopolíticos y económicos en nombre de la democracia. Personalmente, prefiero la contundente y agresiva claridad de los imperios: hacen lo mismo pero sin pretender dar lecciones de moral política.

Naturalmente, el hecho de reconocer con humildad que estamos presos de un sistema tiránico y absolutista -desea el dominio sobre cualquier tipo de actividad humana, incluso de las más íntimas-, es un gran paso adelante. La voladura de este sistema vendrá de la lucha espiritual. Estoy con Donoso en que toda política es teología, o el sucedáneo de una religión. Y la primera acción espiritual es no votar si, en conciencia, se cree que la democracia es una mentira, y una mentira asesina: la sangre inocente baña los tres siglos posteriores a 1789. Esta es la única y terrorífica obra perdurable del sistema democrático y la muestra más palpable de su maldad: convertir el crimen en derecho y rubricarlo con la sangre de un hijo descuartizado, con la prepotencia de quien se cree en posesión de la verdad política y moral, esa que destruyó para siempre Juan Jacobo Rousseau.

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