5 de noviembre de 2018 0

¿Qué Hispanidad hemos de reivindicar?

 

Ángel Manuel García Carmona

En mayor o en menor medida, todos aquellos que tenemos un sentimiento de amor hacia nuestra patria, la española, de orgullo por esa razón de ser y por ciertos aspectos loables de la historia de España, reconocemos la cuestión de la Hispanidad, por lo menos, entendida como hermandad histórica con los americanos y con los filipinos.

Pero no hemos de recaer en el simplismo. Sin duda alguna, hemos de considerar la Hispanidad como esa gran empresa española que no solo consolidó una clase de hermandad histórica en lugares muy remoto, sino que, en base al catolicismo, hizo que esos valores occidentales de libertad y respeto a la dignidad humana fueran también desarrollados en las Américas.

Un lengua con numerosos dialectos, la religión católica y ciertos valores morales son los que definen una idea histórica y cultural que, en cambio, no goza, por desgracia, del reconocimiento socio-político que merece (solo ha resonado esa Leyenda Negra que difama la Hispanidad y hoy es azuzada por quienes defienden ideologías criminales como el comunismo).

No obstante, el procedimiento de reconocimiento de la misma estaría sujeto. Unos creen que haría falta una Unión Hispanoamericana similar a la Unión Europea (UE), en mayor o en menor medida, mientras que otros se preguntan si sería posible una especie de estructura confederal entre distintos Estados americanos.

Personalmente, sin ninguna duda, estoy totalmente de acuerdo con la necesidad de fortalecer los nexos que puedan engrandecer esa Hispanidad de la que debemos congratularnos, pero tampoco hemos de traicionar la tradición foral española y el principio de subsidiariedad recogido en la Doctrina Social de la Iglesia.

Así pues, no querría que los distintos Estados hispanoamericanos fueran cediendo progresivamente competencias a un politburó centralista con sede en Madrid u otra ciudad española. Esto lo estamos viendo en una UE de la que provienen más de la mitad de regulaciones y se comporta como una especie de Unión de Repúblicas Socialistas Europeas.

Pero oponerse a ello tampoco implicaría oponerse a lo que consideramos a día de hoy como “nación”. Estado y nación son dos conceptos plenamente diferentes mientras que la “plurinacionalidad” es una falacia del Frente Popular que no es para descentralizar toscamente, sino para diluir y atentar gravemente contra la “idea de España”.

Y bueno, ¿entonces qué? La Confederación Americana, la Dixie, puede servirnos de ejemplo. Una mera unión algo más que simbólica, que respetaba la autonomía de sus divisiones de orden inferior y fomentaba las libertades, entre ellas, la dada al intercambiar bienes y servicios voluntariamente entre individuos o entes.

Así que, puestos a ir más allá de una mera apuesta por la idea de la Hispanidad y perseverancia no coactiva en reafirmarnos en la misma, una confederación simbólica sería lo mejor, compuesta de fueros y otros entes descentralizados, sin un supraestado modernista y positivista, pero sí con libertad para comerciar.

Ahora bien, si se lograra ese objetivo, no habría que dar por terminada la tarea. Hay que velar por el respeto a la familia y a los cuerpos intermedios, por el respeto a las libertades que actualmente faltan los burócratas. De hecho, recordemos que la defensa del cristianismo depende de nosotros (los europeos estamos llamados a la reafirmación).

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