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27 de enero de 2014 0

No seamos lámparas escondidas

Ser carlista es comulgar con los ideales tradicionalistas de nuestros ancestros, los de una España basada en Dios, la patria, los fueros y el rey legítimo. Sostener la monarquía católica, federativa y pactista; mantenerse reaccionarios frente al invento liberal en defensa del Altar y el trono. Seguir siendo, en pleno siglo XXI, contrarrevolucionarios.

Una labor nada sencilla, cuando en 180 años hemos pasado de ser la mayoría de los españoles a una minoría casi, casi residual. Un reducto en claro riesgo de convertirse en relicario. Unos pobres diablos a los que se les ha encomendado la tarea de portar y cuidar un tesoro inigualable de catorce siglos de pensamiento político católico hispano. Una tarea tan formidable que realmente vale la pena dedicar nuestra vocación política a ella.

Bien sea por herencia familiar o por conversión, el carlista de hoy en día sostiene sus convicciones frente a una marea creciente en contra; no sólo en la política activa, sino en la sociedad: en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestras aficiones… manifestarse carlista no contribuye a hacernos más populares.

Y sin embargo es nuestra obligación, no sólo permanecer en esos ideales, sino hacer apostolado de ellos. Porque realmente la Tradición (esa cadena de la que somos eslabones y que nos une directamente con nuestros ancestros y descendientes a los que jamás conoceremos; esa democracia de los muertos como la definía Chesterton) no es nuestra propiedad, sino el regalo que podemos hacerle a la sociedad española.

Para ello es necesario comprometerse. No basta con simplemente profesar unas ideas y guardarlas para nosotros, como el criado torpe de la parábola evangélica. Se hace preciso que el carlista tenga la generosidad de hablar “en carlista” y dar a conocer los ideales del tradicionalismo a su círculo más cercano, y también fuera de él. Con buena y constante formación; con alegría y paciencia; incansablemente.

Bueno, yo es que no tengo vocación política”. Casi ningún carlista la tiene. Y aquellos que quieren medrar “en política” no escogen obviamente el carlismo. Ese darse a la acción social no es una elección, sino una obligación. Precisamente la formación sobre la auténtica política (la del interés por los asuntos comunes, que esa es la raíz de su significado), es necesaria para el español medio, amargado y decepcionado por la corrupción moral y económica de la partitocracia liberal. Ayudarle a responsabilizarse de sus derechos políticos es acto de caridad social.

No todos pueden ayudar en el mismo término: dedique cada uno el tiempo, esfuerzos o dinero que le sea posible en pro de la Causa, pero no se acueste ningún día pensando que tenía la oportunidad de hacer algo y no lo hizo por desidia, pereza o miedos humanos.

Sin el compromiso de sus simpatizantes, poco futuro le queda al carlismo. Un compromiso que se materializa rezando regularmente por la Causa, acudiendo a los actos que se convocan, afiliándose a la Comunión, haciéndose socio de un círculo carlista o participando en alguna de las varias asociaciones cívicas que el carlismo ofrece (Cruz de Borgoña, Socorro Blanco, Cruz de san Andrés, asociación Luis de Trelles, coordinadora por la Vida, Ahora Información, editoriales tradicionalistas, Grupos de propaganda, etc).

Un carlista apático es un colaborador involuntario del mal. No se enciende una lámpara para esconderla bajo la cama, sino para ponerla bien alto y que ilumine a todos.

Artículo publicado originalmente en el Portal Avant! de los carlistas valencianos

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