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8 de marzo de 2022 0

Los Mártires de la Tradición y nosotros

 

(Por Javier Urcelay) –

Como todo carlista conoce, la Fiesta de los Mártires de la Tradición fue instituida por Carlos VII mediante su carta de 5 de noviembre de 1895 a su delegado en España, el marqués de Cerralbo.  El propósito de la conmemoración promovida por el rey, era honrar la memoria de «los mártires que desde principio del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey».

Una festividad que el Carlismo celebra anualmente desde entonces cada 10 de marzo, para recordar a los caídos por la Causa, cuyos nombres figuran con gloria en las páginas de nuestra historia: los Ollo, los Andéchaga, los Balanzategui…y también los Oreja Elósegui, los Víctor Pradera, los Molle Lazo, o los Josemari Arrizabalaga, por llegar hasta nuestros días.

Fiesta para homenajear a los Mártires a los que les fue arrebatada la vida con violencia, pero también a mártires que en el día a día, de forma menos cruenta, dieron su vida de forma anónima en las cárceles, en los hospitales, en el exilio o el destierro por ser consecuentes con su Fe y sus ideales.

En el Catecismo aprendimos que lo contrario del martirio es la apostasía, que representa la traición frontal a la propia Fe, la renuncia ventajosa a lo que se declaraba profesar, el triunfo de lo inferior sobre lo superior, la opción por lo práctico -salvar el pellejo- frente al Ideal, que sabe que esta vida no es todo.

Sin embargo, entre el martirio y la apostasía hay mucho terreno, quizás en el que se desenvolverá la vida de la mayor parte de nosotros, a los que Dios probablemente no nos deparará la gracia de lo primero, y a los que nuestro propio pundonor no nos permitirá caer -al menos así nos tranquilizamos pensándolo- en la ignominia de lo segundo.

En ese terreno, el que pisamos nosotros, el peligro es la dualidad de vida, esa forma de existencia hecha a base de un cierto equilibrio aceptado entre la Fe y las ideas, que van por una parte, y la vida en su día a día, que va por otra.

“Quien no vive como piensa, acaba pensando como vive”, reza una vieja máxima de la sabiduría moral. Nos alerta así del riesgo de divorcio entre lo que declaramos y lo que hacemos, entre lo que honramos con los labios y lo que demostramos con los hechos.

Nos recuerda, así, la importancia de la unidad de vida, de ser los mismos en familia que en la vida profesional, hacia afuera y en nuestra vida privada, en el éxito o en el infortunio, cuando estamos solos o cuando nos rodean los demás. La unidad de vida nos hace coherentes y consecuentes como personas, tanto como la dualidad nos hace imprevisibles y contradictorios.

El martirio es la entrega de la vida, sin medias tintas, sin reservas, sin vuelta atrás. La Vida Eterna es su recompensa, pues Dios no negará a los que han sabido confesarle delante de los hombres.

La apostasía es, por el contrario, la opción por el bien sensible inmediato, la primacía de la existencia sobre la esencia que a ella se sacrifica. Consigue el perdón de la vida, pero la acompaña el oprobio de la indignidad, de la traición, de la eventual desesperación de una vida imposible sin esperanza.

Pero, así como hay un martirio incruento, algo así como un negarse a si mismo y un dar la vida poco a poco, en pequeñas dosis, hay también una apostasía dulcificada y sin estridencias, disimulada y sin el baldón de que se perciba públicamente.

Está representada por ese pensar de una manera y vivir de otra, proclamar una cosa y hacer otra, defender nominalmente unos valores y aceptar que nuestra vida, en la práctica, esté regida por otros. Poner una vela a Dios y otra al demonio; nadar y guardar la ropa; defender unos principios y olvidarse de ellos en nuestras prioridades, nuestra conducta y proceder diario.

Su consecuencia no es el oprobio, sino la maldición del plano inclinado: de forma insensible nos iremos apartando de aquello que decíamos creer y pensar, e iremos dando cabida a cosas que inicialmente rechazábamos, pero que se irán instalando con creciente comodidad en nuestras vidas, hasta ganar su aceptación: poco a poco iremos acomodando el mal que antes nos sublevaba; iremos relativizando opiniones que antes sosteníamos con rotundidad; iremos consintiendo pequeñas adaptaciones a las opiniones dominantes, aceptando pequeñas concesiones morales que nos hacen la vida más fácil… y finalmente, resultaremos indistinguibles de todo aquello que en otro tiempo declarábamos combatir.

La festividad de los Mártires de la Tradición es una magnífica oportunidad para plantearnos si, llegado el momento, nosotros también estaríamos dispuestos al martirio. Pero, sobre todo, para revisar nuestra unidad de vida, la consecuencia entre nuestras ideas y nuestros actos.

¿Somos consecuentes con nuestro Tradicionalismo en la forma de utilizar nuestro tiempo?, ¿en el uso de nuestro dinero para apoyar a la Causa? ¿en nuestra colaboración en las iniciativas que es necesario desarrollar? ¿en nuestra labor de irradiación atrayendo a nuestros amigos o conocidos para que asistan a actos, lean libros de sana doctrina, participen en proyectos etc? ¿en el testimonio en nuestros ambientes -sin exhibicionismos, pero también sin camuflajes- de nuestra forma de pensar y de sentir?

La Fiesta de los Mártires de la Tradición es un día para honrar a los que dieron su vida en defensa de la Causa de Dios y de la Patria, siendo concrucificados con Cristo.

Pero es también para todos nosotros una ocasión para reforzar nuestra unidad de vida, de servir no solo con las palabras a la Causa, sino de poner en práctica lo que creemos y afirmamos con nuestra conducta en la vida diaria, arrimando el hombro, colaborando con nuestros correligionarios, aportando tiempo y dinero, siendo apóstoles para atraer a otros.

Todos tenemos la oportunidad y la obligación de ser “mártires de la Tradición”. Si no subiendo a la Cruz con Cristo, al menos ayudando a llevar su carga como cirineos.

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