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3 de mayo de 2004 0

Los católicos en el régimen socialista

La victoria del PSOE ha cumplido los peores temores suscitados entre los católicos. Entre las pocas acciones concretas del gobierno Rodríguez han destacado aquellas tendentes a atacar los valores cristianos. Esta legislatura se va a centrar en el ataque a la familia, el pilar de la sociedad; leyes que facilitan el divorcio, que permiten el matrimonio de invertidos, que amplían y facilitan el aborto y la experimentación con embriones humanos, aunque tampoco ha faltado el ya habitual ataque a las clases de religión católica.

Las lamentaciones ya no tienen lugar, pues los católicos ya sabíamos cual iba a ser el programa socialista en caso de vencer. A la legislación en ciernes se une el incremento de la campaña antirreligiosa de la izquierda cultural y el ya famoso “poder fáctico fácilmente reconocible” (PFFR) del inefable señor Aznar, dolido por la patada en el trasero recibida de ese mismo PFFR anticatólico al que ha regalado toda la televisión digital, casi todos los postes radiofónicos sacados a concurso durante su mandato y la legalización de su ilegal cadena de emisoras de televisión locales. Debemos prepararnos para otra vuelta de tuerca de burlas a la religión, ataques a la moral y la ley natural y las consabidas exigencias a la Iglesia para que no opine de temas no estrictamente litúrgicos. En resumen, lo que ya viene gestándose desde hace tiempo: la religión, en privado; y si se nos atiza a bajar la cabeza y pedir perdón por seguir existiendo.

Ahora podemos ver con claridad lo nefasto que ha sido para la religión el gobierno del PP, que se ha limitado a ralentizar todas las medidas anticristianas de la legislación so pretexto de moderación. En el mejor de los casos, a conservarlas tal y como las dejó el PSOE en su etapa de gobierno anterior para que el nuevo gabinete retome con entusiasmo su labor de piqueta contra los pilares morales de nuestra sociedad. Y ha sido nefasto porque bajo la supuesta “protección” del partido popular se ha desmovilizado por completo cualquier amago de movimiento de seglares católicos con voz propia en el panorama político. El moderantismo aducido ha sido pernicioso y además falso: jugarse la mayoría absoluta con la derogación de la ley legalizadora del aborto, además de lo único correcto para un católico, hubiese quemado mucho menos al gobierno popular que meter a España en el ilegítimo conflicto de Irak (a día de hoy, y pese a la intensa campaña en su favor, el aborto aún es rechazado por más de la mitad de los españoles en las encuestas que se realizan), pero ha quedado demostrado cuales eran las preferencias políticas del señor Aznar.

Entramos, pues, en una nueva y peligrosa dimensión, y la situación para la Iglesia es grave y empeorará. Debemos prepararnos para una nueva persecución de los católicos, como en 1936. Ciertamente no tan violenta ni tan descarnada, pero si los católicos de la II República dieron su vida a miles por causa de su Fe y sufrieron una persecución brutal como no la había habido ni en tiempos de los emperadores paganos de Roma, tenían también muchas razones para la fortaleza y la esperanza: en primer lugar la sólida Fe de la mayoría de los españoles, la vivencia diaria del cristianismo de la sociedad, partidos y sindicatos declaradamente católicos que aglutinaban el movimiento social, periódicos, radios… muchos y fuertes medios para agruparse en torno a la bandera de Cristo. Y pastores que, sin faltar a su obligación de predicar el amor evangélico, sabían hablar alto y claro cuando su rebaño era atacado.

Pero si el PSOE de 2004 no es el Frente Popular de 1936 (al menos en las formas), los católicos actuales no son ni la sombra de aquellos que sufrieron y libraron la Santa Cruzada que ganó España de las garras comunistas. Para empezar, si bien el 80% de los españoles se declaran católicos, lo cierto es que sólo un 25% cumple con el sacramento de la eucaristía todas las semanas, lo que nos da una idea más aproximada de nuestro verdadero número. Minoría, no obstante importante, pues 10 millones no es para tomárselo a la ligera.

Pero ¿dónde está la voz de esos 10 millones? No existe ni un solo diario nacional católico, algunas revistas y suplementos dispersos de alcance limitado, y que apenas inciden en temas políticos. Una radio de la conferencia episcopal, sí, pero que fuera de los programas religiosos apenas se diría que es católica. Ninguna televisión, salvo la experimental de la COPE, en realidad en pruebas.

Socialmente ídem de ídem: ¿dónde están los actores, los filósofos, los pensadores, los escritores o los intelectuales católicos? Porque lo peor es que existen, pero salvo honrosas excepciones (Juan Manuel de Prada sería una de ellas), apenas hacen oír su voz cuando se ataca a cosas que se supone les son muy queridas. Y cuando lo hacen, de forma tímida y vergonzante, sin declararse expresamente católicos.

¿Dónde están los políticos católicos, o mejor dicho, dónde están los católicos en el espectro político? ¿Qué partido o sindicato, o asociación de peso lleva la voz de los seglares? Se puede decir con tranquilidad que la mayoría de los católicos están sencillamente desorientados en el terreno político. La parte del león de los votos se los lleva el partido popular, a pesar de la incongruencia manifiesta de su actuación política con los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia o la moral católica, limitándose a una neutralidad que ha sabido a favoritismo a muchos incautos por comparación con la radicalidad de la otra parte. La moribunda democracia cristiana política y social se alinea en sus banderas, pero suponerle algún peso decisivo es irreal. Un puñado de figuras aisladas (Mayor, Acebes, Trillo…) que a la hora de la verdad ni han actuado como católicos ni casi como patriotas.

Una parte del PP, católica, se ha separado de una u otra forma por ver tibieza en la postura moral aznarí. Se trata de partidos como PADE o Familia y vida, que siguen postulados católicos pero cometen el supremo pecado del liberalismo, y se declaran aconfesionales para no ser señalados, como si declararse católico fuera motivo de vergüenza. A la postre apenas un puñado de votos que no sólo no ha inquietado al gran partido conservador sino que probablemente le ha convencido de que la defensa del catolicismo no da votos: o sea, que hay que “centrarse” más. Es la hora de los neoliberales estilo Ruiz Gallardón o Zaplana, de dudosa moralidad por no decir en realidad de moral nada dudosa.

¿Qué queda? Poco, muy poco. El piñarismo, heredero del Movimiento y católico indudable, está desaparecido, tras el fiasco del Frente Español de reminiscencias lepenianas, a la espera de un nuevo resurgir bajo unas nuevas siglas, que podrían ser las de la nueva Alternativa Española. Una vez más.

El nacional socialismo falangista está en un profundo estado de división, con varias corrientes, la mayoría declaradamente no católicas. Alguna queda que conserva el espíritu católico fundacional, pero sumida en el marasmo de los “azules” apenas concita votos.

¿Acaso queda el Tradicionalismo como único referente católico en el panorama político español? Dejando de lado que como contrarrevolucionarios los carlistas podemos considerarnos tranquilamente como los “auténticos españoles”, lo cierto es que ningún otro partido o asociación política española a día de hoy se declara confesional y tiene en su programa la plasmación de la Doctrina Social de la Iglesia. Sólo los carlistas.

La esencia del carlismo como movimiento antisistema, reflejado en sus modestos resultados electorales, y la división que también atraviesa, justifican a muchos para afirmar que el Tradicionalismo nunca será el referente político de los católicos españoles, que han interiorizado (como el 99,5% de los españoles) el sistema de democracia liberal como el único válido. Afirman que es preciso renunciar a algunos de los puntales de nuestro ideario para “llegar a más gente”.

Tal vez nos llevaríamos una sorpresa si comprobáramos que una gran mayoría de católicos españoles son también patriotas, amantes la historia y la tradición de las Españas, y profundamente descontentos con una familia que detenta el Trono de San Fernando y ofende a la Iglesia con el matrimonio religioso manifiestamente impostado de su heredero con una divorciada atea. No son tradicionalistas sencillamente porque desconocen el ideario tradicionalista y lo único que les ha llegado sobre el carlismo es la deformada leyenda negra de la escuela liberal.

Lo que ahora necesita el carlismo es una voz fuerte para llegar a la sociedad española, profundamente corrompida ya, pero con el alma cristiana y española aún enraizada fuertemente en muchos pechos. Una voz para sacudirla y para despertarla, para que los católicos españoles dejen de avergonzarse de serlo, y salgan esos 10 millones a la calle para demostrar que aunque no sean la mayoría, en sus manos está el gobierno de la Patria y también su salvación. La doble amenaza, para el cristianismo y la Patria, de los revolucionarios ateos y el islamismo agresivo es una realidad, no de mañana o de pasado mañana. Es de ya.

Necesita la Comunión pues nuevos bríos y mayor decisión. Nuestros tradicionales enemigos, los liberales puros, van quedando también muy mermados en número, pero han tenido el acierto (y no hay que despreciar nunca al enemigo, antes aprender lo aprovechable de él) de agruparse en torno a un grupo de intelectuales y una revista, cuya edición digital conoce cualquier español políticamente informado, y que les da una resonancia muy superior a su número. La Comunión debe también agruparse: Una sola revista en lugar de las varias que ahora existen. Un solo periódico que sustituya a los irregulares y múltiples boletines locales ahora existentes. Se me argüirá que todo eso requiere dinero, pero se ha visto que no hace falta mucho dinero para crear una revista digital semanal, y desde luego si hay algo que no iba a faltarle son intelectuales de gran peso ni corresponsales por todos los rincones de España.

Y, por supuesto, la unidad sincera de todos los carlistas. Olvidando rencillas y diferencias ya viejas. Necesitamos todas las manos porque la etapa que se avecina es crucial. Los carlistas somos providencialistas y no podemos creer que Dios nos haya conservado hasta ahora para nada. Debemos estar vigilantes todos, con las lámparas de aceite encendidas como las doncellas de la parábola evangélica, nunca sabemos cuándo va a llegar el momento de que la Iglesia nos necesite fuertes.

Fuertes y todos unidos bajo el mismo árbol: DIOS-PATRIA-FUEROS-REY.

Artículo publicado originalmente en el Portal Avant! de los carlistas valencianos

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