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5 de octubre de 2023 1

Lenguas

Los idiomas se inventaron para que las personas pudiesen comunicarse; son el mecanismo de lenguaje más completo y eficiente. Ese es su origen, esa es su esencia y esa es su utilidad. Su uso es muy amplio, desde conceptos pedestres hasta contabilidad, filosofía, ciencia, legislación o poesía.

No olvidemos eso jamás: el idioma es una herramienta. Y es una herramienta que sirve para comunicar ideas. Para comunicar personas.

Naturalmente, la facilidad de comunicación de conceptos e ideas crea cohesión entre todos los hablantes de una misma lengua. O sea, que crea un tipo de comunidad humana. Pero no es lo mismo una comunidad humana que una comunidad política. Hay infinitos ejemplos de comunidades lingüísticas que forman distintas comunidades políticas (empezando por la miríada de virreinatos y luego repúblicas hispanoparlantes en América), y también, aunque menos, de comunidades políticas formadas por varias comunidades lingüísticas (y étnicas, y raciales, y religiosas). En Europa podemos pensar en Suiza y en las antiguas Comunidad polaco-lituana o la monarquía austro-húngara. Y más cercanamente a nosotros, los reinos de Navarra y Valencia están históricamente conformados por dos comunidades que piensan y emplean como lengua primaria castellano y vascuence, en el primer caso, o castellano y valenciano, en el segundo. Y nadie duda de la unidad política (e histórica) de ambas.

Esas dos cuestiones clave, que los idiomas son herramientas, y que una comunidad lingüística no equivale necesariamente a una comunidad política, las olvida el nacionalismo de corte romántico-alemán, y ese es uno de sus grandes errores.

Especifico lo del “corte” porque en España el nacionalismo regional es de ese tipo, mientras que el nacionalismo español es del estilo francés-cartesiano. Aunque en este asunto ambos, curiosamente, tienden finalmente a converger. Porque la equivalencia entre lengua y nación es demasiado fuerte para el pensamiento nacionalista como para resistirse a ella. También los nacionalistas españoles se inclinan a que la única lengua en nuestro país con rango de oficialidad debería ser el castellano.

El tradicionalismo político hispano, en cambio, siempre ha tenido claras ambas características. Por eso, en cualquier asamblea o reunión política de las Españas pre-liberales se ha empleado siempre la lengua que todos comprendieran y pudieran emplear con comodidad. Cuestión de sentido común. Porque de lo que se trata en una reunión o debate es de entenderse, razonar y lograr acuerdos. Acuerdos que además persigan el Bien Común, por cierto.

Pero para el nacionalismo catalán y gallego (el vasco no puede permitirse ese lujo) el idioma propio es el signo distintivo de la comunidad política elevada a nación (o sea, no mera constitución orgánica de seres humanos, sino verdadera “persona”, sujeto político en sí mismo y, de hecho, poseedora de una sola voluntad y un solo sentimiento), y por tanto, tan propio a la misma como su escudo o su himno. Renunciar al uso de su propio idioma normativamente es para un nacionalista tanto como traicionar su ser y su pertenencia a la nación.

No importa el contenido de lo que se quiera transmitir en esa lengua. Importa la lengua. En el caso de los más fanáticos, sobre todo importa la “pureza” de esa lengua. De ahí que se creen unos espurios “derechos de las lenguas”. Únicamente las personas tienen derechos (y únicamente en relación a otras personas, por cierto), pero como para el nacionalismo la nación es una “persona”, también su lengua tiene “derechos”.

Así vemos como, partiendo de dos premisas erróneas, se construyen (lógicamente) unos postulados equivocados. El edificio está dañado desde los cimientos y por eso la casa está torcida.

Esto viene a cuento, naturalmente, de la petición de los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos de que se puedan emplear sus lenguas en el Congreso de los diputados. Esta petición está basada precisamente en la reivindicación del “derecho de las lenguas”. Dejemos de lado en este momento que la oportunidad de su aprobación ha dependido de una necesidad política contingente del gobierno. La petición es antigua y ha sido hecha varias veces. Por la reivindicación del derecho de las lenguas se llega de forma directa, según el pensamiento nacionalista, al “derecho de las naciones” (determinadas por su lengua) a tener un estado.

Así, a pesar de que pueda parecer paradójico, la pluralidad de lenguas en el congreso liberal español busca en último extremo, en realidad, la creación de estados con lenguas mutuamente excluyentes.

Jamás hemos tenido los carlistas problema alguno con las lenguas españolas. Algunos de los mejores bertsolaris han sido carlistas, y es conocida la anécdota de que en el tercio de Montserrat, durante la última guerra civil, únicamente los oficiales sabían expresarse correctamente en castellano, y el catalán era el idioma de uso común en la tropa. En cuanto a Valencia, el arquetipo de carlista siempre fue el agricultor valencianoparlante.

Pero el pensamiento tradicional español mantiene el sentido común como regla de comportamiento. Y no olvida que las lenguas están para comunicar contenidos. En las asambleas y comunicados públicos, siempre se empleó el idioma que todos comprendieran, si tal característica se daba. Porque lo importante es que las cortes decidan aquello que sea mejor para el reino y para el pueblo (particularmente para los más débiles), y no en qué lengua se realicen los debates. Es la lógica la que invita a que ese idioma de debate sea común para un mejor entendimiento.

Si es que es el entendimiento lo que se busca.

Cuando los nacionalistas regionales exigen poder expresarse en su lengua particular en el congreso, en lugar de en la común, que todos conocen, no sólo están reivindicando un supuesto “derecho de las lenguas”, sino que subrepticiamente están expresando su voluntad de no-entendimiento con todos aquellos en aquella asamblea que no empleen su idioma. Y es esa voluntad de no ser comprendidos lo que tiene realmente importancia.

Sin olvidar que cuando uno, conociendo una lengua común con su interlocutor, emplea deliberadamente otra que aquel no conoce, está expresando una falta de respeto a este. Mala educación, vaya.

Por lo que a mi respecta, creo que se debería permitir a cada diputado del parlamento expresarse en la lengua española que considerase, pero en absoluto pagar con dinero del común ningún servicio de traducción, que es inútil cuando todos conocen de forma nativa una lengua común. Más bien el diputado que tenga la humorada de expresarse en una lengua que pocos de sus interlocutores conocen, debería pagarse él el servicio de traducción. Cuando uno quiere hacerse entender, lo consigue sin dificultad. Cuando no tiene ningún interés en hacerse entender, entonces poco importa lo que tenga que decir.

Porque los señores diputados nacionalistas no están interesados en ningún debate, sino en sus teatralizaciones constantes acerca de sus obsesiones reivindicativas particulares. En ostentar su ideología, y su rechazo a sus “enemigos oficiales” (imprescindibles en todo nacionalismo que se precie).

La idea, a fin de cuentas, es levantar barreras entre españoles. Cuantas más, mejor. Es su credo y su objetivo político. No nos extrañemos.

En realidad, poco importa que en la tribuna de un parlamento liberal se hable una u otra lengua. En la mayoría de los casos, incluyendo el español, las supuestas sedes legislativas liberales están dominadas por los partidos políticos. Los diputados votan lo que les manda su jefe de grupo, y las propuestas y leyes vienen ya cocinadas en reuniones intra e interpartidarias, en las que por supuesto se habla el mismo idioma. Todos sabemos que las intervenciones en la tribuna no son sino piezas de oratoria para las cámaras y los medios de propaganda. No se pretende convencer ninguno de los presentes, que ya tienen su voto decidido independientemente de lo que se diga en el atril, sino a los que escuchan o leen las intervenciones fuera de la cámara.

Lo mismo cabe decir de las presentaciones por escrito de propuestas de promulgación o modificación de leyes. Lo lógico sería que estuviesen presentadas al menos en castellano, que sería la única versión válida, aunque se quiera añadir una en el idioma particular del proponente, que no sería vinculante en ningún caso.

Seamos honestos, para esa mera representación dramática (normalmente esperpéntica) que tiene lugar en los parlamentos liberales (llámense congreso, senado o asamblea) da igual que se hable en castellano, en esperanto o en sánscrito.

Oiga, y en unas cortes tradicionales, ¿no podría acontecer el mismo problema?, me preguntará el pejiguero de turno. Pues no, porque los diputados a cortes tradicionales no representaban/representan a partidos políticos o a circunscripciones gigantes con listas cerradas, unos figurones que básicamente rellenan unos asientos en una cámara para simular pluralidad mientras todo se decide en reuniones a puerta cerrada en las sedes de los partidos (o en los bancos, o en las multinacionales, o en las embajadas de potencias extranjeras, o en sentinas aún peores).

Los diputados a cortes tradicionales representan a cuerpos sociales, o municipios, bien reales (que además les pagan la manutención, y no de la caja común como actualmente). Son personas que hablan ante reuniones que realmente debaten y deciden asuntos que son importantes para todos. No están sujetos a más mandato que el de aquellos que han delgado en sí su propia autoridad. En otras palabras, que unas Cortes tradicionales no son una chufla con ínfulas, sino asambleas muy serias en las que se deciden asuntos muy serios.

Al primero que en tales Cortes hiciera propuestas o intervenciones en una lengua que sabe positivamente que los demás no conocen o entienden mal, se le echaría a patadas por desconsiderado, y aquellos a los que representa ya podrían contar con que sus intereses no estarían representados en absoluto en aquella junta, por propia voluntad.

Pero para el “charlamento” (en palabras del siempre ingenioso Rubén Cardeñosa, Dios tenga en su gloria) liberal patrio, va bien el espectáculo bufo de españoles de diversas partes haciendo como que no saben español, y algunos hasta poniéndose pinganillo para entender o hacer como que les interesa entender.

Otra charlotada no empeorará mucho el vodevil, pero ayudará a los incautos a comprender mejor que lo es.

Agradezcamos pues a los nacionalistas por ello.

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Un comentario en “Lenguas

  1. I. Caballero

    No se puede expresar mejor y con claridad nuestro pensamiento tradicional y carlista sobre las lenguas.
    Un detalle en lo que se refiere al euskera tradicional y sus dialectos, que han sido SIEMPRE de uso y “propiedad” del carlismo guipuzcoano.
    Hoy el batúa es una lengua muerta por olvidar sus locos e ignorantes patrocinadores/creadores que las lenguas deben admitir la “variación lingüística”.
    Al ignorar los NAZIS autores del engendro “batúa” consiguen que los hablantes tengan enormes dificultades en mantener una conversación normal, y, en cualquier momento terminan hablando en español – NO castellano -ante la incapacidad del batúa de adaptarse a la variación.
    Y resaltar como expresaba mi difunto padre…. los mejores escritores, los mejores abogados, catedráticos y hombres de ciencia… han sido SIEMPRE CARLISTAS.
    Y este humilde servidor lo ratifica.
    Por supuesto, estimado correligionario, con tu trabajo sobre las LENGUAS ratificas que los carlistas somos los mejores en todo.
    Y gracias por exponerlo tan fácil de leerlo.
    DIOS, PATRIA y REY LEGITIMO

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