22 de febrero de 2017 0 /

Las lenguas de Hernán Cortés.

 

 

Jerónimo Aguilar había nacido en Écija, pero desde muy pequeño se trasladó con su familia a Sevilla, donde se crió. Eran los tiempos en el que Colón acababa de descubrir un nuevo mundo, y desde pequeño, Jerónimo, acostumbraba a pasearse por el puerto de Sevilla con su padre para ver cómo desembarcaba todo lo que se traía de aquellas maravillosas tierras, y escuchaban asombrados los relatos que los marineros contaban. En aquel tiempo estaban muy de moda los libros de caballería, donde se contaban fantásticas historias en las que los caballeros emprendían las más fabulosas aventuras, así que todo lo que oían los que frecuentaban el puerto, cuadraba con lo que les contaban aquellos libros. La imaginación se exaltaba y hacía que aquel que tuviese un mínimo de espíritu aventurero deseara sin pensárselo dos veces el ir a visitar aquellas maravillosas tierras. Por eso mismo, Jerónimo le decía a su padre que debía ir a conocer aquellas misteriosas tierras, pero su padre, le reconvenía diciéndole, que no tenía necesidad de ir cuando ya en España tenía las cosas más importantes del mundo, pidiole por tanto Jerónimo que le dijera de que cosas se trataba y su padre le respondía: “las tres cosas más importantes del mundo son, Dios y Santa María y Sevilla”. Y esta conversación se repetía un día tras otro.

Pasó el tiempo, Jerónimo fue creciendo y llegó el día en que le faltó su padre, y aquél, olvidando lo que su padre le repetía a diario, embarcó un día rumbo a las Indias occidentales en busca de aventuras caballerescas. De esta forma llegó, primero a Cuba y después a Tierra firme, que era como en aquel entonces se conocía a las tierras continentales de América. Y fue explorando y navegando hasta que un aciago día en que viajaba a bordo de una carabela por aquellos mares, una terrible tempestad de las que abundan en tierras tropicales, hizo que su nave naufragara, y sus ocupantes, con mayor o menor fortuna fueron llegando a las costas del Yucatán, en tierra de mayas, más muertos que vivos, allí quedó Jerónimo desvanecido. Y todos corrieron parecida suerte, fueron apresados, sacrificados a aquellos terroríficos dioses y devorados posteriormente por los indios. Todos menos dos uno de ellos fue Jerónimo de Aguilar el cual fue rodeado por los nativos de la zona, los mayas. Estos, tenían por costumbre aplicarle a sus hijos pequeños una estructura de madera en el cráneo para deformárselo, igualmente, les ponían delante de los ojos una bolita colgando de un hilo, lo que les provocaba un estrabismo permanente, así mismo, acostumbraban a labrarse la cara y a colocarse en los dientes, distintas placas de metal o de piedras de distintos colores. No es pues de extrañar que cuando Jerónimo se recobró y vio a aquellos indios, más que hombres le parecieran demonios, creyéndose él mismo, muerto y rodeado de tales demonios en el infierno.

No eran demonios los mayas, sino humanos, eran hombres que todavía no habían recibido el Evangelio y como suele ocurrir con esta clase de hombres, eran capaces de realizar toda clase de actos abominables sin sentir ninguna clase de remordimiento. Todo lo contrario, estos indios tenían unas divinidades que exigían sacrificios humanos, igualmente eran antropófagos. Era por tanto lógico que la mayoría de los españoles supervivientes del naufragio acabaran de tan terrible modo su existencia, Sólo dos, como dijimos, se salvaron misteriosamente de ello, uno fue Jerónimo de Aguilar y el otro Gonzalo Guerrero. De esta forma, ambos acabaron de esclavos de los mayas, cada uno en distinto poblado. Y si bien Jerónimo no supo mejorar su suerte, Gonzalo Guerrero se las ingenió para llegar a ser el cacique del poblado, convirtiéndose en un indio más, pero cacique. Aguilar sin embargo fue encargándose de los más viles trabajos, como siempre ha sido costumbre entre esclavos, y poco a poco, fue aprendiendo la lengua de los mayas, sus costumbres, comiendo sus alimentos, se fue vistiendo y ataviándose como ellos y en fin, se fue transformando en un maya más, aunque siempre esclavo. Y siempre con la esperanza de que algún día fuese rescatado por los suyos. Pero con el paso de los años la esperanza fue disipándose y la melancolía se fue apoderando de su espíritu.

Un día oyó a sus amos que se habían visto en la costa unas casas flotantes pasar frente a las playas. A Aguilar, le dio un vuelco el corazón pero, nada pasó, y la súbita esperanza se transformó en la más amarga desilusión. Y así pasó cerca de  nueve años de esclavitud de desesperanza y de miedo a ser sacrificado en la próxima fiesta religiosa que se celebrara.

Pero otro día volvió a oir que de nuevo se habían visto casas flotantes frente a las playas y que de las mismas habían bajado hasta la orilla extraños seres barbados y vestido con extraños ropajes. A Jerónimo, le volvió a dar un vuelco el corazón, pero no sabía que podía hacer para poder ser rescatado por los suyos. No sabía Aguilar que aquellos barcos eran los de la expedición de Hernán Cortés, que se dirigían a encontrarse con su destino, la conquista del imperio azteca y la fundación de la Nueva España. Tampoco podía saber que Cortés había oído a los indios que por aquellas tierras había dos “castilian”, que era como los indios llamaban a los españoles y que Cortés y los suyos estaban haciendo intentos de encontrarlos. Hernán Cortés, le había dado cuentas verdes a los indios diciéndoles que volvieran con los cautivos que él se los compraría. Cuando Jerónimo Aguilar se enteró de todo, antes de partir envió mensaje a Gonzalo Guerrero para que partiese con él, pero Guerrero, ante el asombro de Aguilar, se negó alegando que él era el cacique de su pueblo y que tenía familia, y se sentía muy a gusto en aquel estado, sin importarle España, ni su antigua religión. Se dice que Gonzalo Guerrero, aprovechando su experiencia como soldado, enseñó a combatir a sus indios, a no tenerle miedo a los arcabuces y a enfrentarse a los españoles, que sabía que tarde o temprano, habían de llegar. Cuando los españoles intentaron conquistar el Yucatán, Gonzalo Guerrero se enfrentó a ellos capitaneando a los mayas. A Guerrero le llegó la muerte en 1.536 debido a un arcabuzazo en el enfrentamiento con los españoles.

Aguilar, hizo el viaje hasta la costa, que tenía el nombre de Cozumel, acompañado de algunos indios, hasta que vieron a aquellas casas flotantes. Aguilar, estaba fuera de sí, no se podía creer lo que veía y se acercó a los españoles que se encontró y que estaban a las ordenes de Andrés Tapia. Y cuando Tapia y los suyos los vieron llegar, sintieron miedo e intentaron de nuevo embarcarse. Entonces Aguilar, les gritó en su lengua, el maya, que no tuvieran temor, que eran sus hermanos, pero los españoles no le entendieron y le tomaron por un indio más y sin dejarle acercarse intentaron embarcarse. Aguilar seguía gritándoles pero no lograba hacerse entender, pues el español, lo había olvidado en largo su cautiverio al no tener a nadie con quien poder practicarlo. Aguilar perdía su oportunidad, iba a quedar de nuevo en poder de los mayas, no podía entender tan cruel destino. Pero de pronto, sin saber cómo, desde el fondo de su alma le salió un grito de desesperación y de esperanza y exclamó a pleno pulmón: “Dios y Santa María y Sevilla”. No pudo ver el padre de Jerónimo el fruto de aquellas tres palabras en su hijo pero, de seguro, fueron de las más provechosas que le enseñó en su vida.

Mas, volvamos a nuestro relato. Cuando Andrés Tapia oyó aquellas tres palabras, quedó maravillado y lleno de júbilo y le preguntó a Aguilar si él era el español al que estaban buscando y Jerónimo asintió, pues empezaba a recordar su antigua lengua. Le llevaron ante Cortés y éste, cuando estuvieron en su presencia preguntó “¿qué es del español?”, pues no lo reconoció y Jerónimo, poniéndose en cuclillas, como hacían los mayas, dijo: “yo soy”. Alegrose Cortes de haberlo encontrado y le dieron de vestir, camisa, jubón, zaragüelles, camisa y alpargatas, que otra cosa no había. Y le preguntaron de su vida y de cómo había llegado a ese estado y muchas otras cosas.

De esta Manera Jerónimo, recobró la libertad y volvió a ser uno entre los suyos y participó en la conquista del imperio azteca de forma destacada ya que tenía la particularidad de que conocía el idioma de los mayas y empezó a recordar el español, así pues, servía de intérprete. A los intérpretes, en aquellos tiempos, se les llamaba “lenguas”, y de esta forma Jerónimo Aguilar pasó a ser conocido entre los españoles como “Aguilar, la lengua” y también “la lengua de Cortés”. Pero los españoles, tenían como objetivo el imperio azteca y al ir avanzando por los nuevos territorios, la lengua que se usaba dejó de ser la de los mayas para usarse la de los aztecas y un nuevo hecho providencial, vino en ayuda de los españoles, doña Marina, una azteca que pasó a ser esclava de los mayas y como tal esclava junto con otros presentes le fue regalada a Cortés. Doña Marina, tal y como la bautizaron los españoles, sabía hablar su idioma materno, el azteca y el idioma de sus antiguos amos, el maya, por lo que pasó a ser otra lengua de Hernán Cortés. Así que éste, para entenderse con Moctezuma, se valió de Aguilar para que tradujera del español al maya y doña Marina del maya al azteca. De esta manera fue como Cortés pasó a tener dos lenguas que tan útiles le fueron en su afamada conquista, en la que tantos y tan grandes hechos acaecieron y que merecen contarse en un libro aparte de muchos y variados capítulos.

 

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