11 de febrero de 2018 0

La vida es corta.

 

 

 

Decía Lope de Vega:

“Pero la vida es corta

viviendo todo falta

muriendo todo sobra”.

Y tenía toda la razón.

El problema es que si se entiende que la educación consiste en aprender a vivir exclusivamente, que es lo que se entiende hoy en día, lo que se enseña a los niños es aprender a conseguir todo lo que hace falta para esta vida, y por mucho que se consiga, siempre seguirán faltando cosas, porque “viviendo todo falta”. Y la consecuencia de esto es una cultura del consumismo, en la que siempre hay que cosas que conseguir, siempre hay algo que comprar, algo que consumir, y nunca se para porque en la vida siempre habrá cosas que falten. De esto ya se encargan las empresas, los comercios y los publicistas, de convencernos de que necesitamos, algo que no tenemos y si lo tenemos ya se encargan de sacar un nuevo producto, o el mismo con distintas variaciones y nos convencen de que tenemos que comprarlo. Es la sociedad de consumo.

Difícil es educar a los hijos convenientemente, si nosotros mismos con nuestro ejemplo, somos los primeros que estamos inmersos en esta sociedad de consumo. El ejemplo es muy poderoso. Y de esta manera, siempre habrá un nuevo modelo de móvil, una tablet, una marca de ropa o de zapatos que nos falte y que tenemos que tener.

En el fondo de todo esto, subyace un error en el concepto de educación, ya que no se trata sólo de aprender a vivir, sino también y más importante de aprender a morir. Cuando se enseña a un hijo a vivir, se le hace aprender una profesión o un oficio, necesarios para poder trabajar y de esta manera poder procurarse todas esas cosas que en la vida, se supone, que nos hacen falta para vivir bien. Y sin embargo, a pocos padres se les ocurre enseñar a sus hijos a morir, a morir bien. Para ello es necesario enseñarles que para la muerte, que es la hora de la verdad no nos hacen falta para nada todos esos bienes materiales que necesitamos para la vida, al contrario, todo eso les hace poner su corazón en las cosas materiales, y como uno tiene su corazón donde tiene su tesoro, tendrán sus corazones en las cosas materiales y perecederas del Mundo y nunca en el Cielo. Y ya decía San Bernardo: “¿Hacia donde caerá el árbol? Hacia donde está inclinado.” “Cuando la muerte corta el árbol, donde cae allí queda. Dios te juzgará donde te encuentre. Y allí quedará de manera invariable e irrevocable. En consecuencia, mire bien el árbol antes de caer hacia dónde se inclina, porque una vez caído no volverá a levantarse, ni siquiera a cambiar de postura. Y para saber hacia dónde caerá el árbol, fíjate en las ramas. No lo dudes; de la parte donde tenga más ramas sea más frondoso, de aquella caerá al cortarlo. Nuestras ramas son nuestros deseos, con los cuales nos abrimos al sur si son espirituales, o al norte si son carnales. El cuerpo, que está en el medio, nos indica cuáles son los más desarrollados: los que le inclinan hacia su lado”.

Para aprender a renunciar a cosas inútiles que nos parecen imprescindibles, la Iglesia ha instituido dos tiempos en el año en el que se nos invita precisamente a practicar esa austeridad, ese ascetismo que nos ayuden a prepararnos para la muerte, donde todo sobra. Estos tiempos son los de Adviento y principalmente el de Cuaresma. Pero los cristianos, en los tiempos modernos tienden a convertir esos días en los días en los que más se consume, más se compra, más se come y se bebe, en resumen, más se inclina el árbol hacia el norte. Y esto es lo que se les está enseñando a los niños cristianos hoy en día y los principales responsables de todo esto son los propios padres que no enseñan a bien morir, ni con la palabra ni por el ejemplo. Y ya lo decía Lope de Vega: “La vida es corta”.

 

 

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