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9 de octubre de 2022 0

La Santa Justa Causa

por Luís B. de PortoCavallo

 

La Santa Justa Causa es origen, principio y raíz; es antecedente y precedente.

También es doctrina y creencia; procedencia, fuente, fundamento y cimiento;
razón, motivo, título y juicio; motor, finalidad, objeto, empresa y bandera.
Cristaliza por la lucha en la defensa de la Bandera de la Santa Tradición, por ello es Santa y es Justa.
La lucha es contienda, combate, acto y acción por definición, ejercicio y resultado de las contingencias del «hacer» con efectos que se infunden sobre algo.
Es por lo que lucharon nuestros padres y lucharemos nosotros también; todos juntos; juntos en unión.
Esto conforma «Comunión»:

Participación en lo común; comunidad que profesa la misma fe, y comparte y goza, mutuamente entre sí, con trato familiar, los bienes espirituales; congregación como partes y miembros de un mismo cuerpo.
Todo ello y más, si se quiere, es La Santa Justa Causa.

Lo inverso y antagónico, lo contrapuesto a la «Comunión» es la singularidad de la individualidad, la desemejanza y disparidad de la particularidad, la separación y la distinción, la discrepancia y, muy especialmente, el desacuerdo y la desavenencia.

Los problemas radicados en desacuerdos y desavenencias, tienen un componente subjetivo que deviene de un conjunto de hechos o circunstancias que dificultan y traban la consecución de un fin.
A todo problema, por definición, por muy complejo que éste sea, se le encuentra una o varias soluciones posibles; si no, no es un problema, será otra cosa, pero no un problema.
En este sentido, la complejidad, aparta del propósito de alcanzar soluciones. Más toda cuestión compleja se compone de diversos elementos, en consecuencia, puede descomponerse en apartados más simples.

La simplicidad es, así, una propuesta y procedimiento de abstracción, que se centra en la búsqueda de elementos esenciales, fundamentos y primeros principios ―ya explícitos, ya subyacentes―, para poder llegar a conocer, adecuadamente, la esencia de la naturaleza del objeto:
“De cada cuestión pregúntese qué es en sí misma; cuál es su naturaleza; qué es lo esencial y segréguese lo circunstancial”.
En la medida en que se logre una simplificación del problema, mediante la discriminación de lo accesorio o contingente, la búsqueda de soluciones, acercándose a la certeza, son intrínsecamente más probables.

Por lo que respecta al componente subjetivo, se cuenta con una fuente de soluciones que comienza con algo que aprendimos desde niños:
el inestimable examen de conciencia diario;
repasando así, cada día ―a mayor gloria de su Divina Majestad―, la doctrina y nuestras muchas carencias:
las faltas de deberes para con Dios, para con el prójimo, contra los mandamientos, para con la Iglesia, para con la Patria y la familia, las faltas contra las virtudes teologales (de fe, esperanza o caridad), contra las cardinales (de justicia, prudencia, fortaleza o templanza), los pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira, pereza), y otros vicios, etc., etc.

De vez en cuando deberían recordarnos que:

― Somos «los desterrados hijos de Eva; […] suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas»;
y rogar y demandar ruegos para que lleguemos a ser «dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor JesuChristo».

― Que “Quién no está conmigo, está contra mí
y quién no recoge conmigo, desparrama”
Qui non est mecum, contra me est»
»et qui non congregat mecum, spargit»]
(S. Mat. 12, 30)

― Que “La vida del hombre sobre la tierra es Milicia”
Militia est vita hominis super terram»]
(Libro de Job, cap. VIIº., Versículo Iº.)

― Que todos los cristianos «ad dimicationem nati», han NACIDO PARA LA LUCHA, PARA EL COMBATE
(S.S. León XIII, Carta Encíclica SAPIENTIÆ CHRISTIANÆ)
―para el combate personal, contra las propias pasiones y contra todo aquello que aleje de una vida virtuosa; y
―para el combate comunitario, al servicio a los demás:
«y el que quiera entre vosotros ser el primero, sea siervo de todos»
«et qui voluerit inter vos primus esse erit vester servus»]
(S. Mat. 20, 27)

Asumiendo y abrazando todo lo anterior, como datos o factores a tomar en cuenta, de modo necesario, para examinar o juzgar una cuestión o situación, nos encontramos en un estado bastante crítico, quizá como no se había presentado nunca, ni en los peores momentos de la Historia, en la que estamos, desorganizados, abandonados por los pastores, somos pocos y mal avenidos por cuestiones circunstanciales y contingentes, en facciones contradictorias, en definitiva, mundanas ―en el peor sentido (como enemigo del alma)―.

Estamos, en este mundo en el que nos ha tocado vivir, tan acostumbrados a la “libre interpretación”, no ya de la Biblia ―como proponían los herejes―, sino absolutamente de todo; tan acostumbrados a despotricar de todo y de todos, que se ha perdido el Norte.
El único Norte es La Causa, objetivamente, sin dobleces subjetivas, ni peregrinas interpretaciones personalistas.
En ese sentido, todos somos necesarios y estamos llamados a La Causa. Pero hay que ser plenamente conscientes de que, asimismo, ninguno de nosotros es imprescindible, ninguno de nosotros somos importantes, porque lo único que realmente importa es La Causa.

Sin duda alguna estamos siendo puestos a prueba y es hora de comprobar de qué “pasta” estamos hechos, si vamos a saber dar el “do de pecho” apelando a todas las virtudes posibles: a la piedad, la misericordia, al espíritu de sacrificio, a la humildad, a la caridad, … Nadie que no seamos nosotros mismos, puede ayudarnos.

Nadie, salvo Nuestro Señor, conocedor de todos los recovecos de la condición y naturaleza humanas, que en su infinita sabiduría y misericordia quiera exhalar su gracia sobre los corazones de los hombres.

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