10 de junio de 2019 0 / /

La política en Latinoamerica y una aproximación a Cambiemos

El “socialismo del siglo XXI” o el “giro a la izquierda latinoamericano”, tal como se ha llamado -sobre todo por parte de liberales- a las ultimas expresiones de un nacionalismo latino que se ha mostrado fuertemente izquierdista, es una muestra más de lo impredecibles que pueden ser los memeplex. Cuando introduces un memeplex -para el caso práctico, entendámoslo como ideología-, es imposible saber qué forma tomara al difundirse, expandirse e ir tomando progresivamente los cerebros de las personas. Es imposible que no se deformen en este proceso. En este caso, “el socialismo latinoamericano” es lo que pasa cuando aplicas una ideología del primer mundo, el populismo nacionalista, al tercer mundo. Y es que hasta sus rasgos principales pueden verse afectados.

En el primer mundo -y me refiero estrictamente a Europa y América anglosajona- el nacionalismo es y ha sido una formulación Vaysia-Optimate. A la hora de adoptar una estrategia política populista, al menos tal como se ha conformado históricamente, el nacionalismo apela a una mayoría grupal concreta ubicada en el sector medio -los “campesinos con horcas” de Buchanan, los “redneck” de Trump, la “mayoría silenciosa”, etc.-. En Estados Unidos, estos sectores han sido los campesinos blancos del centro geográfico del país, que fueron desdeñados y abandonados en pro de las costas -y particularmente de dos Estados, Massachussets y California-; en Europa han sido nativos víctimas del multiculturalismo que ven los privilegios que reciben los recién llegados en detrimento suyo, y la lista sigue, etc, etc. El nacionalismo americano y europeo es y ha sido una genuina formulación política del “pueblo llano”.

No obstante, en el tercer mundo, donde la conformación socioeconómica de la población es muy distinta, esto cambia. El grupo mayoritario, en estos términos, se encuentra en la pobreza, seguido de una clase media, cada vez más reducida, y de una aún menor élite con mucho poder adquisitivo. El problema para el populismo nacionalista en el tercer mundo, entonces, es que esta mayoría Vaysia es inexistente. Lo que encontramos es una mayoría Dalit -los argentinos les hemos llamado “cabecitas negras”-. Como el populismo no tiene sentido si su construcción política no sirve a una mayoría social, en consecuencia, un nacionalismo que quiera ser exitoso utilizando una táctica populista debe apuntar a esa mayoría “de abajo”. Consecuentemente, el nacionalismo latinoamericano reciente se ha conformado como una alianza BDI (Brahmín-Dalit-Ilota).

Esta es una de las principales diferencias de las democracias tercermundistas latinas con las del primer mundo, al menos en cuanto a su contenido ideológico, que sus nacionalismos se han configurado como formulaciones de izquierda política (en Argentina, particularmente, esto se ha dado, al menos, desde 1983 hacia acá, cuando se dio el golpe interno por parte de la izquierda subversiva, montonera y “erpiana”, que avanzo hacia todas las posiciones de la estructura oficial de gobierno, suprimiendo a las anteriores, sus enemigos históricos -como las Fuerzas Armadas- y su iniciador fue Alfonsín).

Si en Europa y Estados Unidos los nacionalistas, liderados por decadentes Optimates, apelaban al electorado Vaysia nativo enardecido contra el progresismo, contra el desprecio que sufren por parte de la elite ilustrada y el resentimiento, exaltado por estos mismos, de los marginados sociales, Dalits e Ilotas; en Latinoamérica, el populismo ha construido un Volk compuesto por Dalits -y en menor medida Ilotas-, cuyos enemigos son, igual que para el progresismo, el medio Vaysia y la vieja aristocracia Optimate -la oligarquía, los terratenientes, los agroexportadores, etc. ¿Esto significa que en Latinoamérica no podemos siquiera hacer buenos nacionalismos? También. Pero somos tercermundistas ¿Qué podemos hacer?

En consecuencia, sucede que las expresiones fascista -el liderazgo personal altamente popular- y comunista -la maquinaria burocrática de poder impersonal- de la democracia, el populista y el tecnócrata, los dos tipos de liderazgos y “estilos de gobierno” que se “alternan” en este sistema, compiten por poner de su lado a los mismos sectores, a los mismos marginados sociales, y oponerlos a los mismos sectores restantes, al mismo medio y a la aristocracia. Solo que en la última casta, la de arriba, sus configuraciones se oponen, lógicamente, por inversión -quien tiene poder jamás puede mostrarse poderoso, debe ser el defensor de los débiles contra los poderosos, de lo contrario, pasaría a ser el poderoso, ósea, el corrupto y opresor-. Cristina es la élite política, pero ella no es poderosa, poderosos es la “oligarquía”, donde entra Macri. Igualmente, según Macri, poderosa es la “vieja política”, ósea, Cristina y los populistas en general, pero él no lo es, en absoluto. Él se ve y se muestra a si mismo -o lo muestran- como, digamos, “responsable” -porque, claro, el discurso de Macri, ósea el de Cambiemos, ni siquiera es suyo, es de la Catedral-.

Ya hemos explicado el lado populista de la cosa ¿Cómo es la otra cara de la democracia, su lado comunista, ósea, progresista? Bueno, Cambiemos es el paradigma de gobierno progresista en Argentina. Su gobierno consiste en que ellos simplemente no gobiernan. Sólo otorgan vía libre a la Catedral. Claro que recibirán todo el apoyo de la “comunidad internacional” -ósea, de Estados Unidos, ósea, de la Catedral.

El problema -para la Catedral- sobreviene cuando gobiernan los populistas, y en un sentido realmente distinto al que se les presenta cuando gobiernan nacionalistas en su mundo -si es que Trump o Reagan les han representado siquiera un problema-. Cuando esto pasa en USA, los nacionalistas populistas simplemente canalizan institucionalmente el descontento Vaisya. Le otorgan al sistema la “representatividad” que tanto progresismo le había costado, reforzando, así, la democracia. Pero aquí, en Latinoamérica, es distinto. Para ellos, los populistas sí que son un problema: Les disputan exactamente las mismas castas – o “sectores sociales”, si el lector prefiere- que ellos necesitan. Porque, aun cuando apliquen las mismas políticas progresistas que ellos quieren, los populistas intentan efectivamente gobernar, ellos naturalmente buscan “tomar el mando” y liderar, y por supuesto que esto enfurece al poder.

¿Nunca se preguntó, por ejemplo, porque a CNN no le gusta Venezuela? Es un paraíso socialista. Si. Pero uno que es populista, que no es progresista y, por tanto, uno que no les permite gobernar y les planta resistencia.

Es gracioso ver las múltiples interpretaciones a este fenómeno. La comunidad de Twitter aporta muchas diversiones cotidianas. Se ven cosas como “Cambiemos se está kirchnerizando”, para referirse a situaciones en las que el oficialismo se expresa altamente progresista, promoviendo el feminismo, la justicia de género, etc. Es exactamente al revés. Ese es el punto. Es el populismo el que se ha vuelto progresista en Latinoamérica -En Argentina, por ejemplo, el populismo hoy es de raigambre montonera, ósea, intelectual y universitaria-.

Así que el populismo multiplica pobres que exalta políticamente mediante la inserción de resentimiento hacia una clase media y alta, a los cuales identifica como un enemigo de clase y, a la vez, nacional, una oligarquía “agroexportadora” supeditada a intereses extranjeros, causante de sus malas condiciones de vida. Es interesante como conjuga un aspecto marxista con otro nacionalista ¿Montoneros? Del otro lado, el progresismo inculca en los mismos Dalits (los mismos marginados sociales a los que el populismo apunta) el resentimiento hacia los Vaysia (la clase media) y los Optimates (la “vieja política” y la antigua aristocracia desgastada) es decir, el odio que siente una clase más baja hacia otra relativamente superior.

No obstante, aún queda un sector de la política, uno menor, casi insignificante, pero no lo suficiente para dejar de mencionarlo. Este es un pequeño reducto Optimate, representantes políticos herederos de la vieja aristocracia, que ha logrado sobrevivir literalmente “a los arañazos”, prendiéndose de cualquier voto fugaz que haya pedido cazar y aprovechando toda oportunidad de participación burocrática a la que se les haya abierto las puertas. Ha aparecido pasajeramente en forma de pequeños partidos liberal-conservadores (UCD, Acción por la Republica, etc.), que han sido una vía de escape, casi un premio de consuelo, para una clase media sin opciones. Son las únicas formulaciones políticas genuinamente Vaysia -al menos en Argentina desde 1983 hasta acá, reitero, pero es igualmente aplicable a Latinoamérica en general por extensión, haciendo las salvedades especificas en cuanto a los momentos específicos en cada país- que han logrado sobrevivir.

Este esquema nos permite entender a Macri -y a Cambiemos-. Él es sin duda un Optimate, un fiel exponente de esa aristocracia en decadencia, convertido en Brahmín, en un líder progresista. Esta ha sido la clave de su gran engaño. Los Vaysia, hartos de su explotación a manos del populismo, vieron en Macri un potencial aliado Optimate en quien refugiarse. Pero el los traiciono. Con esto no estoy diciendo que en algún pasado remoto Macri haya sido una opción viable, seguramente fue siempre igual de inútil. Solo afirmo que esa clase media explotada por el populismo fue capaz de identificarlo como un aliado natural por su condición de aristócrata sistémicamente atacado por el populismo; una que vio la posibilidad de alianza ante un enemigo común -y la identificación de grupo, sobre todo en política, claro que es poderosa-, pero que no contaba con que esa vieja aristocracia se hallaba en proceso de conversión y adaptación ante la competencia con una nueva clase que vino a devorarla. Fue un “autoengaño” colectivo, si el lector prefiere, por parte de los Vaisya.

He visto muchas veces la típica expresión “Macri gobierna para aquellos que nunca lo van a votar”. Y si, Cambiemos es progresismo puro. Es el “gobierno” de la clase socioeconómicamente alta urbana en favor de los marginados sociales de los estratos más pobres, que típicamente votaron y seguirán votando por más populismo, en detrimento de la clase media, y en el más amplio sentido del término. Una clase media que solo lo ha votado porque se ha visto aún más engorrosamente explotada y humillada por la política populista, una que hacía gala de esa explotación. Pero Cambiemos, como buenos progresistas, han trascendido esa humillación. No conformes con el desprecio populista, ahora también el progresismo les aplica su justicia social de género, y los insta a arrepentirse de su condición de “machos opresores” y deconstruirse para “empoderar a la mujer y a las minorías” ¿Hay algo más odioso que eso?

Si para el populista la clase media es el enemigo porque, o se empobrece y se fusiona a las leales masas militantes, o se defiende y se aferra a su posición y se convierte en parte de la “oligarquía”; al progresista, el Vaysia le despierta desprecio, el odio que siente una clase más alta hacia otra relativamente más baja. Los Vaysia, quieren al gobierno lejos de sus vidas, son apolíticos por defecto, y no se sienten para nada identificados con las locuras del progresismo. De hecho, los ven como niños ricos acomplejados que, como no tienen otra cosa más interesante que hacer, gastan su tiempo inventando formas de molestar a la gente ocupada. Para un Brahmín, los Vaysia son, recordemos, “los brutos campesinos provida y católicos del interior”, y seguro que deben ser brutos si no se someten a los “dictámenes de la razón” que el progresista profesa. Pero este odio es, a la vez, hacia un pretendido enemigo político porque, en su paranoia de tirano, lo ve como una amenaza y cree realmente que, de organizarse correctamente, pueden desplazarlos.

Cambiemos, en su desesperación, ante su posible fracaso electoral, ha girado hacia una política tan contradictoria e incoherente consigo misma, combinando aspectos populistas y progresistas a la vez. En una suerte de “populismo para ricos”, que es realmente despreciable, insiste en el progresismo, sin obtener nada de fuerza política a cambio por parte de Vaisyas o Dalits, pero si obteniendo mucho apoyo internacional y todo el financiamiento que su proyecto ha requerido. Y está es la clave de Cambiemos, como buenos progresistas, son simples ciervos de la “gobernanza global”. A la vez, han desarrollado una serie de medidas propias del típico populismo para pobres. Todo para intentar rascar en el electorado y “robarle” algunos votos al populismo.

Nuevamente, la clase media se quedó sin nada. Claramente hay un sector significante que no votara ni populismo ni progresismo. Hubo un liberal, en tanto expresión pseudo-Optimate, que observó esto y se lanzó a la candidatura intentando capturarlo, el economista José Luis Espert. Pero, como buen liberal, este llamado al fracaso. Y, por supuesto, aunque fuese victorioso, lo cual es poco probable, su rol será el típico de los conservadores, purgar el sistema para que otro izquierdista más radical lo asuma triunfante y encienda nuevamente la maquinaria democrática redistributiva. Si Espert llegase a resultar significativo en términos de votos, verdaderamente estaría jugando un rol vergonzoso, el de legitimar el sistema de explotación y crimen sistémico que es la democracia. En fin, el rol clásico del conservador, el defensor de un sistema que lo condena eternamente a ser el bufón de la corte. Y lo mismo aplica para un héroe militar local, Juan José Gómez Centurión, combatiente de Malvinas, que ha surgido como expresión provida. Toda victoria conservadora en democracia es peor que pírrica.

El panorama es desolador. Solo hay algo que nos puede ser útil y es aprender de la experiencia y, al fin, comprender que la democracia no es opción de ningún modo. Así, quizá, se abriría una puerta hacia una real alternativa, pero esto no es, lamentablemente, lo que va a pasar, al menos a corto plazo.

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