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5 de julio de 2008 0

La legislatura de la laicidad, la eutanasia y el aborto

Con estas palabras resumía el entonces secretario de organización del PSOE, José Blanco, la acción de gobierno para los próximos cuatro años el 24 de junio pasado, en vísperas del congreso federal del PSOE. Los neocon liberales y los centrorreformistas que pueblan el PP no tienen más argumento en contra que decir que esos temas no preocupan a los españoles. Eso significa que se rinden a la política moral y social del gobierno, o lo que es lo mismo, que la aceptan, pero con la boca pequeña. Hace tiempo aceptaron el pacto fáustico de renunciar a sus principios a cambio de conseguir votos; por supuesto, se han quedado sin principios y sin votos. Así acaban siempre los partidos liberal conservadores, sobre todo los de presunta inspiración cristiana. No falla.20

El progresismo es la gran corriente (in)moral del sistema. Desde hace más 30 años, los poderes fácticos occidentales la han estado alimentando en nuestro país, y el señor Rodríguez y sus gobiernos no han hecho otra cosa que acelerar el proceso. Ya han advertido varios ministros que la sociedad “ya está madura” para nuevos “avances sociales”, que quiere decir que los medios de comunicación de masas que dominan, ya han logrado anestesiar lo suficiente a la mayoría de la población, logrando su indiferencia ante el siguiente paso de la destrucción de la moral pública.

Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de la propaganda para explicar el acelerado triunfo del progresismo moral. El superior dominio de las técnicas de persuasión, más que la anuencia del poder político o el económico, ha conferido al mundialismo la impunidad precisa para operar los cambios proyectados, presentándose incluso como poseedores únicos de la defensa de derechos y libertades, en una superioridad moral tan contundente como falsa. Múltiples son las degradaciones sociales de las que ya somos testigos y de las que están por venir, y en ellas la manipulación del lenguaje es esencial.

El ejemplo más clásico es el sustituir el clásico “aborto” por la célebre “interrupción voluntaria del embarazo”, que omite que esta interrupción se lleva a cabo matando al ser que se gesta en el vientre de su madre. Actualmente en España el aborto es libre de facto, gracias al fraude de ley constante con que se aplica una legislación ya inmoral por si misma. Más de 100.000 abortos al año y más un millón de niños asesinados desde que la ley se puso en marcha. El mayor genocidio de nuestra historia. Durante un cuarto de siglo el progresismo ha insistido machaconamente en relacionar aborto con “derecho de género”, y hasta con salud, sin oposición alguna intelectual salvo entre los cristianos, hasta conseguir que la mayoría de la sociedad acepte como admisible el impulso que mueve a nuestro actual gobierno para los próximos años: convertir lo que es un delito parcialmente despenalizado en un “derecho”. La ley de plazos transformará el aborto libre de facto, en un aborto libre de iure, ya fijado en el código como derecho (derecho de la madre a asesinar a su hijo). Los destructores de la sociedad ya no se conforman con hacer su labor, sino que además exigen poder ostentarlo con orgullo. Una ley injusta e inmoral que, como bien nos recuerdan los teólogos clásicos, no tiene fuerza de obligación para los católicos; más bien es obligación desobedecerla y combatirla. El paradigma de degeneración moral contemporánea: se comienza justificando lo inmoral en unos casos seleccionados y dramáticos, y a la vuelta de unos años el crimen es derecho y avance social.

La manipulación de embriones es un caso más agudo y evidente. En aras del falso avance de la ciencia y del lucro farmacéutico, era preciso destruir miles de embriones congelados buscando el remedio infalible para muchas enfermedades crónicas y degenerativas. La excusa para justificar esta matanza se halla despojando al embrión (el ser humano más débil y desamparado) el estatus de persona. Ya no es persona, y por tanto se le puede tratar como un objeto; exactamente la misma justificación empleada para la esclavitud. El argumentario para defender tal aberración ya es antiguo, y se desarrolló a partir de la introducción de la fecundación in vitro. Nuevamente vemos el mismo proceso: inicialmente se admitía como algo excepcional para matrimonios en los que la mujer sufriese una atresia o amputación de trompas de Falopio que le impidiese gestar. Naturalmente, a la vuelta de unos años tenemos fecundación a la carta. Ahora se está introduciendo la selección de embriones, con el falso nombre (nuevamente el dominio de la falsedad en el lenguaje) de “diagnóstico preimplantacional”, para lo que no es sino el descarte de los embriones con enfermedades o taras. Obviamente, quienes no los consideran personas, sólo pueden tomarlos como material defectuoso (tomen nota los entusiastas del progresismo moral, pues esa y no otra es la consideración que se hará de los seres humanos enfermos crónicos, estado al que todos estamos sujetos a llegar algún día), y encuentran justificado su homicidio. Las excusas para despojar a un embrión de su cualidad de persona son múltiples, extravagantes, a veces contradictorias, y nunca científicas u objetivas, estableciendo diversos “momentos mágicos” a partir de los cuales el embrión deja de ser no-persona y pasa a ser persona sin razón aparente, en un subjetivismo brutal que jalona con hitos de 9 o 14 días, o 12 o 24 semanas, lo que es un proceso continuo e ininterrumpido. Por supuesto, dentro de unos años, los padres no sólo podrán tener hijos perfectamente sanos (hasta donde pueda garantizar ello la medicina obstétrica) a base de eliminar a los que no lo sean, sino que también elegirán el sexo, el color de los ojos o el pelo, o diversas cualidades genéticas. Asimismo se clonarán embriones rutinariamente, para usos médicos o industriales. Una vez despersonalizados, no hay freno moral para usarlos a nuestra conveniencia. No cabe discusión al respecto con los escandalizables, que nos suelen acusar a los católicos coherentes de catastrofistas. Bastará con esperar, y el proceso se repetirá una vez más. Se ha comenzado la manipulación de embriones con grandes garantías e invocaciones a la deontología (ja, ja), y en unos años los medios de comunicación de masas nos habrán convencido de la bondad del genocidio embrionario, como nos han convencido del fetal.

Si este gobierno se ha destacado entre todos los movimientos progresistas del mundo por algo, ha sido por su abrupta devaluación del matrimonio. Ya el presidente, en su discurso de investidura de 2004, citó desde la tribuna de oradores el “derecho al divorcio”, curiosa elevación a rango admirable de lo que no es sino la reglamentación de un fracaso vital. Con el divorcio ha sucedido lo mismo que con lo demás. La ley que lo autorizaba a finales de los años 70, se vendió como remedio último para casos dramáticos de abandono del hogar o maltratos (curiosamente, en estos tiempos constatamos que para que una mujer o sus hijos sean maltratados no es preciso en absoluto que esté casada con su agresor). Se estableció la obligatoriedad de un mediador o un consejero matrimonial, un proceso judicial largo que seguía a una separación obligatoria de al menos dos años antes del divorcio, y con recomendaciones a los jueces de que buscaran la reconciliación entre los cónyuges. En fin, todas las garantías que una legislación positivista liberal puede interponer para evitar el abuso. Por supuesto, a la vuelta de 30 años, el número de divorcios casi iguala al de los matrimonios, y todos somos testigos que la mayoría se produce por pura inmadurez para el compromiso matrimonial de uno, o ambos cónyuges. Los nuevos reglamentos han ido eliminando progresivamente (y progresistamente) el consejero matrimonial, la separación, e incluso la razón aducida para solicitar la ruptura del contrato matrimonial. El señor Rodríguez ha llegado al colofón inaugurando el “derecho al divorcio”, y consecuentemente ha anulado el proceso judicial y el tiempo mínimo, pasando a ser el divorcio un trámite administrativo breve que uno de los cónyuges puede solicitar sin conocimiento o anuencia del otro y que se resuelve en pocas semanas. Un gran avance para agilizar la burocracia, sin duda. Para remate, el mal llamado “matrimonio homosexual” ha supuesto la modificación misma del espíritu del contrato civil matrimonial que se basaba tradicionalmente en la institución social del matrimonio, orientada a engendrar y criar a la nueva generación. Ahora el matrimonio civil tiene poco que ver con eso, y es un simple contrato de partición de patrimonio (ni tan siquiera de convivencia). Un contrato basura, que es el principal causante de los cientos de miles de familias rotas que existen en España, y los dramas que cada una de ellas arrastra. Pocas veces una ley inicua ha generado tal desastre social.

Con la eutanasia, que parece ser la estrella de esta legislatura, sucede y sucederá algo parecido. Quizá la nota anecdótica sea el homicida Montes convertido en una especie de adalid de la muerte que nos espera. Dice mucho de la situación social y judicial de nuestra España constatar como un criminal que (apoyando la eutanasia públicamente) confiesa palmariamente que es autor de los delitos que se le imputaron en el juicio del que salió libre por influencias políticas, puede no sólo seguir libre sino incluso erigirse en una suerte de caudillo mediático, reconocido y jaleado por los progresistas. Supongo que le consideran un adelantado a su tiempo, sentado en el banquillo por leyes anticuadas y retrógradas. Los familiares de los ancianos (y no tan ancianos), que han perdido antes de tiempo a sus seres queridos, quedan ocultos, con su drama personal, en el gran cuarto oscuro de los marginados por el progresismo. Nuevamente, la manipulación del lenguaje juega un papel fundamental. Para empezar, asociar eutanasia a “muerte digna”, como si la muerte natural no lo pudiera ser, o como si matar al moribundo o al enfermo crónico sí lo fuese. Insistimos en que ganar la batalla del falseamiento de los conceptos (y es muy fácil cuando se cuenta con la mayoría de medios de comunicación, y con el miedo y la tibieza de los que se oponen a tus designios) es fundamental para lograr el cambio social. No cabe duda de que los progresistas están convencidos de su superioridad moral en este campo, como en todos (la autocrítica nunca ha sido su fuerte), hasta el punto de exhibir su ignorancia con total desfachatez. Como el ínclito señor Blanco, que afirma sin rubor que van a potenciar las unidades de cuidados paliativos para implantar la eutanasia. Por supuesto, ignora que los cuidados paliativos (inventados por los cristianos, y establecidos en su vertiente moderna por la beata madre Teresa de Calcuta) buscan aliviar sintomática y emocionalmente a las personas en el último proceso de su enfermedad terminal, y son diametralmente opuestos a la eutanasia, que lo que hace es cortar ese proceso abruptamente matando al enfermo terminal. Tan opuestos son, que clásicamente las unidades de cuidados paliativos han sido puestas en marcha en Occidente por médicos e instituciones cristianos. Supongo que nuevamente en la ley se invocarán excepcionalidades, garantías, documentos firmados, varios informes médicos, testigos y toda la parafernalia antes de matar a un ser humano, pero lo cierto es que a no mucho tardar, como ya piden los progresistas, se matarán sin su consentimiento, o con el consentimiento viciado, a enfermos terminales, comatosos, enfermos crónicos, ancianos impedidos y finalmente, a cualquier miembro improductivo e indefenso de la sociedad. De momento, como pone de manifiesto el caso Montes, la eutanasia activa ya está despenalizada, nuevamente, de facto. Ya saben cual es el siguiente paso. Al tiempo.

Estos son sólo los más gruesos asuntos de la degeneración moral, social y familiar contemporánea, aunque se podría profundizar más en muchos otros. Para conseguir que la sociedad acepte esta cultura de la muerte y la desestructuración social, es preciso, además del ya comentado dominio de los medios de comunicación de masas (fuente ponzoñosa en la que bebe la mayoría de la población para conformar su criterio), la alienación de la sociedad, impulsando actividades y ocio bien alejados de la reflexión, el estudio o el debate crítico. La dictadura amable, se podría llamar. El mundo feliz, le llamaría Aldous Huxley.

La división entre derechas e izquierdas queda tan sólo para los necios (que en España son sorprendente legión) que se dejan engañar por la pantomima de la clase política, actores que representan las diversas caras del mismo sistema. La asociación al mismo proyecto legislativo de la cultura de la muerte del laicismo, ya expresa a las claras cómo para los progresistas el único dique que se opone a sus planes es la Iglesia católica. De momento, se trata de erradicar los símbolos religiosos de la vida pública: crucifijos, misas de estado, procesiones con autoridades públicas, capillas en instituciones… en realidad, aspectos bastante más estéticos y superficiales que los que hemos comentado antes o la propia eliminación de la asignatura de religión optativa y su sustitución por el adoctrinamiento estatal obligatorio. Con todo, ya sabemos cual es el proceso, y tras convencer a la masa de la conveniencia y progresismo de acallar la voz pública de la Iglesia, con el tiempo nos perseguirán también privadamente, más fácil cuanto que la sociedad ya se habrá olvidado de nuestra existencia. El proyecto se veía venir hace ya muchos años, ningún mérito hay en haberlo pronosticado. El respeto a la “democracia” o la “libertad de cultos” se enarbolará como estandarte mientras sea útil, y cuando no sea necesario, se desechará en aras de un “bien común superior”. Buenos herederos del PSOE histórico, ya Largo Caballero expresaba sin rubor que los socialistas respetarían la II República liberal progresista y burguesa como medio para alcanzar la Revolución, pero en ningún caso como fin en si misma. Los métodos son los mismos con respecto a la democracia liberal parlamentaria en la que vivimos, únicamente ha cambiado el objetivo, que ya no es la instauración de la dictadura del proletariado, sino el totalitarismo del “Gran Hermano” progresista.

El marxismo murió, el liberalismo agoniza, y su única función ya, cual crisálida maligna, es servir de protección y plataforma al mundialismo y la Nueva Era que viene (el famoso tertuliano Jiménez Losantos está empezando a enterarse ahora). Hace ya mucho que el auténtico debate intelectual y moral de nuestro tiempo se ha planteado entre el progresismo, corriente de pensamiento materialista, relativista, nihilista, hedonista, profundamente egoísta, soberbia y sobre todo enemiga de Dios, y los principios y valores morales del cristianismo. Conviene no dejarse enredar y despistar más por los debates secundarios sobre vacuidades con que constantemente nos obsequia el sistema para que malgastemos nuestras fuerzas, y centrarse en esa verdadera batalla de nuestro tiempo: la lucha contra el progresismo moral, el enemigo del verdadero progreso de las naciones, que jamás llega sin un sólido armazón moral. De momento, parece que el espíritu decae y el mundo triunfa en nuestra sociedad, pero no debemos desalentarnos, pues ya tenemos dicho de antemano cuál será el resultado final de ese combate cósmico. A rezar y a trabajar.

Artículo publicado originalmente en el Portal Avant! de los carlistas valencianos

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