28 de agosto de 2013 0

La institución familiar, atacada

Probablemente, el mas trascendente e ignorado combate filosófico que se libra actualmente en Occidente entre quienes propugnan la autonomía del individuo y los que defienden la autonomía familiar. Por un lado, el individualismo que concibe a la sociedad como un cuerpo único compuesto de individuos, enfrentados al estado de uno en uno, todos iguales en su condición de súbditos. Esta filosofía es la base del pensamiento político liberal que nos domina. El modelo individualista considera únicamente las aportaciones de cada persona aislada, como si sus talentos hubiesen surgido en un caldo de cultivo amorfo, ayuno de influencias. Bajo la premisa del igualitarismo procura destruir cualquier afecto que pueda ligar al ser humano con más fuerza que a su comunidad política (y al estado que la encarna, y a la ideología que lo domina).

Por otro, la tradición cristiana (anclada en la ley natural que nuestros más remotos antepasados ya seguían) considera a la familia como la célula básica de la sociedad, sobre la cual se articulan el resto de organismos. La comunidad política es reflejo a gran escala de la comunidad familiar, con sus mismos principios de fraternidad, solidaridad, comunión de ideas, cooperación, respeto a la autoridad y protección a todos sus miembros, en una suerte de fractal sociológico. Todo organismo superior a la familia (municipio, asociación profesional, escuela, representación asamblearia o administración pública) es subsidiario y no puede quebrar esa primera célula, sino respetarla e imitarla. Cada familia es un “pequeño estado”, al que el “gran estado” no debe violentar.

Se me dirá que probablemente nos hallamos en un modelo intermedio, que las cosas no son tan radicales. Estoy convencido que el pensamiento dominante quiere llevarnos al polo individualista a toda costa. Mucho más manejables son las personas cuando están solas que cuando se unen por lazos de afinidad, y los más fuertes son los de sangre. El totalitarismo odia cualquier cuerpo social orgánico, y el que más odia es la familia. Todo la cultura actual (columnistas, literatos, cineastas, músicos, pensadores de toda laya) nos lleva en ese sentido, y cada vez más crecientemente, desde hace mucho. El absolutismo- primero racionalista y monárquico, luego asambleario y librepensador, socialista y de partido único al fin- siempre ha ido en esa dirección.

Ley del divorcio, del aborto, del repudio, del matrimonio isosexual, de la legalización de la pornografía, de la emancipación precoz, de la eutanasia avoluntaria, de reproducción asistida artificial… todas ellas destruyen la cohesión y solidaridad de la familia. Si no somos conscientes de esa realidad última, si no protegemos a nuestros hijos de semejantes ideas, la familia terminará siendo reducida a granja de reproducción y, cuando esta se pueda lograr sin concurso de matriz, ni eso. Alcanzaremos el “Mundo Feliz” de Huxley, donde no habrá amor, libertad, ni Dios. Sólo materialismo y una droga pública para consumir felicidad sintética.

La enseñanza de la Iglesia, que los carlistas hemos de seguir con adhesión razonable y cordial, explica claramente en el Catecismo (2201-2233) los principios de la familia cristiana. Esa es la primera Tradición; la primera trinchera de la guerra multisecular de los católicos hispanos contra las ideologías de satanás. No la descuidemos, porque nos jugamos en ello lo más importante que hay después de la salvación del alma, la primera patria: nuestra familia.

Artículo publicado originalmente en el Portal Avant! de los carlistas valencianos

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