8 de agosto de 2013 0

La educación empieza en casa

Hace unas semanas, una amiga, profesora de educación secundaria en un instituto público, compartió conmigo una campaña impulsada por un colectivo de docentes. El lema es sumamente significativo: “Este colegio inculca conocimientos, los niños han de venir educados de casa”. Me parece un síntoma de algo que los maestros han sido los primeros en detectar: la educación social comienza en el hogar, y el resto de instituciones docentes no son sino refuerzos, que jamás pueden sustituir el papel fundamental de aquel.

En la familia se ha de aprender el respeto a unas normas comunes para todos sus miembros, la obediencia a la autoridad (distinta al poder), el aprendizaje de que la libertad se adquiere asumiendo mayor responsabilidad, que cada derecho conlleva una obligación. Los mayores transmiten a los más jóvenes su experiencia, su inclusión dentro de un mundo complejo que va más allá de sus necesidades y apetencias. Es el principal ensayo para que la persona se enfrente al mundo y aprenda a compartir, aportar, exigir y exigirse.

En el hogar se aprendían los fundamentos de la vida del hombre: la fe en Dios y la pertenencia a una comunidad que trascendía este mundo, para esforzarse en la salvación eterna. El amor a una tierra, a unas costumbres, a una lengua. Todos esos valores eran comunes a los miembros de la sociedad. La escuela reforzaba lo mejor de esos valores, y aportaba un caudal de conocimientos.

Ese entramado de educación familiar se ha desmoronado. Fundamentalmente por dos razones. La primera, la incorporación masiva de la mujer al trabajo, sobre todo porque no renuncian a sus puestos laborales para criar a sus hijos pequeños. Por lo general el padre no ha suplido ese tiempo de ausencia de la madre. La economía actual exige que ambos cónyuges trabajen para mantener el mismo nivel de vida que antaño se podía conseguir con un sólo sueldo. La simple ausencia de una figura parental en casa durante la mayor parte del día laborable (suplida insuficientemente con abuelos o cuidadores) ya hiere de forma letal la transmisión de valores que constituye la educación. En segundo lugar, ha triunfado una pedagogía postmoderna que sustituye la educación amorosa y firme por una sobreprotección material y afectiva unida a una ausencia de creencias o valores firmes. El resultado de esta combinación es una generación alentada al egoísmo y la reclamación irresponsable, indefensas a los mensajes que le transmitan los medios de comunicación de masas, orientados a convertirles en productores-consumidores sin alma ni criterio.

La escuela católica es sin duda el mejor refuerzo para la familia católica. Pero la transmisión de valores comienza indefectiblemente (y a menudo termina) en casa. Si esa educación falla, el desarrollo de la persona ya comenzará torcido.

Artículo publicado originalmente en el Portal Avant! de los carlistas valencianos

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