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27 de septiembre de 2022 0

La comunidad política primitiva (II): Linaje y pueblo

LINAJE Y PUEBLO

La familia extendida. La kome o aldea

Avancemos en el tiempo. Nuestra primera pareja arquetípica tiene hijos que, bien por endogamia, o por la llegada de cónyuges de otro lugar (mujeres en el caso de las sociedades patrilineales, o varones en el mas infrecuente caso de las matrilineales), crean a su vez sus propias familias, y construyen nuevas oikos con todo el entramado anejo de casas, campos y tumbas. Así sucesivamente, y al cabo de varias generaciones, aparece lo que los griegos llamaban la kome, la aldea (entre los pastores nómadas, el campamento). Es decir, la agrupación de oikos, bien dispersas cada una con sus terrenos de soporte económico y sepulturas anexas, bien concentradas en un núcleo de viviendas (asty) en torno a una fuente de agua o un terreno elevado, con pastos, cultivos y necrópolis separados de la misma en lugares específicos (chora). Una aldea no es más que un agregado de oikos, cuyos miembros están emparentados entre sí, formando una familia extendida, o linaje. Todos ellos se dedican, por mor de la riqueza natural que posea el territorio, aproximadamente a las mismas tareas. Se rigen por las mismas costumbres heredadas de sus antepasados (comunes a todos ellos) y en cuanto al gobierno de la aldea para aquellas cuestiones que a todos afecten (asuntos que traspasen la puerta de la oikos), por la reunión en asamblea de los cabezas de cada una de las familias del linaje. La ley de la sangre sigue siendo la ley suprema.

¿Cómo se desarrollaba la propiedad de los bienes en la kome? Ya hemos apuntado que la oikos era una comunidad de bienes. Al proliferar los descendientes, ¿se dividían tierras y ganados, árboles y áreas de caza y pesca? ¿o se seguían poseyendo en común, atribuyéndose privativamente cada familia únicamente aquello que “cabía dentro” de la oikos? El tema ha sido motivo de debate entre historiadores, sin llegar a conclusiones claras. Probablemente porque no hubo un sólo modelo. Por ejemplo, es probable que las tierras de pasto fuesen comunales (como siguió siéndolo en tiempos más modernos), por ser la forma más rentable de explotarlos, mientras que las cabezas de ganado serían privativos en algunos casos (probablemente cuando eran más abundantes), y comunales en otros. Lo mismo cabría decir de la tierra, que sería privativa en unos lugares y tipos de cultivos, mientras sería común en otros. En estos, se han hallado ejemplos de explotación de todo tipo: tierra comunal pero con cosechas privadas de la familia que la ha trabajado; parcelas sorteadas, o rotadas anualmente, o incluso repartida por los patriarcas entre las familias según sus necesidades, hasta comunidad total en propiedad de tierra y cosecha, repartiéndose esta entre las oikos. Está fuera de toda duda que las fuentes de agua y madera eran comunales, y que los miembros de la kome se unían solidariamente para realizar ciertas tareas estacionales (mucho trabajo en poco tiempo), como la cosecha o el esquileo. Es obvio que primaba la eficiencia en el rendimiento, y que existía un evidente sentido de cooperación entre los miembros del mismo linaje en la aldea, más allá de la existencia más o menos extendida o estricta de la propiedad privada.

El comercio. Aparición del mercado en el pueblo o fundus

Continuemos en la línea temporal. Los recursos de la tierra llegan a un límite, y algunos miembros de las siguientes generaciones deben partir a otras tierras adyacentes a fundar sus propias kome. A la vuelta de varias generaciones, encontramos una comarca natural grande con varios asentamientos tipo kome, cada uno de ellos procurando explotar los diferentes recursos de cada lugar. Al variar estos de un lugar a otro, aparece un fenómeno importantísimo para comprender el alumbramiento de la civilización: el intercambio de bienes que sobran (excedentarios) por otros de los que se carece (deficitarios). Nace el comercio.

En efecto, en una comarca simplificada a efectos didácticos, una aldea estaría situada en el llano, tierra fértil que produce excedentes de grano y legumbres, base de la alimentación; otra, en las colinas, tendría buenos pastos para el ganado, así como acceso a recursos de madera, pieles o piedra; una tercera, a orillas del mar, produciría pesca y sal (fundamental para conservar carne y pescado y mantener así una fuente de proteína animal todo el año); otra, en fin, estaría situada junto a una mina de cobre. La interacción de todas ellas llevaría a una segunda especialización: la de producir, de forma intencionada, excedentes que intercambiar con productos de otras kome de las que se carece. Este sistema permitirá que todas las familias puedan alcanzar muchos más productos de consumo que si vivieran aisladas, mejorando su calidad de vida. El comercio, pues, incrementa de forma directa la cantidad y variedad en bienes de las familias en todas las sociedades que lo practican. Cuanto más voluminoso y a más distancia es el comercio, mayor es la variedad de bienes y la prosperidad de las comunidades humanas que participan en él.

Para llevar a cabo ese intercambio, la forma más eficiente es establecer un mercado, es decir, un punto de encuentro al que todos acuden con sus excedentes para realizar los intercambios. Este se suele situar, normalmente, en la aldea más céntrica o mejor comunicada. El espacio de intercambio está al aire libre, normalmente en el centro de la kome elegida para albergarlo. El mercado produce como consecuencia que esa aldea escale un grado para convertirse en un pueblo (el fundus latino), es decir, la cabeza de una comarca con varias kome, formadas por familias del mismo linaje (es decir, que reconocían unos antepasados comunes, los patriarcas/matriarcas, lo que los romanos llamaban gens y los gaélicos clann), y relacionados por intercambios comerciales mutuos y enlaces familiares. Las familias tienden a acordar los matrimonios dentro del propio linaje, reforzando los lazos.

La arqueología ha desvelado también que la aparición del comercio, los mercados y los pueblos, se asocia con la creación de edificios y obras comunes. Así, por ejemplo, espacios edilicios grandes que no pertenecen a una oikos, sino a toda la comunidad (almacenes o salas de reunión, según diversas hipótesis), presas y canales de riego, cisternas de almacenamiento de agua, desagües, terraplenes y taludes para sostén de las casas, etcétera. Es la prueba de la existencia de propiedades comunales, más allá de la posible de tierras, pastos o ganados, que no se puede demostrar en la era preescritura.

La protorreligiosidad organizada

A finales del neolítico (tal vez incluso antes, teniendo en cuenta los hallazgos en Göbekli Tepe) es cuando podríamos datar una evolución significativa de la religiosidad, relacionada principalmente con la aparición del fenómeno del megalitismo en buena parte del mundo. El culto a los antepasados se mantiene, principalmente con la construcción de sepulcros cada vez más grandes y elaborados (tholoi y criptas comunales para varias generaciones), y rituales de enterramiento cada vez más sofisticados (a fin de cuentas, las pirámides egipcias no son sino enterramientos megalíticos masivos). El culto a los antepasados recientes se practica en la intimidad de cada oikos (por ejemplo los lares y los lemures romanos), pero los más remotos, que legitiman el vínculo social del pueblo y sus aldeas, tienen una importancia social y política fundamental, ejerciendo de argamasa de solidaridad obligada entre los descendientes de los patriarcas/matriarcas. Su culto comunitario sería motivo para una celebración conjunta de toda la gens. Los antepasados son considerados una autoridad aún presente y, como si fuesen miembros aún vivos de la familia, se espera su protección sobrenatural sobre sus descendientes en virtud de la ley de la sangre. Asimismo, ellos conducirán a los descendientes al otro mundo llegado el momento. Son los espíritus que ponen en contacto el mundo físico con el de ultratumba.

En cambio, la reverencia por los fenómenos naturales es diferente: pertenecen al mundo de los vivos y sus preocupaciones, son ajenos al concepto familiar, comunes a todos los hombres, incomprensibles e imprevisibles. Es decir, en cierto modo, mistéricos. Su culto adquiere un significado mucho más complejo, y para hacerse más comprensibles, progresivamente van personalizándose, naciendo así los ídolos o deidades primigenias. Mientras los antepasados forman parte de la religiosidad familiar e íntima, estos ídolos representan fuerzas cuya intervención en la vida (particularmente económica) de la comarca, exigen un culto público: que las cosechas maduren en su momento, que no haya inundaciones o sequías, que los ganados no sufran enfermedades y paran crías sanas, que las mujeres sean fértiles… todo eso tiene un valor social muy importante, pues la supervivencia de la comunidad política depende de ellos. Así, comienzan a desarrollarse cultos organizados periódciamente cuyo objeto es obtener la benevolencia de la deidad correspondiente a cada actividad: el sol, el cielo, la lluvia, los ríos y lagos, los vientos, los mares, los bosques, la tierra, los machos fecundadores, etcétera. Dado que estamos en una etapa comercial, dicha adoración se manifiesta en forma de intercambio: se entrega algo al ídolo representativo del fenómeno natural a cambio de un favor. En otras palabras, se practican ofrendas o sacrificios rituales, se construyen monumentos megalíticos específicos (muy particularmente evidentes en el caso de los orientados astronómicamente) para dichos rituales, y con toda probabilidad se consagran personas específicas para dirigir ese culto y ejercer de intermediarias entre la comunidad y el ídolo (por ejemplo las que posiblemente eran sacerdotisas del sol halladas en el tholos de Montelirio en Sevilla).

En cada pueblo, y hasta en cada aldea, habrá mayor culto al ídolo o ídolos relacionados con sus propias actividades económicas y preocupaciones.

El surgimiento de la nobleza y su impacto social

Es en el neolítico tardío, y la transición al calcolítico, cuando los especialistas sitúan la aparición de las diferencias sociales. Hay numerosas teorías al respecto, aunque los historiadores materialistas suelen olvidar que las diferencias no aparecen entre personas, sino entre familias (pues dentro de cada familia hay comunidad de bienes y todos se benefician de ellos); hay oikos más opulentas que otras, y familias más prestigiosas que el resto. La aparición de las desigualdades entre familias y, consiguientemente la posterior aparición de las clases sociales, parece confirmar en esta etapa la existencia ya definitiva de la propiedad privada, no sólo de bienes muebles de la oikos, sino también de los medios de producción de la riqueza: la tierra y los ganados. Pero debemos recordar que en esta fase la solidaridad de clan sigue existiendo, y las familias más favorecidas tienen una obligación de protección hacia las menos en virtud de la ley de sangre que sigue vigente.

A todas las hipótesis que circulan sobre la aparición de las clases sociales (o mejor dicho, de la desigualdad de bienes entre familias), yo aportaría una relacionada con la división sexual de las tareas: aquellas familias con muchas hijas mujeres fortalecerían el trabajo en el hogar, pero serían las familias con muchos hijos varones las que podrían producir más excedentes por medio de la labor fuera del hogar. Las familias con muchos hijos varones podrían así hacer mayor acopio de bienes de intercambio, aumentando su riqueza. Quizá sea ese uno de los motivos de que, llevados por la codicia, los padres procuraran casar a sus hijas muy jóvenes para que abandonaran el hogar conyugal (caso de la patrilinealidad), o trajeran varones a la familia (matrilinealidad), mientras que por el mismo motivo retrasaran más el matrimonio de los hijos varones, para que siguieran aportando producción excedentaria. Ello explicaría que, aunque la maduración sexual se produzca aproximadamente a la misma edad en mujeres y varones, los matrimonios tradicionalmente solían llevarse a cabo con más frecuencia entre varones más mayores que sus mujeres que a la inversa.

Otra influencia de las reglas familiares en la aparición de las clases sociales está sin duda en la herencia. Una vez tierras extensivas y ganados pasan a ser propiedad de la oikos, el modo en que los heredan los hijos influye tanto en la aparición de desigualdades entre familias como en el papel sexual de varones y mujeres. Las costumbres de herencia varían mucho según distintas tradiciones: pueden repartirse igualitariamente entre todos los hijos a la muerte de los padres, o bien pueden repartirse únicamente entre los varones (los que van a llevar a cabo labores excedentarias agrícolas y ganaderas), mientras las mujeres son compensadas con bienes muebles (telares, molinos de mano, tornos, vestidos) que van a emplear en sus tareas domésticas (la conocida como dote). Asimismo, puede haber una asimetría en la herencia entre hermanos: normalmente el primogénito (más raramente otro escogido por sus padres) puede heredar una parte mayor, o incluso la totalidad de los bienes productivos (para mantener su unidad), siendo el resto de hermanos compensados de otro modo. Por otra parte, es posible que la oikos paterna, segregada de los bienes productivos, al tratarse del “dominio de la mujer” sea heredada, no por el primogénito, sino por la primogénita. Las posibilidades son muchas, y cada una de ellas va a dar lugar a una tradición particular en cada gens, con hondas repercusiones sociales (pensemos en el mayorazgo practicado en muchas regiones europeas, como Cataluña, que prácticamente condenaba a los hijos no primogénitos a abandonar la comunidad política donde nacieron para buscarse su sustento, si no había suficientes bienes muebles para compensarles). El “problema” de los secundogénitos de familias con menos bienes estará en el origen de algunas de las características de las civilizaciones antiguas que luego veremos.

Un fenómeno que la antropología ha estudiado bien en sociedades primitivas descubiertas en época moderna, es el del banquete comunal de prestigio (llamado por los eruditos anglosajones potlatch, de la palabra empleada por los nativos de la costa norte del Pacífico americano para estas ceremonias), en el cual las familias con más bienes acumulados organizan un banquete ritual al que convidan al resto de familias de la gens. La razón formal es una celebración de tipo religioso, documentada desde antes de la Edad del Bronce, bien para homenajear a un antepasado fallecido recientemente (quizá también aniversarios de los más remotos y señalados), bien para honrar a una deidad/fenómeno natural importante para la actividad económica del pueblo (solsticios, siembra, comienzo de la primavera, época de lluvias, cosecha, nacimiento de crías, etcétera). En este tipo de festividades, las familia anfitriona no sólo hace ostentación de su mayor cantidad de bienes, sino que los comparte con los invitados, regalando tanto la comida y bebida rituales que se consumen, como directamente bienes que se entregan a las familias que asisten. A cambio, reciben reconocimiento y prestigio de la comunidad. Es un modo de invertir los bienes poseídos, no sólo en la mera comodidad y seguridad de la oikos, sino en ganar ascendiente y por su medio influencia sobre el resto de familias de la comarca.

También se ha comprobado en sociedades ancestrales como el banquete prestigioso era una forma compleja de solidaridad entre distintos linajes del mismo clan: si una aldea tenía una caída de producción imprescindible (mala cosecha o enfermedad del ganado), las familias pudientes de otra aldea de la comarca organizaban un banquete de prestigio para auxiliar a los que habían tenido un mal año. Si en otro momento la situación era inversa, eran los segundos los que realizaban el banquete ritual para socorrer a los primeros. Un mecanismo, como vemos, para redistribuir la riqueza según necesidades dentro de la solidaridad de la ley de sangre, pero realizando una transacción compensatoria, la del prestigio social de los oferentes. Manteniendo la estructura comunitaria, comienzan a aparecer las primeras desigualdades entre familias del clann.

Este prestigio social es importante para explicar el nacimiento tanto del concepto de nobleza (familias “mejores” que las demás) como el íntimamente relacionado de aristocracia (gobierno de los mejores, es decir, de las familias nobles). Cuando la dirección del regalo de bienes es mayoritariamente en una sola dirección, los receptores desarrollan un reconocimiento social y deuda de gratitud estables hacia las familias más prestigiosas. El éxito de dichas familias “nobles” tiende a establecer un principio general por el cual se hacen acreedoras a los puestos de dirección de la comunidad política. Este principio llega a intelectualizarse con un respaldo sobrenatural (los antepasados o los ídolos favorecen a los mejores, por ello tienen más éxito y prestigio). En contrapartida, se esperaba de las familias nobles que velaran por el bienestar y la posesión de los bienes imprescindibles para el resto de familias del clann.

En esta transición entre neolítico final y calcolítico vamos a ver aparecer, en lugares y momentos distintos, toda una serie de características que ya preludian una civilización compleja tal y como la conoceremos posteriormente. Para empezar, las familias “nobles” (y las demás que puedan permitírselo, por imitación), comienzan a demandar una serie de artículos especiales, realizados con mayor calidad de la que se pueda conseguir con la producción doméstica: herramientas de trabajo, vestidos, alfarería, adornos personales… productos que en su mayoría eran producidos por las mujeres en el hogar. Ahora serán artesanos especializados (segunda especialización) los que lo harán y, muy significativamente, estos serán varones, que establecerán talleres específicos en los que desarrollarán esa actividad especializada. Recordemos que las actividades productivas excedentarias están a cargo de los varones, que pueden alejarse del oikos el tiempo necesario, y que no están sujetos a la “servidumbre” de embarazos, partos y lactancia. Aparecerán herreros, alfareros, tejedores, cesteros, orfebres, etcétera, que no sustituirán la actividad doméstica similar que realizan las mujeres, sino que ofrecerán productos complementarios a los hogares, productos de prestigio. La “moda” de la cerámica del vaso campaniforme (que no representa, como se creía antes, a una cultura específica, sino a un modo de trabajar la arcilla) es un buen ejemplo: se halla en tumbas y restos de banquetes rituales como vajilla de lujo, pero junto a cerámica más grosera y doméstica, que sin duda se empleaba para el día a día.

En aras a la eficiencia de la que hacen gala las sociedades más primitivas, los artesanos se instalan en el pueblo, junto al mercado donde es más sencillo vender sus productos. Así, el mercado no sólo intercambia los bienes primarios excedentarios de una kome a otra, sino que sirve también para la circulación de los productos artesanales. En los fundus se puede levantar una empalizada de madera quizá con terraplenes para protección, pero en condiciones normales no es rentable invertir más esfuerzos en obras defensivas.

 

Guerra y esclavitud

Otro fenómeno que aparece en esta transición neolítica final es el de la guerra. Los conflictos entre humanos son antiguos como el mundo, pero dentro de una gens o clann, la asamblea de patriarcas/matriarcas (según sea el sexo de los litigantes) decide dar razones, imponer castigos o rectificar actos según la costumbre de los mayores, dando sentencias por todos respetadas (so pena de expulsión de la comunidad). Sin embargo, el aumento de la población debido a la capacidad de acopio de alimentos, va a producir conflictos y roces con otros clanes de otros fundus, bien demasiado lejanos en los antepasados comunes (y por tanto con su propia asamblea patriarcal), bien directamente extraños o ajenos al linaje.

Los estudiosos creen hoy en día que las primeras guerras se produjeron por motivos económicos. Si una época de sequía o escasez afectaba a todas las aldeas y todos los miembros de una gens, el mecanismo de compensación de bienes por prestigio ya no se podía producir. En esas circunstancias, la asamblea de patriarcas podía obligar a los secundogénitos más jóvenes a emigrar a nuevas regiones para aliviar la carga de bocas que alimentar. De hecho, es muy probable que ese fuese el medio por el que las familias de la sociedad primitiva fueron extendiéndose por la tierra fundando nuevas komes y clannes. Pero ¿qué hacer cuando todas las comarcas conocidas estaban ya ocupadas? Los secundogénitos migrantes podían pedir permiso a los clanes adyacentes para atravesar sus tierras en busca de nuevos territorios vacíos. O si llegaban a la comarca de un clann relacionado particularmente opulento, o cuyo territorio estuviese escasamente poblado, instalarse allí como colonos. También esta solución se implementaría en algunos casos, pero probablemente habría otros en los que los clanes adyacentes no otorgarían el permiso de paso, o no auxiliarían a los migrantes (por no estar emparentados, o aún estándolo, incumpliendo la ley de sangre por temor a su propia pobreza si compartían sus bienes con los recién llegados). En ese caso, los secundogénitos se verían empujados a saquear a la gens en conflicto para poder sobrevivir y continuar su viaje. Al defenderse estos, se producirían las primeras guerras organizadas.

La resolución de conflictos por medio de la violencia va a corresponder en exclusiva a los varones. Nuevamente las causas son biológicas. No sólo tienen mayor desarrollo muscular, lo cual les da ventaja en el combate cuerpo a cuerpo, sino que la testosterona, la hormona que domina su comportamiento, les hace más propensos a la impulsividad y la agresión. Una combinación ideal para el combate. En las especies de mamíferos superiores este comportamiento también se produce en los machos, y no en las hembras, que son más sociables y apacibles. Por otra parte, las guerras producen mutilación y muerte, y las mujeres cumplen una función primordial en la comunidad, al engendrar a la siguiente generación. La sociedad se puede permitir perder un porcentaje de sus varones en una guerra para obtener o proteger recursos, pero no puede permitirse perder al mismo número de mujeres sin sufrir una merma básica en sus expectativas de futuro. Por cierto que las proliferación de guerras explicaría asimismo la permisividad de la poligamia en las sociedades primitivas: la escasez de varones jóvenes por las pérdidas en combate llevaría a un número de mujeres jóvenes al riesgo de no poder formar familia. Una solución práctica sería entonces que los varones de las familias más pudientes tomaran una o varias esposas “menores” tras el primer matrimonio (que sería el realmente principal a ojos de la comunidad), de modo que pudieran proporcionarles hijos y una oikos propia con la seguridad formal requerida. De ese modo, las familias más pudientes ejercerían una suerte de patronazgo hacia esas mujeres por medio de la poligamia.

Naturalmente, esta forma básica de guerra por saqueo de bienes, evolucionó en etapas posteriores de un modo más complejo: el saqueo como aumento de la riqueza propia ya no sólo se efectúa por necesidad, sino por codicia. Del mismo modo, los migrantes podían no limitarse al saqueo, sino expulsar (y convertir en migrantes), o incluso exterminar, a los anteriores moradores de una comarca si ganaban la guerra. Esto lleva a incorporar la práctica marcial dentro de cada clann como un medio para resolver problemas de escasez y los conflictos sociales derivados de la misma. O para defender sus bienes de atacantes organizados.

La arqueología proporciona evidencias de que los combates primitivos empleaban herramientas de uso diario como armas: arcos y flechas (las más frecuentemente halladas en arqueología forense) y lanzas de la caza, hachas de talar árboles, hondas y piedras de pastoreo. Sin embargo, durante el calcolítico aparecen las primeras armas específicas, es decir, las primeras herramientas que no tienen otra utilidad salvo la de herir a otras personas. Parece que el “honor” de ser el arma pionera corresponde a la alabarda prehistórica, pero en cuanto el cobre, y sobre todo el bronce, se generalicen, será pronto desplazada por la espada, el verdadero símbolo del guerrero durante milenios.

Porque la capacidad de encargar y acopiar herramientas que no tienen más uso que la guerra (es decir, que salen del proceso económico primario), no deja de ser un lujo que sólo se pueden procurar las familias con mayor acopio de bienes. Así, conforme la sociedad se hace más compleja, la guerra se va convirtiendo en una especialidad de los varones de las familias nobles. Poseer armas supone un grado de prestigio similar a poseer vajilla ceremonial, vestiduras elaboradas u ornamentos de metales preciosos. Y quien posee el arma es el único que puede entrenarse para su uso. Poco a poco, las familias pudientes, los nobles, van a convertirse en monopolizadores de los varones formados en el arte de la guerra.

Una institución que aparece derivada de la guerra es la esclavitud. En el combate personal a muerte, la muerte es el destino del derrotado. Si el vencedor decide perdonarle la vida, debe ser compensado con bienes (un rescate) que serán tanto mayores cuanto mayor sea la nobleza o prestigio del vencido, práctica que quedó regulada por la Costumbre. Pero ¿qué ocurre si el vencido y su familia no poseen bienes para rescatarlo? Debe ganarse esos bienes sirviendo con su trabajo al vencedor, que se convierte en su dueño hasta que “compra” su libertad tras un periodo de tiempo variable de servidumbre. Esta práctica se extendió al grupo derrotado en las guerras entre clanes: aquel bando que perdía la batalla ritual pagaba un rescate a cambio de evitar la destrucción de sus medios de producción. Pero si los derrotados no poseían bienes suficientes para ser rescatados (pensemos en esas bandas de secundogénitos que precisamente migraban por falta de bienes para sostenerse) eran todos esclavizados.

 

Relación social suprafamiliar. El juramento

Dentro de un clann las relaciones interfamiliares son más extensas y lejanas. A la hora de establecer lazos, fuesen conyugales o económicos, las fuentes escritas describen el juramento como un acto jurídico de gran antigüedad e importancia. El juramento era el compromiso de la palabra dada; es decir, la voluntad firme de llevar a cabo una acción futura en ciertos términos acordados. Una suerte de contrato verbal. Cumplir el juramento procuraba previsibilidad a los intercambios comerciales y los matrimonios, aspecto fundamental para la estabilidad y el orden social.

Uno de los aspectos interesantes del juramento es que aquel que lo tomaba (normalmente los cabezas de familia) alcanzaba con él, o debía poseerlo, rango de miembro de pleno derecho de la sociedad. Otro, que todo congénere libre de una comunidad política estaba facultado a tomarlo para hacer público un contrato interpersonal, sancionándolo de ese modo. Además, su valor y fuerza, al menos en teoría, no tenía relación con el acúmulo de bienes del que lo prestaba: cualquier cabeza de familia de la comunidad adquiría prestigio por mantener sus juramentos en el futuro. El juramento era el principal sustento del concepto social del honor. El principal (a veces único) patrimonio de las familias menos favorecidas era ver su prestigio aumentado por el cumplimiento de sus juramentos. Es decir, de su honor.

En edades posteriores, serian respaldados por (se tomarían como testigos) a los antepasados o las deidades (los elementos espirituales/no materiales más importantes de la civilización primitiva), como modo de asegurar una mayor obligación y aumentar la confianza entre los juramentados. Asimismo, como veremos, tendrían también una implicación política muy relevante cuando el juramento alcanzaba cotas públicas de mayor amplitud. Hubo juramentos rituales entre particulares o comunidades y deidades o antepasados. De igual modo ocurrió con el juramento entre familias nobles y sus familias clientes/dependientes, o entre la comunidad y sus magistrados. Los códigos de leyes escritas primitivos recogerían posteriormente esta institución.

 

Implicaciones políticas de la gens. Los primeros magistrados

La autoridad en el pueblo/gens sigue recayendo en la asamblea de cabezas de familia, encargados de interpretar las leyes del mos maiorum para su aplicación en cada situación concreta y en cada litigio entre miembros del clann. Pero en esta fase aparecen diferencias: la opinión de los cabeza de familia más nobles tiene mayor peso; aparte de su mayor prestigio en toda la comunidad, es probable que otros cabezas de familia tuviesen deudas de favor con ellos.

En esta fase pueden haber aparecido los primeros magistrados civiles de la historia, personas específicas designadas por la asamblea para ocupar en nombre de la comunidad puestos que necesitaban cierta especialización en los momentos en que sean necesarios. Podemos señalar un encargado de regular los intercambios en el mercado, supervisando su equidad; también encargados de realizar el culto a los ídolos en nombre de la comunidad (normalmente los cultos relacionados con la feminidad, como la fecundidad de mujeres, tierra y animales, eran dirigidos por sacerdotisas, y el resto por sacerdotes); asimismo, jefes militares para dirigir a los varones cuando una guerra les llamase al combate; por último, es probable que algunos de los miembros de la asamblea de patriarcas fuesen comisionados para juzgar los pleitos de la gens. Este podría ser así el origen de magistraturas civiles como almotacenes, sacerdotes, capitanes o jueces, inicialmente meros delegados temporales de la asamblea.

No es difícil entender que las primeras magistraturas serían delegadas en personas de prestigio, es decir, en miembros de familias nobles. La ocupación de esos cargos socialmente relevantes a su vez aumentarían el prestigio de sus familias.

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