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15 de marzo de 2017 0

Iberia, bay; Hispania, non (4)

Y llegamos a “Iberia, bay; Hispania, non” (“Iberia, sí; Hispania, no“). En su momento -cuando empezábamos esta serie de aproches al concepto superestructural de España- explicábamos que el título que habíamos escogido era un verso del poeta Gabriel Celaya. El libro de poemas al que pertenece este verso es “Iberia sumergida” que se publicó en 1978, aunque su autor escribió los poemas que incluyó en dicho poemario en los años que van de 1975 a 1977. El libro está dividido en dos partes: “Iberia virgen” e “Iberia burlada“. Y considero que éste poemario constituye la concreción poetizada de esta noción “paradigmática” que aquí estamos tratando. Los Héroes del Silencio harían más tarde una canción con dicho título: “Iberia sumergida“.

Cuando a Gabriel Celaya le preguntó el diario EL PAÍS por esta obra, contestó el poeta de Hernani que “Iberia sumergida“… “era un libro de poesía histórica en torno al sometimiento, por parte del Estado español, de las primitivas tribus iberas, que eran autónomas. Iberia y el Estado español estaban en contradicción; Iberia era lo más auténtico y el Estado español una construcción con la que se trataba de desmontar las comunidades tribales. En lugar de reorganizarlas lo que hizo fue negarlas” (“El País”, 29/Abril/1978)

Resuena en estas declaraciones la teoría expuesta por Bosch Gimpera: España (Hispania) ha sido una construcción que, desde que los romanos se asentaron, ha burlado al sustrato autóctono y plural de sus pueblos. Y la historia ha ido reproduciéndose a lo largo de miles de años. En el poema “La cazuela de Madrid“, la villa y corte, capital de España desde Felipe II, se convierte en el pararrayos de la tormenta que Celaya conjura con su espíritu amargo y burlón: Madrid es la urbe emblemática del poder central. Contra ella, nueva Babilonia, el poeta reclama su pureza eusko-ibera frente a la impostura que ha supuesto toda la historia desde el asentamiento de las civilizaciones extrañas a esa metafísica esencia primordial: romanos, visigodos, pasando por los árabes y hasta llegar a los tiempos actuales:

“Yo no germanizado, yo nunca arabizado,
yo eusko-ibero te escupo, anti-ibera ciudad,
en nombre de la vida libre, abierta y activa,
la vida del ibero, la vida de los vascos, la vida de verdad”

La historia es contemplada por Celaya como una serie de invasiones extranjeras que han falsificado lo “eusko-ibero” que es el sustrato ancestral, superponiéndole postizos ridículos. Lo “eusko-ibero” se convierte así en el hilo conductor de todo el poemario. Y esto se hace sobre la base de la hipótesis lingüística vascoibérica que, aunque ha tenido muchos detractores, cuenta en su dilatada tradición con ilustres antecedentes en el siglo XVI. Esteban Garibay, según Caro Baroja, fue uno de los pioneros en apuntar que la lengua vasca sería algo así como la reliquia que quedaba de las lenguas ibéricas. En la centuria del XVIII vendría Manuel Larramendi a fortalecer esta idea y en el XIX tendríamos a Pedro Pablo de Astarloa, a Juan Bautista Erro y Azpiroz y a Joaquín de Yrizar Moya, sin faltar egregios polígrafos extranjeros como Wilhelm von Humboldt o Hugo Schuchardt.

Pero si la base de este pensamiento mitológico, tan querido por Celaya, está en la creencia de que la lengua vasca es lo más auténtico que nos queda de aquella Iberia primigenia, sometida y “burlada” por las superestructuras extranjeras, la conclusión política que se deriva de asumir esta premisa es que hay que “revasquizar” la España actual, para recuperar la Iberia “sumergida” (primero virginal y luego burlada) que hemos perdido. Dice Celaya:

“Una mentira invasora va recubriendo así España.
España, como se dice. ¡Nuestra Iberia traicionada!”.

La idea de “revasquizar” España no era propia de Celaya; por mucho que el poeta vascongado perorara en alguna ocasión contra los hombres de la Generación del 98, la idea de la “revasquización” de España la tomó de Miguel de Unamuno que en carta a su corresponsal Amadeo Vives (en el año 1905) le confiesa: “Mi deber es vasconizar España“. Celaya hostiga la España convencional, consagrada por el franquismo en su relato histórico de España que encontraba el momento álgido de nuestra historia en el Imperio español, según verso de Celaya: “el Gran Imperio Español, y el joder de su poder.”

Hay, para el poeta hernaniarra, dos Españas: la auténtica Iberia anterior a la Historia que hunde sus raíces en los orígenes y la España “oficial”, la España superestructural que detesta: estatalista, histórica y católica. Por supuesto que, en la auténtica Iberia militarían todos los defensores de la II República Española y las filas de la España odiosa la engrosarían los vencedores del conflicto de 1936-1939. El paganismo que late en Celaya no puede ser tampoco soslayado; según mis investigaciones, el denso ensayo “La Diosa Blanca” de Robert Graves se convertiría en uno de los libros de cabecera de Celaya que, en su senectud, llegaría casi a adjurar de su marxismo de madurez, cuando llega a reconocer que: “Cuanto más va uno envejeciendo, más advierte que en lugar de caminar por el ingenuo camino del progresismo racionalista, más se va sumergiendo en el tiempo sin tiempo de los orígenes y de los mitos…“. Es por ello que la “Bicha de Bazalote” se convierte en “Iberia sumergida” en un símbolo de la Iberia que hay que redimir:

“Todo está por ver, Bicha de Bazalote,
aunque tú ya pareces saber lo que es Iberia
con tu cuerpo de bestia que se hunde en el origen
y tu cabeza alzada que nos mira sin vernos.”

También el Toro Ibero se torna en imagen totémica de la Iberia que ha sido y es sacrificada por el hemiciclo parlamentario y constitucionalista de los “Padres de la Patria” (y se refiere a los de 1978 tanto como a los de 1812); “Iberia sumergida” es, sin ninguna duda, el monumento poético a esta concepción superestructuralista de España que venimos glosando para nuestros lectores. Pero, ¿fue el broche final de este concepto? Como tendremos ocasión, si Dios quiere muy pronto, en modo alguno.

La negación de España como una falsificación impuesta por poderes ajenos es compartida por buena parte de nuestras izquierdas actuales (no jacobinas -cada día hay menos izquierda jacobina en España; puesto que tácticamente se nota que han atenuado su jacobinismo en aras de entenderse mejor con los nacionalistas separatistas), también en no pocos separatistas actuales aflora el concepto que sigue vigente. Por eso, en una conversación privada que mantuve hace años con un miembro del mundo abertzale, viendo que nuestro problema parecía ser el nombre “España” ante el que mi interlocutor no podía evitar hacer mohínes de repulsión, le dije: “¿Te parece que le llamemos Iberia?“. Y asintió y me dijo: “Sí, por la federación libre de los pueblos de Iberia, yo lo daría todo“.

Imagínenme la cara que se me quedó ante aquella respuesta. Algo parecido me pasó con un nacionalista gallego del BNG. Aquello me hizo pensar… La concepción superestructuralista de España ha calado hasta los tuétanos de las gentes de esta península vitriólica y esperpéntica, aunque no sepan su génesis. Y goza de muy buena “salud”.

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