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14 de julio de 2022 6

Hemeroteca: Una Comunión disciplinada

(Por Carlos Ibáñez Quintana) –

Artículo publicado previamente, como carta, en la 4ª hoja del Boletín Fal Conde de enero de 1988. El título es de la redacción.

Del tronco del Carlismo se desgajaron en diversas épocas los de la Unión Católica, los integristas, los del programa minino y los mellistas. Todos ellos se separaron con la intención de defender de un modo más puro, en unos casos, o más eficaz, en otras, los principios de la Tradición Española.

De ellos, los que no volvieron a la familia carlista, terminaron en grupos contrarios a lo que decían defender. La democracia «cristiana», el separatismo, el socialismo y la Falange saben de miembros de familias que un día fueron carlistas y que llegaron a donde están por evolución natural iniciada con la adscripción de un antepasado a una de las escisiones mencionadas.

Decididamente: de nada sirve el separarse y dividirse. Mejor dicho, sirve de mucho, pero al enemigo. Tenemos que aprender a soportar nuestras mutuas discrepancias en lo accidental, evitar el irnos, porque no aguantamos, o el echar a otros por desviados.

Nuestros principios son perfectos y coherentes. Pero han de ser aplicados en una sociedad determinada y concreta. Y es seguro que de esa sociedad no saldrá la España que deseamos porque las posibilidades de la actual sociedad española son limitadas.

Es arquitecto quien construye (mejores o peores) edificios, aplicando los principios aprendidos en la escuela correspondiente al terreno, materiales y recursos económicos de que dispone y que limitan sus posibilidades. Quien conoce maravillosamente la ciencia y el arte de la arquitectura, pero no construye, no deja de ser un alumno brillantísimo. Pero no es arquitecto.

Un arquitecto construirá dejando de aplicar determinados principios si las circunstancias se lo exigen. Incluso prescindirá de los cánones de la estética. Pero nunca conculcará los principios físicos que garantizan la estabilidad de la obra.

Somos, o intentamos ser, políticos carlistas. Y seremos tanto mejores, cuanto mejor llevemos a la práctica la mayor cantidad de nuestros principios. Hay que estrujarse el magín. Hay que buscar nuevas salidas al Carlismo. Hay que arbitrar nuevas soluciones a nuevos problemas. Hay que aventurarse y correr el riesgo de equivocarse. Porque el que anda tropieza y solamente está seguro de no desafinar el que no canta.

Los que limpian se ensucian. Pero no se convierten en suciedad.

Afortunadamente han pasado los tiempos en que para preservar su identidad carlista, muchos grupos hubieron de encerrarse en sí mismos. En que cada uno se aferraba a lo que le habían enseñado que era el Carlismo auténtico y polemizaba, con su vecino disciplinado, pero desviado. Tenemos ya una organización: la Comunión Tradicionalista Carlista. Con un Consejo que entiende las cuestiones doctrinales. Con una Junta de Gobierno que marca las pautas de acción. Que periódicamente celebra sus congresos.

Es decir: que se dispone de órganos para encauzar las nuevas ideas y para poner de acuerdo a los discrepantes.

Discurramos, busquemos soluciones, abramos nuevos caminos, discutamos, rectifiquemos…, pero en el seno de la Comunión y a través de los organismos correspondientes.

Los boletines están para difundir el programa que el Consejo ha aprobado, para dar a conocer las normas de actuación que ordene la Junta de Gobierno y demás juntas. Pero no para que cualquiera lance desde ellos unas ideas, que pueden ser geniales, pero que deben exponerse al Consejo.

Somos políticos. Y no es de políticos dar vueltas a lo que particularmente opinamos que convendría hacer, cuando ya sabemos lo que hay que hacer y no lo hacemos.

 

(Nota de redacción: el autor se refiere en varias ocasiones al «Consejo» de la Comunión Tradicionalista, órgano que, en los primeros años tras el Congreso de la Unidad de 1986, asumía las cuestiones de tipo doctrinal. Desde hace años este órgano fue sustituido en sus funciones por la Diputación General de la Comunión que es el órgano que integra a los consejeros de la Comunión). 

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6 comentarios en “Hemeroteca: Una Comunión disciplinada

  1. Cristero

    ¿Lo «accidental» es el Rey? Pregunto.

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    1. identicon

      Luís B. de PortoCavallo

      ¿Es una pregunta trampa?
      Lo accidental es todo aquello que es contingente, esto es, que puede, o no suceder

      Responder
      1. Cristero

        EL artículo dice: «Tenemos que aprender a soportar nuestras mutuas discrepancias en lo accidental». Lo accidental en este contexto, significa lo que es secundario, y no esencial o sustancial. No se refiere a lo contingente.

        Y no, no es una pregunta trampa. Es sincera, y honesta. Pregunto si se considera que el Rey es algo «accidental» en el Carlismo. Creo que es una pregunta clara y directa.

        Responder
        1. identicon

          Luís B. de PortoCavallo

          Que de todo el artículo se centre esa esa cuestión concreta, ya que no es citada expresamente (la cuarta del cuatrilema), denota una intención, de ahí la pregunta.
          Si su duda es si el Rey como expresión de la monarquía tradicional, como sistema de gobierno -monarquia, aristrocacia y res publica o gobierno civil (aunque S.Tomás recomiende un sistema mixto entre las tres)-, es esencial, cumpliendo los requisitos de legitimidad de origen y ejercicio, si.
          Ahora bien, que el rey sea tal o cual figura personal y su adscripción, sí es contingente, como la Historia, en general, demuestra.

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  2. José Fermín Garralda

    Efectivamente, más que «Consejo» (un cuerpo organizado con su presidente, secretario, consejeros y tesorería) hay «consejeros», a los que la Junta de Gobierno puede recurrir directamente en grupo o a cada uno en particular. Aquí hubo un cambio de organización ante un problema ocurrido.

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  3. En el artículo simplemente viene a llamar la atención sobre un principio elemental en cualquier organización: la disciplina. Y la disciplina determina que todos los carlistas puedan participar en un Congreso, que es quien elige a la Junta de Gobierno (que es la que marca las pautas de la acción política) con la garantía de la existencia de un Consejo (hoy Diputación) que es quien garantiza que no haya desvíos doctrinales.
    Lógicamente, si la Junta de Gobierno (órgano colegiado) acuerda algo, se deberá cumplir. Otra cosa es que, en efecto, nunca en ninguna organización humana va a existir concordancia plena en todo, ni unanimidad en todo, y por ello en el artículo se llama la atención sobre «soportar las mutuas discrepancias en lo accidental», que no quiere decir otra cosa que evitar hacer dogmático lo que es opinable, o desobedecer un acuerdo sobre algo que no afecta a los principios solo porque el desobediente discrepe.
    Evidentemente, la parte dogmática del carlismo se debe cumplir a pies juntillas, pues si no, no se es carlista. Y la parte dogmática se comprende en nuestro lema: Dios, Patria, Fueros, Rey. Es decir: una monarquía católica sometida al principio de subsidiariedad, diferenciadora de la soberanía política y la soberanía social, y organizada con un sistema mixto, siendo parte fundamental la libertad municipal, y la representación política en Cortés Orgánicas regidas por el principio de la mayoría, con un poder real templado y limitado.

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