18 de octubre de 2020 0

Great Barrington Declaration

Por Miguel Ángel Pavón Biedma

La pandemia prosigue a nivel mundial. Miles de personas fallecen. Otros quedan con graves secuelas. La economía de los países se resiente y este hecho es una amenaza que puede suponer una gravedad todavía mayor. La llamada “Great Barrington Declaration” (https://gbdeclaration.org/) ha sido firmada, hasta ahora, por miles de personas. Entre ellos están destacados científicos y unos 35000 médicos. La tesis de este grupo consiste en que la enfermedad es leve, salvo sorpresas como cualquier enfermedad, para la mayoría de los colectivos. En cambio es letal para comunidades muy concretas: hipertensos crónicos y personas de edad avanzada. Afirman que cualquier medida de confinamiento será inútil en esta enfermedad. Que puede ser útil en otras pero que en este caso  el virus se disemina más rápido, que no queda otra alternativa que apelar a la llamada “inmunidad de rebaño”. Se refieren a que los propios anticuerpos sean capaces de afrontar esta agresión infecciosa. Puede tratarse de una inmunidad natural o “ayudada” por las vacunas que tengan probada eficacia.  El confinamiento, por añadidura, produciría un gran daño psicológico además de desatender otras patologías.

¿Y qué hacemos hasta que se alcance esa inmunidad de rebaño? Afirman rotundamente que debe hacerse un gran esfuerzo para proteger a los colectivos de riesgo: ellos sí tendrán que estar protegidos, confinados, si es posible en sus domicilios, con visitas frecuentes de personal médico y social que tengan inmunidad garantizada y no sean portadores del virus. Será necesario hacer pruebas rutinarias y repetidas en estos colectivos. Adelantarnos a los efectos nocivos de la enfermedad tantas veces letales con una hospitalización temprana y eficaz apenas comiencen los primeros síntomas que precisen de ella.

Un estudio reciente publicado en la revista Science (Airbone transmissión of SARS Cov 2) afirma que la transmisión va mucho más allá de los 1,5 metros de la distancia social. Que el virus, o una parte del mismo, se disemina en forma de aerosoles y puede permanecer en la atmósfera cercana durante horas. Sería necesario, para evitarlo, revisar los sistemas de ventilación de todos los edificios públicos,  además de fomentar las actividades al aire libre. Por supuesto es una labor titánica e imposible a corto y medio plazo.

Otros estudios correlacionan la difusión y mortalidad de la viriasis con la contaminación ambiental. Tardaremos años en tener resultados claros y el debate prosigue (https://theconversation.com/lo-que-sabemos-y-lo-que-no-sobre-la-relacion-entre-la-calidad-del-aire-y-el-coronavirus-138629).

Diversas publicaciones dudan de la utilidad del rastreo masivo. Puede ser útil en otras enfermedades como la tuberculosis o el ébola pero en este caso el virus viaja más rápido que cualquier tipo de rastreo.

Nuestra experiencia en Centroáfrica es que la pandemia llegó y, por supuesto,  se hizo lo todo lo posible por detenerla. El número de afectados nunca fue tan elevado como en Europa y América. El seguimiento de las medidas habituales fue escaso en la población a pesar de la insistencia de las autoridades locales y regionales. Desde hace unos tres meses el número de afectados descendió drásticamente. En la actualidad el número de contagiados es pequeño y la mortalidad casi igual a cero. Desconocemos qué ocurrirá en el futuro. Una población joven y factores climáticos desconocidos podrían ser determinantes.

En resumen, esta declaración supone una auténtica visión alternativa. Una economía fructífera es fundamental para el mantenimiento de la salud y el estancamiento, o anulación, de determinadas enfermedades. El debate sobre las residencias de mayores en España sigue sin ser abordado a pesar de que casi la mitad de los afectados provienen de ese colectivo que es, desde luego, el más vulnerable.

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