7 de mayo de 2018 0

El verano en que ETA se cruzó con mi familia

Yo por aquel entonces contaba con 12 años, pero aún me acuerdo a la perfección, porque las cosas de niño se graban a fuego en nuestras mentes, era un verano especial el de aquel año, mis padres se marchaban de vacaciones con parte de la familia, una de las pocas veces que esto ocurría, la familia grande, con un sueldo en casa, el de mi padre que era militar y no daba para muchas vacaciones, mi padre había conseguido una casita en el norte y se llevaba a mi madre y a mis cuatro hermanos mayores con ellos, los cuatro pequeños íbamos también por primera vez, por lo menos en mi caso, a un campamento militar, las dos niñas a Santoña y los dos niños en Huelva, creo recordar.

Ya el primer día,  hacíamos el viaje mi hermana pequeña y yo a Madrid,  donde juntarían al resto de niñas para trasladarnos a Santoña, hicimos esa parada en Madrid y mientras haciamos tiempo, fuimos con algún militar a ver la ciudad y hacer los últimos preparativos, me llamaron la atención enseguida unas pintadas en negro en alguna de las paredes: “Juan Vigón Sánchez”, yo enseguida para que me oyese el militar que nos acompañaba y las niñas que venían con nosotros me puse a decir toda orgullosa, “ese es mi tío, ese es mi tío”, orgullosa de tener a un tío famoso  que hasta en las paredes de las calles madrileñas estaba su nombre. (¿Qué iba a saber yo?).

Mi tío Juan (General de División) y mi tía Conchita, su mujer, eran muy queridos para mí, pues de chica, entre muchos sobrinos y seguramente para quitarle algo de trabajo a mi madre, tenían la costumbre de llevarme de vacaciones  con ellos.

Llegamos a Santoña y los días transcurrían entre deportes, playas, visitas culturales y formación, cuando una mañana, como por casualidad, me levanto pronto y cruzo el patio del cuartel, una llamada telefónica, la primera o la única que yo recuerde, a lo largo del campamento, salgo corriendo a buscar a mi hermana y me pongo yo al aparato, pues soy la mayor. Es mi madre, hermana de mi tía Conchita, apenas recuerdo lo que me contó, en ese momento no creo que me llegase a contar lo sucedido, me dijo que rezara por mi tía y por mis primas Genara  y Rosarito, (sobrinas de mis tíos) que habían ido invitadas a una entrega de despachos de mi primo Juan Ramón Vigón en la Academia General Militar de Zaragoza.

Mi madre no pudo despedirse de su hermana, estaba inconsciente y a la que tuvo que identificar, ni que decir tiene que mi tia Conchita y mi prima Genara,  murieron en el estremecedor incendio del Corona De Aragón, mi prima Rosario consiguió salvar la vida y mi tío Juan también. Muchos años tuvieron que pasar para que el Gobierno reconociese aquello como atentado, porque no les pareció el momento oportuno para hacerlo y fue la acción privada e insistente de los familiares más allegados los que consiguieron este reconocimiento de un atentado que costo la vida a más de 79 personas y 133 heridos.

Han pasado unos 40 años desde que la banda terrorista ETA se cruzara de una manera tan criminal en mi vida y en la vida de mi familia, mientras que en mi familia no he encontrado ningún comentario de odio o venganza, aún ahora que la banda una vez conseguido el poder en los cargos públicos dice abandonar la lucha armada,  lo hace con la misma indignidad que le caracteriza, esto es lo que dice ETA: “Sabemos que, obligados por las necesidades de todo tipo de la lucha armada, nuestra actuación ha perjudicado a ciudadanos y ciudadanas sin responsabilidad alguna”. ¿Qué necesidades tenían para ejecutar, asesinar, lisiar, extorsionar…?. Sí, ETA se cruzó un verano con mi familia y los gobiernos posteriores premiaron esta actuación legalizando partidos donde conocidos etarras integran las listas de dichos partidos y ciudadanos muy demócratas votan  y pagan a los asesinos.

 

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