19 de noviembre de 2020 0

EL necesario uso de las mascarillas y su gratuidad

(Por Miguel Ángel Pavón Biedma) –

Que las mascarillas son útiles, para evitar el contagio del coronavirus, es evidente. Un hecho fuera de discusión pero es interesante matizar algunos detalles. Nos dijeron que es un virus muy pesado, que en un metro y medio desde nuestras vías respiratorias “cae al suelo por gravedad”. Hoy sabemos que esto no es cierto. El virus, o una parte de él, se transmite por aerosoles (https://www.urgenciasyemergen.com/aerosoles-y-covid-19-la-transmision-aerea-del-sars-cov-2/). Cuando, por ejemplo, usamos un ambientador su contenido se disemina de una forma más o menos homogénea por la habitación, por la estancia, donde lo apliquemos. Cada zona de nuestras viviendas tiene una peculiar zona de hacer recircular el aire. A veces notamos “las corrientes”. Otras veces son imperceptibles. El lugar donde esté colocado el aire acondicionado, las diferencias de temperatura, que una ventana no esté bien cerrada, la altura de los techos, la ubicación de la puerta, el lugar donde se colocan las personas, todo eso influye en esas corrientes de aire que nos circundas. Y ese es el modo principal con el que el virus se transmite. Es más,   que el 75% de los contagios se producen por aerosoles. La distancia social está bien pues no es saludable que “te tosan en la cara” y en las gotas de saliva hay millones de virus por microgrota pero la enfermedad se disemina fundamentalmente por aerosoles. Cada edificio tiene una forma peculiar de “hacer circular el aire” y si queremos ser meticulosos deberíamos examinarlos uno a uno. Hablar alto forma aerosoles, por poner un ejemplo. Hay edificios “salubres” y otros “insalubres”. Limitar el aforo es una medida acertada. ¿Pero qué pasa si nos colocamos mal las mascarillas? El modo habitual es dejar parte de la boca o la nariz al descubierto. Pues bien: el aire que inspiramos tiene que salir y si lo hace por un orificio más pequeño lo hará a mayor presión y el aerosol resultante llegará más lejos. Una mascarilla mal puesta es más peligrosa que no llevarla. Pero hay más datos. Las mascarillas quirúrgicas son útiles durante cuatro horas. Deberíamos cambiarlas cada cuatro horas. ¿Cómo controlar eso? Es casi imposible. Las mascarillas de tela deberían ser lavadas a diario. La mayoría la llevan sin lavar desde hace meses. ¿Cómo controlarlo? Es imposible. Otras mascarillas tienen sustancias especiales o filtros. Cada una tiene sus especificaciones de mantenimiento que deben cumplirse o de lo contrario carecerán de utilidad. En definitiva si veo a cien personas usando mascarillas faciales es muy probable que un 80% las estén usando mal. No valen en esas condiciones. No protegen. No conseguiremos su uso adecuado con multas, por cierto cuantiosas, sino con motivación y educación. Son necesarios “educadores sociales” que expliquen este tema “casa por casa”.  Es más, es muy probable que cuanto mayor sea la punición menor sea el cumplimiento real de la norma.

Un segundo aspecto es el precio de las mascarillas. No parece justo que quien tenga más medios económicos esté mejor protegido al tener acceso a mejores, y a mayor cantidad, de mascarillas. Por un principio elemental de justicia deben ser gratuitas y distribuidas ampliamente a todos los sectores de la población. ¿Sería lógico dejar a un indigente sin mascarillas? Obviamente no. El resultado de todo lo anterior es que se debería proponer y sugerir en lugar de prohibir e imponer. Un agente que se fija en si llevo, o no, mascarilla, no podrá saber si es la misma mascarilla usada desde hace un mes. Es, de nuevo, imposible.

 Una posibilidad real, y práctica, es distribuir mascarillas nuevas a la entrada de medios de transporte y edificios públicos. Que no valgan las que cada uno lleva sino las nuevas que se adquieren a la entrada del edificio. Igualmente, a la salida, deberían ser depositadas en un contenedor para evitar su uso prolongado e irregular. ¿Qué eso es caro? Más cuesta un entierro. 

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