26 de febrero de 2021 0

El Gobierno decide aumentar la subvención a los sindicatos. El nuevo sindicalismo vertical

 

(Por Miguel Ángel Pavón Biedma) –

Es una noticia presente en todos los medios: para alegría de muchos el Gobierno ha decidido liberar un “estipendio” de casi catorce millones de euros  para “fomentar” la actividad sindical. Esto supone un incremento de más de cinco millones. Es una cantidad que muchos pequeños empresarios y comerciantes, ya en la quiebra, miran con sana envidia. Con la crisis del Covid más de doscientas mil empresas y trescientos mil autónomos han llegado a la quiebra.  Al comienzo de la llamada “transición política” determinados sindicatos recibieron la bendición y el beneplácito del sistema político imperante. Incluso se referían a ellos como “correas de transmisión”. En otras palabras, un partido político debía tener su continuidad en un sindicato y en una capacidad para implementar algaradas callejeras y desórdenes públicos. El antiguo lema de “familia, municipio y sindicato” fue sustituido por “partido, sindicato (correa de transmisión) y grupos callejeros capaces de ocupar la vía pública cuando eso fuera necesario”.  Son grupos, y gentes, que seguros de que poseen la verdad absoluta no les queda sino imponerla al resto de los españoles: así surgen personas e instituciones tan variopintas como los liberados sindicales o el llamado Ministerio de la Verdad. Todo esto va acompañado por generosos pagos que se materializan en subvenciones directas, beneficios personales, liberados que quedan exentos de su función laboral con el ánimo de ayudar a sus compañeros cosa que en raras ocasiones ocurre. Decía San Pablo que “el que no trabaje que no coma”. La mejor manera de conocer los problemas laborales es el trabajo diario y no esa extraña “liberación” que en la mayoría de los casos no tiene otro objeto que pasar de la actividad a la política, dedicarse a medrar con mayor o menor fortuna. Existe un patrimonio sindical las más de las veces exento de gravámenes como el molesto y supravalorado IBI. Es en realidad un patrimonio distribuido según criterios surrealistas decidiendo “a priori” qué sindicatos eran los más representativos. Un mundo oscuro que no suele rendir cuentas ni sufrir auditorías. Un empresario medio, si quiere sobrevivir, tiene que soportar la presión de las grandes empresas, las veleidades económicas del momento, un sistema impositivo desorbitado y  la presión de los sindicatos de turno. Muchos liberados sindicales han logrado una especie de “liberación definitiva” tras forzar el cierre de sus empresas. El trabajador medio suele desconfiar de los sindicatos y recibir, al mismo tiempo, una presión mediática considerable para que materialice su afiliación. Se le advierte que de no hacerlo su seguridad laboral no será la misma.  Los escándalos sindicales en Andalucía están en la mente de todos. Salen a la luz pública y luego, con una extraña vara de medir, desaparecen de la prensa diaria. Los jueces, casualmente, son cambiados por otros que suelen ser más benignos. El final es que no ocurre nada y que seguimos viviendo en el mejor de los mundos posibles (Voltaire).

Existió un sindicalismo independiente y católico en la España del siglo XIX y principios del XX. Eran fundamentalmente agrarios y al amparo de la encíclica Rerum Novarum. Fueron reventados por los patronos y los llamados “sindicatos de clase”.  En realidad cualquier iniciativa sindical ajena a los sindicatos oficiales de la izquierda tendrá el calificativo de “amarillista” como un modo más o menos eficaz de obtener descrédito. El llamado sindicalismo vertical acogía en una misma organización a patronos y obreros. Fue una estructura propia del franquismo que acabó siendo una institución vacía sin mayor interés social, una carga onerosa y folklórica aunque no tanto como el sindicalismo actual con sus escándalos mayúsculos.

El modelo sindical actual nada tiene que ver con el sindicalismo independiente. Tanto sus directrices políticas, su economía o su actuación mediática dependen del Gobierno o de estructuras gubernamentales que ni siquiera cambian con los procesos electorales. Es, por tanto, un peligroso sistema de arriba abajo, uno de los pilares de la partitocracia española. En ese sentido puede calificarse, con pocas dudas y excepciones como un sindicalismo vertical que no intenta resolver problemas reales sino mantener sus estructuras y dar soporte a sus amos.

La historia del tiempo es cíclica y vuelven a presentarse las mismas situaciones. En definitiva “no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia” (autor desconocido).  El sindicalismo vertical ha vuelto o quizás nunca se marchó: sólo cambio a peores formas. Desde luego es hoy uno de los pilares del Estado totalitario imperante.

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