12 de noviembre de 2019 0 / / / / / / /

El fracaso del sistema

Eso mismo es lo que refleja el resultado de las elecciones. Durante la campaña electoral el dirigente de uno de los partidos en liza insistía en que había que salvar el bloquero que se estaba dando en España. Bloqueo que lo hacía posible el resultado de las elecciones anteriores. El resultado de las de ayer, anuncia un nuevo bloqueo. El sistema ha fracasado. Es incapaz de dotar a España de un gobierno estable.

El mal del actual sistema estriba en que el parlamento no se limita a representar a los ciudadanos frente al gobierno. El parlamento es quien hace al gobierno. Y, como ya hemos puesto de relieve en otras ocasiones en estas mismas páginas, eso lleva a un gobierno absoluto. Es decir: a un gobierno que puede hacer lo que quiere. Porque para ello resulta de la mayoría absoluta que tiene en el parlamento. Mayoría absoluta que puede ser monocolor o resultar de un acuerdo entre partidos.

En la Tradición española, las cortes representaban al pueblo ante el poder. No generaban el poder. El poder lo conformaba el rey con sus ministros. Las cortes presentaban ante el rey las aspiraciones de sus representados y daban la aprobación, en nombre de sus representados, a determinadas decisiones de la corona. Con tal sistema no podía darse un bloqueo que impidiera una formación de gobierno.

Pongámonos en plan utópico.

Es el momento para que los partidos políticos reflexionen y llaguen a la conclusión de que hay cambiar de sistema. Porque los hechos son evidentes: un sistema que no permite la formación de gobierno, no sirve a las necesidades de España.

La idea, que más de uno ha expuesto, de la necesidad de llegar a un acuerdo entre el PP y el PSOE, tiene algo de la utopía que soñamos. En efecto: exige que ambos partidos que se han combatido ferozmente en la campaña electoral, depongan las armas. Un segundo paso sería que cada uno reconozca que en su programa no todo es bueno y en el del contrario hay aspectos aprovechables. Pero para ello ambos partidos deben coincidir en que lo bueno es algo que se da en la realidad y que no depende de su ideología. Y aquí empleamos la palabra ideología en el sentido que le dio su inventor, el filósofo alemán Hegel, como un sistema de pensamiento coherente consigo mismo, que no tiene en cuenta la realidad. Ambos partidos tienen que prescindir de sus dogmas y atender a las necesidades reales de los españoles de hoy. Pueden hacerlo, aunque lo vemos muy difícil, vistos los antecedentes de unos y otros. Pero ya hemos advertido que nos hemos puesto en plan utópico.

Pues esa utopía la hacemos extensiva a todos los partidos de arco político. Es algo muy sencillo: que se esfuercen en buscar soluciones a los problemas reales y dejen de lado los apriorismos de sus ideologías. Para ello no lo tienen muy difícil: que reflexionen sobre las promesas que han realizado durante la campaña electoral, que valoren el beneficio que cada una de ellas reportaría a la sociedad española, desechando las que no sirven para nada, y que busquen la manera de llevarlas a cabo.

Para ello no sirve la actual democracia. Porque ello exige ponerse de acuerdo y la democracia es la guerra civil incruenta. Exige un auténtico consenso. Y decimos auténtico porque supone ponerse de acuerdo en los fundamentos de la sociedad. El consenso de 1978, del que tanto se habla y para el que se inventó el término, no serviría. Porque afectó únicamente a la superficialidad del problema. En el fondo llevaba las discrepancias que ahora han salido a la superficie y que tanto lamentamos todos. Por eso el acuerdo que ahora es necesario, es más difícil. Pero es indispensable. Sin él, no saldremos de la actual situación.

Los carlistas defendemos la Tradición cristiana de la Hispanidad, porque en ella está la única luz que puede servirnos de guía en estos momentos de confusión. Los defensores de la Revolución pueden cargarnos de improperios por ello. Lo tienen fácil porque esos dicharachos, que nos descalifican, hoy circulan profusamente. Pero la realidad es terca. Sus sueños, importados, han fracasado. Y lo que intenten, a espaldas de nuestra Tradición fracasará inevitablemente. Lo dijimos en 1978 y los hechos nos están dando la razón. Y no queremos que, de nuevo otros hechos vuelvan a darnos la razón. Porque no queremos la desaparición de España.

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