16 de noviembre de 2020 1

¡El Carlismo es inmortal!

(Por Carlos Ibáñez) –

Eran los años de la Cruzada. Nuestro pueblo había sido liberado del dominio rojo. Se reabrió el Círculo, si bien tuvo que adoptar el título de Casa de España, por efecto de la Unificación. Se representaban obras teatrales. Algunas a cargo de grupos que venían de localidades próximas. Una de ellas se titulaba “Más leal que galante”. La acción transcurría en la guerra de 1872-1876. Uno de los personajes representaba al Rey Don Carlos VII. ¡Concluía con un grito del Rey que decía “El Carlismo es inmortal!”. La frase se nos quedó grabado para toda la vida.

Después conocimos el Testamento político de Don Carlos VII. El pasaje donde dice “Volveré; si España es sanable volveré, aunque haya muerto”, vino a reforzar la idea anteriormente citada.

Según el normal acaecer de las cosas, el Carlismo tenía que haber desaparecido hace años. Derrotas militares, escisiones y, al fin, la extinción de la Familia Real. Entre tanto la persecución de que fue objeto por los rojos camuflados de falangistas en la década de los cuarenta. Y no ha desaparecido. Aquí estamos nosotros.

El Carlismo tiene muy hondas raíces. Nace de un pueblo que se levanta en armas cuando los poderes de la Revolución le privan de su rey. Se levanta en armas sin poseerlas. En defensa de un Rey que está en Inglaterra. Y es que el Carlismo es España y surge como un movimiento político militar de la propia España.

Son conocidas las dificultades que hubo que vencer para que se incorporara al Alzamiento. Nuestros dirigentes exigían lo mínimo que se podía exigir para que participáramos. Mola se oponía a ello. Le parecían exigencias excesivas. Se trataba de salvar a España de un gobierno desastroso. No se podían aceptar las pretensiones de un grupo.

El Alzamiento se produjo. Nuestras exigencias, mínimas exigencias fueron aceptadas tácitamente por los sublevados a las pocas semanas de iniciado el conflicto. Aunque nuestra participación fue fundamental para que arraigase el Alzamiento, nuestra fuerza numérica no era capaz de imponer nuestras exigencias. Sin que nosotros lo exigiéramos, el “Por Dios y por España” se hizo común entre los alzados. Y no pudo ser de otra manera. La negación de España, en que consiste la Revolución, solo puede ser contrarrestada por la afirmación de España, que es el Carlismo.

Desgraciadamente, España no fue capaz de matar a la Revolución. Los resabios de los cien años anteriores y la astucia de liberales, hicieron que la victoria militar no diera el fruto en el campo de la doctrina. Se hicieron muchas cosas buenas. Pero no se eliminó completamente el virus liberal. No vamos a extendernos en un análisis de lo que fue el pasado régimen y sus realizaciones. Diremos que todo lo bueno estaba sacado de la Tradición española. Con espíritu partidista diríamos que sacado del Carlismo. Pero el Carlismo no es el dueño de la Tradición; es su defensor.

Las Cortes, inspiradas en nuestra Tradición, en la práctica adolecieron de falta de independencia frente al Estado. Un residuo de las trampas liberales usuales en el siglo precedente. Los sindicatos, constituidos sobre la realidad sociolaboral, fallaron porque se organizaron como un “engranaje del Estado”, según frase de uno de sus dirigentes. Y tenían que haber sido motores de la vida social.

Hoy España es un desastre. No lo decimos nosotros solos. Son muchos los que denigran la situación actual. Y la comparan con una soñada reconciliación que trajo la Constitución. Decimos soñada porque no hubo tal reconciliación, sino una aparente suspensión de hostilidades. Es espera de tiempos mejores, que ya han llegado, en que la guerra civil incruenta (que eso es la democracia) se desarrolle con toda virulencia.

Las protestas contra la situación actual serán estériles si no se basan en una restauración de la Tradición, del alma de España. Mientras tanto, a nosotros nos corresponde el mostrar a los españoles la realidad de esa alma. Y esa es la labor que tenemos por delante. Labor en la que ya estamos empeñados desde 1989 y que tenemos que intensificar con todas nuestras fuerzas.

El Carlismo no ha muerto. Es inmortal porque se basa en la Verdad. Pasa por unos momentos de debilidad. Volverá a surgir vigoroso. Y recibirá su fuerza de los mismos que hoy se consideran ajenos a él, cuando se den cuenta de que la solución a los males de España, está en la misma esencia de España.

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Un comentario en “¡El Carlismo es inmortal!

  1. Ramón de Argonz

    Me parece muy bien lo que señala. Muchas gracias,

    Responder

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