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7 de diciembre de 2020 0

El cardenal Sarah y los problemas de fondo

(por Javier Urcelay)

 En una reciente entrevista, el cardenal Robert Sarah se refería al proceso de autodestrucción que se está operando en Europa al haber perdido sus raíces cristianas y el sentido de su propio origen, como el problema que más le preocupaba. El árbol separado de sus raíces inevitablemente muere, señala el cardenal. Europa asiste indiferente a un largo proceso que la ha conducido a la pérdida de su propia identidad como cuna y diseminadora por todo el orbe de la civilización cristiana. Incapaz de reconocerse a si misma, parece haber perdido simultáneamente su papel en el mundo.

Señala el cardenal africano que Europa se está suicidando demográficamente por falta de natalidad, al tiempo que está siendo invadida silenciosamente por otros pueblos, con otra identidad, que progresivamente dominarán en número e impondrán sus propia cultura, moral y formas de vida. Francia, con casi ocho millones de musulmanes y una cifra que continúa creciendo, es un ejemplo, pero otros países de Europa vamos en la misma dirección sin que a nadie parezca importarle.

Los hechos transformadores de la civilización y de la historia son resultado de largos procesos, de corrientes profundas, que al final producen sus consecuencias después de haberse larvado durante décadas, percibidos solamente por las mentes más lúcidas y atentas, mientras el común de los mortales saltaba en los telediarios de una noticia a otra, es decir, se limitaban a mirar al oleaje de la actualidad.

Así pasó con la caída del imperio romano, con la expansión del islam, con la Revolución Francesa y la destrucción del llamado Antiguo Régimen, con el nacimiento y eclosión del comunismo, con la génesis de las dos guerras mundiales, con la caída de la monarquía de Alfonso XIII y la proclamación de la II República… Hay un momento álgido, en que rompe la ola, y la espuma de los acontecimientos se hace visible, pero todo ello no es sino la consecuencia de una corriente subterránea que durante años, quizás incluso décadas, fue alimentando la energía destructora que finalmente resultó patente.

En términos geológicos podríamos compararlo al fenómeno orogénico. Las tensiones de las placas de la corteza aumentan en determinadas zonas de fricción, y lo hacen sin consecuencias visibles, hasta que, alcanzado un punto, se produce el gran seísmo o la erupción volcánica. Pero ni uno ni otro se improvisan, ni sobrevienen sin una causa previa, aunque nos resultara imperceptible a la mayoría. No a los aparatos de alta sensibilidad.

El cardenal Sarah ha llamado la atención valientemente sobre esa pérdida de las raíces cristianas de Europa que amenaza su propia identidad y papel en el mundo. España forma parte, en lugar preminente, de ese mismo proceso. En pocas décadas, hemos pasado de ser “la reserva moral de Occidente” a la avanzadilla de todos los procesos de ingeniería social y experimentación revolucionaria.

Hay fenómenos o procesos históricos que no salen en el telediario y que no ocupan la atención cortoplacista de unos políticos que no tienen más perspectiva que las próximas elecciones. Pero atención a esas imperceptibles corrientes de fondo, porque son las que generan las grandes trasformaciones sociales y de civilización que acabaran haciendo notar sus efectos: la pérdida de la natalidad y el suicidio demográfico unidos a la inmigración masiva; la descristianización de la juventud y el neopaganismo de la vida social; la erosión de la familia;  la ideología de género; la visión utilitarista de la dignidad humana y el consiguiente desprecio a la vida “poco útil” en cualquiera de sus manifestaciones; el totalitarismo creciente del Estado; la ruptura con la tradición y la tendencia autolítica en distintas partes de España; el abandono del mundo rural y el entorno natural;  el globalismo destructor de los vínculos comunitarios y la emergencia de poderes fácticos mundialistas e invisibles…

Todos estos procesos conducen al mundo futuro descrito por Huxley, por Benson, por Orwell…un mundo deshumanizado y despótico. Cuando se haga patente, no habrá sido sino la consecuencia de lo que hoy se está alimentando, de forma silenciosa y soterrada, mientras nos distraen con las noticias del telediario y los políticos discuten en el parlamento sobre si me siento yo o te pones tu.

No hablo del gobierno y sus secuaces. Ellos apadrinan el proceso revolucionario y la aceleración de la historia en la dirección que les interesa.

Hablo de la supuesta oposición. Las declaraciones del cardenal Sarah deberían prevenirnos contra unos políticos que conducen con luces de posición, y que no ven más allá de la punta de su nariz.

Antes de que sea demasiado tarde, necesitamos políticos con luces largas, que sepan cuáles son los verdaderos problemas que hay que atajar.

Y españoles que sean capaces de distinguir a los unos de los otros.

 

 

 

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