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4 de abril de 2017 0 / /

De por qué Pablo eligió el color morado para su partido.

Pintura, Caravaggio

 

 

Aquella tarde, a la salida de Misa de siete, en Devotostán, empezó a gestarse una página histórica que cambió el rumbo del país.

Doña Ilduara, cogió del brazo a doña Wistremunda y la apartó a un lado para decirle muy misteriosamente:

-Esta noche he tenido un sueño,

-¿Un sueño? ¿sobre qué? -inquirió doña Wistremunda-

-Sobre Pablo Ermitaño.

-¡Jesús!, eso habrá sido una pesadilla.

-No, Wistremunda, ha sido un sueño, un sueño hermoso y revelador.

Creo que sé un secreto de Pablo Ermitaño y de su partido.

-¿De Vencemos?.

-Sí, de Vencemos, -confirmó doña Ilduara-. ¿Sabes por qué ha elegido el color morado como símbolo del partido?

-A ver, cuenta.

-Tú sabes que en el sur, en la ciudad de Serva, existe una imagen del Señor del Gran Poder, muy popular y con gran devoción en todo Devotostán.

-Sí, claro y ¿qué?

-Pues que Pablo Ermitaño es muy devoto del Señor del Gran Poder, y si ha elegido el morado, es porque ese es el color de su túnica.

-¡Jesús qué dispartate! -Exclamó doña Wistremunda, y se echó a reir Al oir sus carcajadas, se les acercaron doña Ifigenia y doña Clitemnestra, que también salían de Misa y también rieron de buena gana al oir el relato de doña Ilduara, pero ésta muy sería insistía:

-No es una chanza, estoy hablando en serio, he tenido un sueño en el que he recibido esa revelación y he soñado más cosas…

-Cuenta, -dijo doña Ifigenia-

-También sé qué significa ese circulito blanco que tiene la bandera morada. Se trata de que Pablo Ermitaño, es también muy devoto de la Virgen de la O, y ese circulito es una O, el símbolo de la Virgen.

-Pues es una o muy mal hecha, aclaró doña Ifigenia. -Y doña Wistremunda remachó:

-Eso es porque no saben hacer la o con un canuto. -Y es que doña Wistremunda había sido maestra. Doña Ilduara intervino nuevamente y siguió:

-Os digo que todo eso me ha sido revelado en un sueño esta noche y sé que Pablo Ermitaño es un hombre muy piadoso, aunque la prensa lo quiera ocultar y cuente todas las mentiras que cuenta, Pablo Ermitaño va a restaurar en Devotostán la unidad católica. -Las otras tres contertulias, empezaron a tomarse un poco en serio lo que les contaba doña Ilduara. No en vano era la persona más cercana al párroco, don Lutgardo, y una de las personas del más rancio abolengo y más respetadas de la parroquia. Así que fueron en comisión a contárselo y a decirle que había que montar desde la parroquia una campaña destinada a captar el voto de todos los feligreses para Pablo Ermitaño y su piadoso partido. Tardaron poco, pues el párroco, las echó con cajas destempladas, llamándolas locas, impías y de paso, revolucionarias y rojas. Ellas salieron a escape, pero aclarando que no eran rojas, sino moradas.

-Tan convencida estaba doña Ilduara de lo que había soñado que, a pesar del respeto que le merecía el párroco, no dejó de contarle a todo el que quería escucharla la gran revelación. El más que más convencido quedó fue don Gaudioso, que llevaba desde hacía años el hábito del Gran Poder por una antigua promesa.

Cuando llegó el domingo, fueron muchos los que acudieron a la sacristía, después de Misa para comentarle jubilosos a don Lutgardo cómo en Devotostán había aparecido un nuevo caudillo dispuesto a salvar la patria. Don Lutgardo, al principio, intentó explicar por las buenas que votar a los morados, no sólo era pecado, sino que además era quitarle los votos al PePino, que era el mal menor al que las personas moderadas y sensatas debían apoyar. No hubo manera, no le escuchaban siquiera, y todos salieron de la parroquia al grito de “¡Viva la Virgen de la O!, ¡Viva Pablo Ermitaño!”. Al pobre párroco, se le subió la tensión, le entró una taquicardia y se le disparó un tic nervioso que le hacía contraer el lado derecho de la cara y decir “¡guin!”.

La noticia saltó del ámbito parroquial, y de parroquia en parroquia, se corrió por toda la ciudad, y de la ciudad a toda la diócesis y llegó a oídos de la prensa que lo publicó, y se enteró todo Devotostán.

El que se enteró fue Pablo Ermitaño, que tuvo que ser llevado a urgencias, porque, se quedó sin habla, se le pusieron los ojos en blanco y le dio un ataque de hipo que no se le quitaba con nada. Al final el médico tuvo que cortar por lo sano y le gritó:

-¡Que viene la legión! -A Pablo, se le quitó el hipo, sus ojos volvieron a su posición natural, pero en vez de recuperar el habla normal, no hacía más que llorar desconsoladamente. De momento, lo dejaron en observación mientras a su lado estaban sus más directos colaboradores, hasta que entró Íñigo Orejón, comunicando que la intención de voto para el partido entre los mayores de 60 años había pasado del 5% al 60%. Entonces Pablo, de pronto, dejó de llorar, le entró una sonrisa beatífica y le dio un beso a Íñigo que dejó a los presente con los ojos como platos. Pero Íñigo aclaró que la intención de voto entre los jóvenes había caído en la misma proporción. A Pablo se le quitó la sonrisa, pero pronto dijo, cada vez hay más viejos y menos jóvenes, Devotostán es nuestro. Entonces Jezabel Asaltacapillas, intervino para decir que Pablo Ermitaño, tenía que aparentar ser persona muy piadosa ya que así aseguraría el voto de todos los mayores y conseguirían el poder. Al principio Ermitaño, se negó en redondo, Orejón intentó convencerle que además de esa manera se ganaría el Cielo, mas Pablo Ermitaño, contestó que el Cielo hay que tomarlo por asalto, pero lo dijo en inglés, porque estaba convencido de que era una frase de Shakespeare, así que nadie le entendió y creyeron que estaba asintiendo con el plan y por lo tanto, siguiendo con el mismo, y mientras Pablo seguía ingresado, Asaltacapillas dio instrucciones para que el portavoz del partido confirmara como cierto el rumor que se había difundido.

Al día siguiente, al despertar Ermitaño, en su habitación había una foto de 2×2 del Gran Poder y una imagen de la Virgen de la O tamaño natural. Cuando vio las imágenes, Pablo se echó a llorar como un niño diciendo:

-¡Que nooo! ¡Que yo quiero ser maloooo! ¡Me estáis manipulando, traidores! -Tuvo que entrar Pablo Seis Peniques y hablar con él largo tiempo para que se calmara y accediera a seguir el plan trazado. Al final accedió.

A partir de aquel día Pablo empezó a ir a Misa diaria y acudía al Rosario, sin faltar un día, empezó a recitar jaculatorias. El mal trago, llegó cuando el párroco le dijo que ya había llegado la hora de confesarse. ¡Todo sea por el voto, se dijo! Y se confesó y el confesor quedó espantado de todos los pecados que le contó y se dijo para sí:

-¡Te vas a enterar! -Y de penitencia le impuso que se leyera tres veces la Constitución. Se había pasado tres pueblos, pero Pablo, obediente lo hizo y a consecuencia de ello agarró una cefalea que le duró una semana con una fiebre de 39ºc. Fue una crueldad, pero Ermitaño una vez superada la fiebre dijo una frase histórica:

-Si todos los curas pusieran la misma penitencia, habría muchos menos pecados sobre la faz de la Tierra.

Eso sí, el obispo llamó la atención al cura que lo confesó y le advirtió que no podía ser tan duro con los pecadores o no habría nadie que se atreviera a confesarse.

Todos los medios de comunicación se hicieron eco de este fausto suceso y las campanas de las iglesias tocaron a Gloria. Y en Serva, surgió una nueva corriente dentro de los morados, pero como no les gustaba ser los perros-flauta, ni perros-nada decidieron ser los canarios-flauta que resultaba más bucólico y más elegante.

Los PePinos, “gente bien de toda la vida”, estaban que se los llevaba el diablo, pues en las intenciones de voto, ya casi ni salían.

El caso fue, que de tanta Misa, tanta confesión, ejercicios espirituales, rosarios, viacrucis…, tanto de todo… En fin, que tanto va el cántaro a la fuente que termina rompiéndose, y la sabiduría popular nunca falla. Pablo Ermitaño, poco a poco, fue alcanzando la fe y las manifestaciones que hacía a la prensa cada vez eran más sinceras. Y así llegó un día en que prometió instaurar el reinado social de Cristo en Devotostán. Y como ganó las elecciones, se puso a ello, y nadie en el partido se atrevió a decir ni mu, pues como había ido haciendo purgas sistemáticas, tenía el partido en un puño. Puso cruces por plazas y plazoletas, abolió el aborto y el divorcio, restauró las fiestas religiosas, y lo más curioso, nadie rechistó, porque él insistía que eso era lo políticamente correcto.

Mas cuando estaba en su mejor momento, se dio cuenta de que ya no sentía atracción por la política, sentía otra atracción mucho más trascendente y un buen día desapareció dejando un escrito de dimisión en la mesa de su despacho.

Sólamente doña Ilduara y el Cardenal primado sabían que, haciendo honor a su apellido, se había hecho ermitaño y se había ido a refugiar en una cueva en lo más recóndito de los montes de Tancredo. Pero acostumbrado a la vida tan regalada que llevaba, no fue capaz de soportar más de dos inviernos en aquella cueva y terminó por hincar el pico y un día, Teodosio, el encargado por el Cardenal de visitar a Pablo Ermitaño, se lo encontró difunto sobre su jergón.

Lo enterraron con mucha discreción en su misma cueva, consiguiendo que fueran pocos los que asistieran al triste momento. Doña Ilduara, no se marchó hasta el tercer día viendo que no resucitaba, porque a tanto no llegaba su santidad. Pero se fue contenta y consolada por todo el bien que había hecho a Devotostán, y porque se le había cumplido su sueño.

 

 

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