24 de septiembre de 2017 0

Carrusel de traidores

 

Estamos asistiendo a uno de los actos intermedios del drama llamado Carrusel de Traidores. El traidor, en su más exacto sentido, en algún momento ha jurado fidelidad a unas leyes, a una bandera, a una situación legal (por absurda que ésta sea). Ha recibido emolumentos de la persona, o institución, traicionada. Ha jugado con el doble sentido de expresiones y palabras. Finalmente, aprovechando interpretaciones quebradizas, dice “Diego” donce dijo “digo” y da la puñalada en la espalda. Pero el traidor ve los hechos venir y no hace caso de ellos porque nada le importan, sino conservar su puesto. Sólo en el último momento, y si no tiene más remedio, reacciona. Pero ya no reacciona buscando el bien común, sino su bienestar personal o el de su grupo.

Y todo esto lo sabíamos. Conocíamos que se engañaba a los niños en los colegios. Sabíamos que se compraban voluntades, se manipulaban presuntos derechos. Al traidor nada de eso le importa, pues el delincuente tiene como una de sus características el vivir al día.

A una semana vista hay un vencedor y un vencido. El vencedor ha podido perder todas, o casi todas las batallas, pero al final ganará la guerra. Una de esas victorias cuyo premio es el enfrentamiento civil y la destrucción de un pueblo.

El vencido creyó que las batallas se ganan con textos de dudoso origen y legalidad. No era verdad. Las batallas se ganan llegando al corazón de la gente y con la verdad en la mano. Sus correligionarios siempre fueron así, temerosos y timoratos. Su rey huyó ante la incertidumbre de unas elecciones que ganó. Dejó a un pueblo desprotegido que, al final, supo defenderse a sí mismo y recuperar la moralidad pública (sin por eso dejar de cometer multitud de errores). Finalmente elaboró una ley que era como un cajón de sastre y tenía cientos de leccturas. Dejó hacer, pogó, cedió y, como todos sabíamos, al que chantajea al final nada le parece suficiente. Siempre quiere más. Hacía falta tener el coraje de decir la verdad. Nadie lo tuvo. Y al final ocurarió lo que todos esperábamos.

Y después todo viene como unas fichas de dominó. Si un rey no sirve para mantener la unidad de las personas que viven en su reino, ¿para qué lo queremos? Y si el rey se marcha él seguirá viviendo “como un rey” pero habrá que empezar desde cero y rehacer todas las leyes. Y la traición llama a los traidores. Otros seguirán, casi se lo exigirán, seguir el ejemplo.

En fefinitiva, el carrusel de traidores acaba de empezar, o quizás estamos viendo su fruto. El de una planta que ha necesitado unos cuarenta años para crecer y demostrarnos lo venenosa que era.

 

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