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Una romería a Montejurra (crónica)

(Por Sancho Guindano) –

30 de abril. 8 de la mañana. Comienza la Santa Misa en Pamplona, donde recibimos el alimento del cristiano: Cristo mismo, Resucitado, Glorioso. Ponemos el alma a punto para vivir intensamente la romería que va a dar comienzo, para pedir por los exámenes finales de los jóvenes carlistas, y otras intenciones. 

En las laderas de Montejurra los chicos hacen los preparativos. Boina calada y en procesión, comenzamos el ascenso. Primero, el crucifijo del requeté. En él se puede leer: “In Hoc Signo Vinces”: “con este signo vencerás”. Después, los símbolos de la Tradición. Por último, Nuestra Madre del Cielo, la Reina de las Españas y de toda la creación: María con su Santísimo Hijo en el regazo. 

Llegados a la primera Cruz del Vía Crucis, recordamos que “hoy se sufre en silencio, todo sacrificio es oración. Si alguien quiere relevo, lo pide, pero no nos quejamos. Se lo ofrecemos todo a Dios y a la Virgen”. No hace falta decir nada más. La conducta de niños y jóvenes es ejemplar. Mortificación pero con alegría. Se les ve en el rostro. 

Con estos aires seguimos subiendo y ya suena el primer rosario. Rezamos por los jóvenes, los exámenes, por las vocaciones, los sacerdotes y religiosos… No faltan transeúntes que, al ver nuestras boinas rojas, exclaman con un entusiasmo emotivo: “¡los carlistas! ¿Pero sigue habiendo carlistas? ¡Y todos jóvenes!”. El testimonio, ahí queda. 

Llegamos a la primera cima, y almorzamos a los pies del Cristo negro, donde antaño se celebraban las multitudinarias misas en la montaña sagrada. Seguimos con la Virgen a cuestas hasta la segunda cima. El tiempo se nos echa encima, pero el deseo de llegar a la tercera cima para revivir la batalla de Montejurra, donde el general Ollo frenó al chulesco liberal Moriones, nos hace desafiar el horario previsto. Dejamos reposar a la Virgen, y subimos al trote, hasta el fuerte de Montejurra. Arriba, recordamos, entonamos el Oriamendi, gritamos entusiasmados vivas a Cristo Rey, a España Católica, a Navarra y su fueros, y al rey legítimo. 

Mirando el reloj, volvemos de nuevo al trote, y descendemos a paso ligero rezando el segundo rosario. El ambiente es inmejorable. La vuelta a casa en la furgoneta, una fiesta. Gracias Señor, por este día. Gracias, porque aún quedan jóvenes carlistas. El rescoldo de la tradición prevalece. Somos pocos cruzados, pero no nos desanimamos: los apóstoles eran doce. Dios y nosotros, somos mayoría. 

¡Viva Dios, que nunca muere! Y si muere… ¡Resucita! ¡Aleluya!

 

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