Vivienda en Madrid 2026 ¿Los juegos del hambre?
En Madrid la vivienda se ha convertido en una inquietud constante y no hablo de comodidad. Sin casa, no hay plan de vida, se vuelve provisional; y si la vida es provisional, la familia no se construye, porque no puede asentarse, educar, ahorrar, abrir la puerta al hijo, cuidar al mayor, ni sostener una comunidad estable.
Los hechos son duros. Con el alquiler medio en torno a 22,7 €/m² y la compraventa en un máximo histórico 5.820 €/m², incluso el INE confirma la presión general al alza en los precios de vivienda. Pero lo más duro es que el incremento de precio se acentúa en las viviendas más económicas, fruto de la falta de equilibrio entre oferta y demanda.
En estas cifras el acceso deja de ser “difícil” y pasa a ser, para muchos, sencillamente inalcanzable.
El problema en sentido clásico no sólo es económico, sino moral y político, ya que afecta al bien común.
Sin demonizar la propiedad, ya que la Tradición católica reconoce que es licita cuando se supedita a dicho bien común. Lo que niego es la mentira moderna según la cual el precio es el único juez, como si un contrato bastase para convertir cualquier cosa en justa.
La vivienda debería ser hogar, pero ha sido reducida a «activo económico». Al tratar los hogares como mercancía, la ciudad se degrada en mercado puro: quien necesita techo compite contra quien busca rentabilidad.
La demanda
En las últimas décadas la población crece, mientras decrece el tamaño de la unidad familiar y para entender el drama es necesario comparar la situación actual con la de algún momento pasado para el incremento de necesidades. Porque de no hacerlo sería trivializar que pasar de los 34 millones de personas en 9 millones de familias censales en los años sesenta, a los actuales 49 millones de personas en 19 millones de hogares pueda ser un drama actual.
- En los años sesenta la «familia censal» media era de cuatro personas, hoy el «hogar» de 2,5 y esta última cifra tiene truco, pues el concepto de «familia censal» implicaba lazos familiares, pero hoy tenemos más de cuatro millones de personas viviendo en un millón de hogares clasificados como «Otros hogares» y allí se incluye a muchísimas personas obligadas a compartir vivienda por motivos económicos sin vínculos familiares, les conocemos como «compañeros de piso».
- Los 1,1 hijos que tenemos hoy de media están lejos de los 3 hijos de los años sesenta.
- El informe del INE «Más hogares, menos miembros» de hace 25 años alertaba de la brusca caída de la natalidad que en 30 años había reducido un 25% el tamaño del hogar medio. Desde entonces nada se ha hecho para mejorar la situación.
- En los años sesenta el 2% de las personas vivían en soledad, pero hoy ha escalado hasta más del 11%. Esto también se ve en el mismo informe del INE «Más hogares, menos miembros» donde en sólo diez años habían decrecido un 40% los hogares de 6 o más miembros y había aumentado un 82% las personas que viven en soledad, alcanzando las 2.875.422 personas. Hoy, las personas que viven en soledad se han vuelto casi a duplicar hasta las 5.536.759 personas.
- Y lo más importante, la vivencia del día a día: las familias en los años setenta disponían de casa en propiedad y habitualmente una segunda residencia. Hoy no pueden permitirse una primera residencia.
Es evidente que al reducir el tamaño de la familia, aumentando el número de personas se multiplica la necesidad de número de viviendas, pero a lo anterior se añaden otros factores como los pisos vacacionales y turísticos, que logran vaciar nuestros barrios de vecinos y volverlos hoteles improvisados.
La oferta
Los economistas dicen que el mercado tiende a compensar los desequilibrios. Pero a pesar de la situación del mercado, la vivienda nueva no se genera sola. La política tiene llaves concretas: recalificación de suelo, licencias de obra, planeamiento urbanístico, seguridad jurídica, fiscalidad, apoyo a la rehabilitación, creación de transporte y servicios que permitan vivir en nuevas zonas, y vivienda protegida bien concebida. Si esas llaves se usan mal, el mercado se contrae; y cuando se contrae, sube el precio, el débil lo paga.
Las leyes queremos pensar que improvisadas, pero sin duda desacertadas en grado sumo, retiran del mercado la poca vivienda existente, generando miedo entre los pequeños propietarios desincentivando la oferta. ¿Alquilarías tu casa si sabes que en caso de que el inquilino decida no pagar no vas a poder echarle? ¿Renovarás el contrato al inquilino actual si la ley te «invita» a cambiar de inquilino para subir el precio?
Esta situación no conviene a la mayoría: ni al trabajador, ni al pequeño propietario prudente, ni al comerciante que necesita vecinos estables, ni a la natalidad, ni a la paz social.
Yo vivo en un barrio humilde y hay una nueva promoción de viviendas protegidas de precio limitado en alquiler, se anuncia como precios asequibles. La cruda realidad es que la vivienda más barata de un dormitorio y 42 metros son 909€/mes, mientras que el SMI se prevé que alcance los 1221€/mes brutos este año.
La solución
¿Podríamos arreglar este desastre con medidas realistas, orgánicas y ordenadas a la ley natural?
Las viviendas públicas permitirían reducir costes mediante economías de escala.
Las licencias de obra deben tener una respuesta rápida, no puedes esperar tres años a la licencia.
Las viviendas deben tener un objetivo claro, las personas que van a vivir en ellas.
Los propietarios de casas no deben ver como riesgo ponerlas al servicio del bien común.
Los abuelos no deben ser echados de su casa de toda la vida porque el mercado ha subido a la estratosfera.
Las ayudas no pueden ser un nuevo multiplicador para los precios.
La rehabilitación de viviendas no debe ser dificultada sino apoyada.
La potenciación de la red de servicios facilitaría el desarrollo rural ¿sabías que casi 1500 municipios no tienen fibra?
La política si no trata la casa como hogar y bien social de primera necesidad, no está gobernando para el bien común y es parte del problema.
✠ Dios, Patria, Fueros, Rey
Luis M.ª Flórez-Estrada Orlandis-Habsburgo
Miles Christi semper paratus.
Non prævalebvnt.
