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20 de enero de 2024 0 / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / /

Santiago Arellano. Claves intelectuales de un compromiso (y II)

(por José Fermín Garralda)-

Santiago fue un maestro y testigo, fue sabio porque hacía suyo lo que decía. Aquí nos interesa como tradicionalista pre político y político –es decir carlista-, un ámbito vivido por él indirecta o directamente con intensidad.

Fue  hombre de familia, Iglesia y escuela, sociedad organizada y pueblo, no lo fue de capillitas y partidos que dividen. Conocía la necesidad de instituciones y asociaciones sanas y fuertes, del principio de subsidiariedad, del “más sociedad y menos Estado”, para impedir la desvertebración social y masificación, la pérdida de derechos innatos y libertades, provocadas por la ideología racionalista, liberal y su hijuela socialista, y la increencia del falso progreso religioso. Así lo anunciaron los primeros pensadores de la tradición, luego Tocqueville, Aparisi Guijarro y otros. ¿Y hoy que vemos ante nuestros ojos el estatismo ya casi totalitario, ocupado por oligarquías?

Tuvo una personalidad libre de complejos y del “qué dirán”. Difundió la verdad y la tradición política navarra y española que nos sustenta, la auténtica, y no la caricatura que de ella hacen el falso progreso, los seguidores de Maritain, o los liberales-católicos tendentes al racionalismo, naturalismo y la secularización.

Santiago, Javier Nagore y don Álvaro D’Ors, que no estaban pendientes del qué dirán en las comunidades científica e ideológica, valían tanto profesionalmente que otros les solicitaran su saber y magisterio. Nadie buscó excusas tildándoles de algo que “justificase” el rechazo. Lo decimos porque en el variopinto ámbito académico y cultural… hay quien dice respetar a todos, pero recela del que sea tradicionalista en política o carlista. Aunque éste no les comprometa, le alejan como al “original de la familia”, etiquetan y confunden reduciéndolo a un tradicionalismo cultural, creado por ellos con un fuerte sabor historicista y mariteniano. Son capaces de señalarle como contrario a la libertad, al progreso espiritual, a las necesidades del presente… revelando así un punto de partida filosófico, oportunista y acomplejado. La vieja crítica liberal oponía libertad y tradición, ésta última a la verdad y al progreso, y acusaba al defensor de la tradición –que no quería entender- de encadenar a la Iglesia a moldes humanos caducos y comprometer el trabajo ajeno etc.

Las claves intelectuales que recogía Santiago fueron recurrentes, compendio de su formación y constatación  práctica.

En primer lugar, y relativo al método, advertía las influencias racionalistas y positivistas en los estudios universitarios, y recelaba de la primacía absoluta que se da a los datos empíricos por parte del historiador y otras ciencias. He aquí su punto de partida y método, su desvelar presuposiciones y su intención propedéutica.

Santiago llegaba más alto que los historiadores, pero por otras vías, demostrando sus tesis por caminos diferentes: desde la filosofía y teología de la Historia, y desde la historia de la literatura.

En todos los ámbitos–incluido el pre político-, aplicaba sus conocimientos de la lengua castellana e historia de la literatura, reconociendo que su formación teológica, filosófica e histórica eran complementarias de aquella, y “requisito para tener una visión coherente y un sentido de la vida que ama con pasión la verdad, imprescindible para poder enseñar” (8).

Entendía los hechos en su conjunto, a partir del sentido de la vida, de modo que más que entretenerse en cada árbol, era amigo de contemplar el bosque en su conjunto, porque “es más fácil encontrar las claves del sentido y las enseñanzas, que la Historia, como maestra de la vida puede transmitir para hoy”.

A veces, el “ver” sabiendo mirar, vale más en todos los sentidos que una demostración tras otra, lo que sin duda es herencia de San Agustín.

Intuitivo, su oratoria era como un Vázquez de Mella según Álvaro D’Ors, y su facilidad de palabra permitía entender con él profundas enseñanzas e identificarse con ellas. Si de evangelizar se trataba, lo hacía a través del testimonio y la escucha a través el oído. Con formas bellas en el decir, rubricaba la verdad y vivencia expresando así la unidad del ser humano.

En segundo lugar, Santiago admiraba a autores tradicionales como Balmes y Donoso Cortés, y a los carlistas Vicente Pou y Aparisi Guijarro, entre otros. Conocía la Obra de San Agustín -insistía en De Civitate Dei-, la escuela de juristas de Salamanca, sacaba mil enseñanzas de La Celestina, El Quijote, y mostraba su inmenso aprecio por el siglo de Oro, las populares comedias de Lope de Vega o la profundidad de Calderón de la Barca… O autores como Gerardo Diego y tantos otros. Esto y mucho más lo demostró en sus aportaciones sobre la literatura universal en “La Verdad”, recopiladas en su libro Aprender a mirar para aprender a vivir (2020).

Entendía que la vida debe realizarse en plenitud y que el Amor es el centro y motor de todo, también de la lucha socio política. En política, el Amor se  fundamenta teológicamente en la realeza social de Jesucristo, como primero explicaba el P. Ramiére, y más tarde fundamentó Pío XI en su encíclica magisterial Quas Primas sobre Cristo Rey. Así, en Santiago, el vértice de la virtud de la obediencia estaba en Cristo Rey, lo que tuvo que vivir porque, hoy día, los niveles de director general estaban influidos por la pertenencia a cierta Obediencia iluminista como brazo de infiltración.

Tercero. Como conocedor de la historia de la literatura, el Santiago de las aplicaciones nos prevenía sobre las rupturas renacentista, protestante y luego ilustrada, que quisieron pivotar todo en torno a las fuerzas, capacidades y cálculo de cada cual. (Del Renacimiento e Ilustración él hablaba en singular, aspecto que nosotros matizamos por el plural). Nos prevenía frente al pelagianismo y semipelagianismo, y hasta el molinismo de Luis de Molina. Tales tentaciones antropocéntricas no quedaron en el pasado, pues se pretenden culminar hoy. También advertía sobre el peligro del esteticismo de Rubén Darío, Valle-Inclán, y el culto a las formas.

Concretando el caso español, Santiago desvelaba el origen de los males que han desquiciado el ser de España hasta nuestros días: el afrancesamiento del período borbónico, la Ilustración, “la aparición de una, a modo de ‘escuela’ política en la corte española de Carlos III y Carlos IV”, “una escuela revolucionaria que cambió la historia”, un despotismo ilustrado y ministerial, fruto a su vez del afrancesamiento anterior, y, retrospectivamente, del protestantismo y el Renacimiento paganizantes. Apreciaba las aportaciones del Manifiesto de los persas de 1814, la cercanía algo distante de Menéndez Pelayo, y conocía algunas de las importantes tesis de Suárez Verdeguer sobre la historia.

Reconocía la valía cultural y grandeza de España, y estaba lejos de cualquier complejo de inferioridad, que por orgullo, ignorancia o malas artes,  anida en no pocos españoles, sujetos a un europeísmo que ha acabado como una ideología compendio de otras.

Cuando aceptaba las posiciones de Menéndez Pelayo, y también cuando  suponía la existencia de cierto carácter nacional, unos elementos comunes y específicos, un estilo y sesgo que conformaban España y a los españoles, Santiago no lo hacía según el idealismo romántico, el historicismo o el evolucionismo contrario a la libertad, sino en sentido amplio y desde las constantes de una tradición –tradere– modelada durante siglos. Recordemos que la historia de la literatura era un buen medio, utilizado a su vez por don Marcelino, desde luego muy diferente –pero no contrario- y más profundo, al seguido –por ejemplo- por Miguel Olza Zubiri sobre la psicología del habitante de la Ribera tudelana (1974) y la población rural vasca de la Montaña navarra (1979).

Para Santiago, entender a los españoles exigía comprender que los contenidos transmitidos por la tradición española no eran un romanticismo. Reducir la tradición española al romanticismo y al tradicionalismo cultural, era reverdecer viejas posiciones combatidas por los carlistas tanto del pasado como del presente. Como demostró Alsina Roca (1985), el tradicionalismo filosófico francés , inmerso en una confusión y desenfoque radicales, está en la génesis de la generación romántica catalana, y se incorpora casi exclusivamente a través de la España liberal.

El pensamiento político tradicional español tenía un soporte metafísico, escolástico y tomista, implicaba una religión positiva, era teológico, exigía el tradere y sentido común, era mucho más amplio y profundo que las formas expresivas de una época –verbales, gestos, posicionamientos-, lo que permite  comparaciones entre diferentes etapas culturales y países. Así nos lo explica también Canals, Ayuso, Evaristo Palomar y otros autores del derecho natural hispánico (2001).

Valorar la tradición española y vivirla no era un romanticismo de época ni una posición historicista, aunque el envoltorio podría revestir formas románticas en un siglo como el XIX, del realismo, del noventayochismo etc.

Destaquemos un cuarto punto. Santiago vibraba cuando reconocía al verdadero pueblo español. Para identificarlo y más allá de la literatura y la práctica cotidiana, le salió al paso el testamento de don Carlos VII, y, después, la lectura del libro Requetés. De la trinchera al olvido con recopilaciones de dos autores como son el dr. Larraz y Sierra-Sesúmaga. De ella decía:

“Este es el pueblo español. (…) De sus declaraciones se percibe no sólo al guerrero, sino al hijo, al trabajador, al creyente, al paisano, al enamorado, al miembro de una familia, al vecino de un pueblo, al hombre arraigado en su comarca, que ama con pasión a su región, a su Patria, a su España Católica y Monárquica, a una sociedad cuajada en la Fe de la Iglesia. Isla superviviente de LA CRISTIANDAD”. “La Madre, el fruto más sazonado de la Tradición” (9).

¡Ah!, creemos que además de ser hombre de fe y oración cristiana, y de cultivar el sentido común en la carrera de la vida, existe en Santiago un dato biográfico, que le desvela cuando afirma: “Debo aclarar que este sentido de la vida no lo da, por desgracia, la Universidad. Quizás los datos sí, pero el sentido sólo puede darlo quien lo posee. En mi caso, mis padres, campesinos sencillos y santos de la Ribera de Navarra, que en paz descansen” (10).

Este carácter popular, de cuna y temperamental, le hizo apreciar en mucho la profesión de maestro, las devociones y fiestas populares, los autores de los siglos XVI y XVII y, en especial, como buen ribero, la cultura y sensibilidad barroca.

Esto y la propia reflexión, le hizo distanciarse de los oropeles versallescos, del ambiente cortesano y sus imitadores, del absolutismo monárquico, de un falso populismo, y de pretendidas élites intelectuales que tomaban como propios los desvíos que copiaban de allende los Pirineos y luego de los movimientos italianos. Todo ello lo hacía en favor de la austeridad y devoción escurialense, los movimientos populares e intelectuales propios que brillan en la historia de España e Hispanoamérica, el sentido común y el realismo no exento de sensibilidad artística.

La sociedad, el pueblo, sí importaban -y mucho-. También cómo se toman las decisiones de gobierno. El “todo para el pueblo pero sin el pueblo” del despotismo ilustrado del s. XVIII, del Liberalismo posterior y actual, suponía un orgullo disfrazado de un presunto servicio, aunque fuese para cosas buenas –que ni eso-. ¿Servirse de los demás o servirles lisa y llanamente? ¿Sustituir a los  agentes sociales, que saben muchísimo de aquello que viven?

Casi por último, Santiago también cultivó el asociacionismo. Por un lado, apoyó a la asociación carlista “Cruz de Borgoña” en aspectos formativos. Por otro, organizó y participó en la fundación navarra del Movimiento de Renovación Pedagógica “Amado Alonso” con fines exclusivamente educativos. También tomó parte en el proyecto –no llevado a cabo- de diversos sectores laicos católicos, de crear una plataforma para coordinar sus acciones concretas en Navarra y aglutinarles en defensa de sus derechos civiles como católicos y con propuestas en positivo (21-III-2005). Una plataforma así otros la desarrollaron en el tema de la vida humana y el crimen del aborto.

Impulsó la Fundación Luis de Trelles, sin relación con la CTC. Lo hizo como director y ponente del XVIII Curso de verano con el tema monográfico “Luis de Trelles y Noguerol”, celebrado en Irache, Viana y Vitoria del 28 al 30-VI-2007. Es  conocido que Trelles era carlista, que trabajó en el canje de prisioneros durante la guerra, y que al acabar ésta fundó la adoración nocturna española en 1877. La conferencia se tituló: “La perspectiva del Reino de Cristo de un enamorado del Santísimo Sacramento”. Años después, en 2023 dirigió el “Encuentro sobre don Luis de Trelles y la Adoración Nocturna” (11).

Organizadas por carlistas conocidos, impartió conferencias de temas sin la etiqueta “carlista” con los títulos: “La enseñanza de la Religión en los centros públicos para una educación integral” (Oviedo, 11-3-2005), y “Reflexiones en tiempos críticos para nuestra historia” (Gerona 2006). Nadie estaba obligado a pensar que por sus contenidos, el ponente fuese carlista, pero eso es precisamente actuar como tal, salvo en el momento de concretar una fidelidad dinástica y organización política, lo que supondría salirse fuera del ámbito de la estricta formación general.

Para terminar, y en sexto lugar, Santiago también vibraba al contemplar que el Amor es el quicio, soporte y motor del mundo, y que su mayor o menor falta y hasta desaparición, se traduce en el crecimiento del odio hasta su forma más destructiva. Aplicado a todo resulta que:

Dios es la única garantía de quien nada tiene, y ante Dios Padre no hay que impostarse sino humillarse, porque todo lo bueno es Gracia. Es el Quién como Dios de San Miguel: nor Jaungoikoa aña?, es el Beneditus dominus Deus meus de la Leyenda del antiguo escudo del Reino, o el Pro libertate patria gens libera state o divisa de los Infanzones de Obanos.

En la polis o urbe, en el foro y el mercado… todo debe ser servicio, deben respetarse las libertades personales y sociales, su jurisdicción privativa, los Fueros, la familia como fundamento de la patria y España, el principio clásico de la subsidiariedad –en el Tratado de Maastrique de 1992 está invertido- (12) y el peso de la historia con sus últimas concreciones, deberán ser respetados.

Tratándose de la polis y a imitación de Dios, los Gobiernos deben justificarse en el bien común, en ayudar a vivir en sociedad, en su mejora temporal,  y en facilitar las condiciones para la salvación eterna –comunicarla es misión de la Iglesia-, sin querer dirigir la vida ajena como hace el despotismo ilustrado, y además de gente que siembra corrupción. Más aún, el rey debe conducirse como verdadero padre de los más débiles, y por eso, que firmase la ley del aborto fue aberrante.

Para Santiago, la naturaleza humana, la incidencia de la salvación cristiana como realidad sobrenatural, y la sociedad concreta navarra, española y la  hispanidad, expresaban el Dios, Patria, Rey de la tradición española. El peso específico de ésta configura y perdura más de lo que permiten suponer los avances de la revolución anticristiana, contra natura y antiespañola.

En fin, Santiago fue un hombre completo y participó en toda la realidad, también política, según sus cualidades y posibilidades. Fue familiar, alegre y generoso, tenía un fino sentido del humor,  y sin duda puede decirse que detrás de un gran hombre hay una gran mujer: tal fue su esposa Maite. Sus hijos son un reflejo de ambos.

Querido Santiago, los tradicionalistas o carlistas de Navarra te damos las gracias. Rogamos por ti ante el buen Padre Dios, y tú ruega por la Iglesia, por nosotros, Navarra y el resto de España.

Recogemos la oración de Santo Tomás Moro, suplicando al Señor un poco del sentido del humor (13) –que es humildad-, que tanto gustaba a Santiago:

“Concédeme, Señor, una buena digestión, / y también algo que digerir. // Concédeme la salud del cuerpo, / con el buen humor necesario para mantenerla. // Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar / lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante / el pecado, sino que encuentre el modo de poner / las cosas de nuevo en orden. // Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, / las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no / permitas que sufra excesivamente por ese ser tan / dominante que se llama: YO. // Dame, Señor, el sentido del humor. / Concédeme la gracia de comprender las bromas, / para que conozca en la vida un poco de alegría y / pueda comunicársela a los demás. // Así sea”.

Cada cual ampliará y juzgará lo dicho aquí como desee, incluso creer que el hombre de hoy no puede leer las cuartillas que aquí ofrezco. Ocurre que la vida de nuestro amigo es larga y densa. De todas maneras, perdone el lector por no haber querido sintetizar más. Sea lo que fuere, sobre todo no pequemos de olvido.

Muchas gracias Santiago, maestro y amigo.

Notas:

(8) ARELLANO, Santiago, “Claves para comprender…”, vid. nota 7, p. 6

(9) ARELLANO, Santiago, “Claves para comprender…”, p. 23 ss.

(10) ARELLANO, Santiago, “Claves para comprender…”, p. 6.

(11) “La Verdad”, nº 4326, 19-V-2023

(12) GARRALDA, J. F., “Europa y el retorno del principio de subsidiariedad”, en VV.AA. Subsidiariedad: Historia y Aplicación. Subsidiarity: history and application, Pamplona, Centro de Estudios Europeos, Universidad de Navarra, 2000, 598 pp. pág. 99-124; ampliada en Ed. Speiro, Madrid, Revista Verbo nº 387-388 (VIII-X- 2000), pág. 593-629.

(13) VÁZQUEZ DE PRADA, Andrés, Sir Tomás Moro. Lord Canciller de Inglaterra, Madrid, Rialp, 1962, 395 pp., p. 190.

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