24 de agosto de 2019 0

San Ezequiel Moreno, campeón contra el Liberalismo

El pasado día 19 de agosto se celebró la festividad de San Ezequiel Moreno y Díaz(Alfaro 1848- Monteagudo 1906), obispo de Pasto (Colombia). Su padre era sastre, y su madre quedó viuda muy pronto con seis hijos. A los quince años de edad, Ezequiel ingresó en el monasterio de los agustinos de Monteagudo (Navarra). Su hermano Eustaquio también fue misionero agustino. Tenía cuatro hermanas, una de ellas Benigna. Así pues, el 11-X-1992 el periodista Gabriel Imbuluzqueta pudo entrevistar a Pilar Sáinz, nieta de la tal Benigna (Diario de Navarra, 11-X-1992). Doña Pilar, que es de Marcilla, afirmó que el santo había curado a varios enfermos muy graves de su familia.

Misionero y obispo. El padre Ezequiel fue agustino recoleto (Descalzo), misionero en Filipinas (1870-1885) y después en Colombia (1888-1906). En esta República hermana, fue vicario apostólico de Casanare (1893) con título de obispo de Pinara, y luego obispo de Pasto (1896-1906) por elección de León XIII.

Como misionero y obispo estuvo al servicio de las personas a él confiadas, concretamente de los filipinos más menesterosos, de los indios de la pobre región colombiana de Casanare, y de los indigentes y presos de Pasto. Pero como no podía ser de otra manera, atendió espiritualmente a todos los grupos y sectores sociales, al clero de su Diócesis, a las autoridades civiles, y fue reconocido por sus hermanos en el Episcopado que además estuvieron a su lado. Vivió muy austeramente y murió  con fama de santidad.

Enterrado en Navarra. Una vez que regresó a España por orden de su vicario para curarse de un cáncer de garganta y nariz, y practicada la operación -sin anestesia- en Madrid porque no estaba en condiciones de llegar a Barcelona, falleció el 19 de agosto, tras una dolorosísima enfermedad, en su pobre celda del Colegio de Monteagudo (Navarra). Se conserva la celda, la cama, el ajuar del santo obispo, y su tumba con el cuerpo incorrupto. Estando enfermo le asistió la madre de la citada Pilar Sáinz.

En Monteagudo, fray Ezequiel Moreno había vestido el hábito agustino, profesado en religión (1864), fue su Rector de 1885-1888 antes de ir a Colombia, y allí será enterrado. En una capilla dedicada a él, se conserva un sencillo sepulcro blanco expuesto a la piedad y devoción de los fieles, que tuve la dicha de visitar por primera vez con mi familia -mi esposa y el pequeño Miguel María- hace años.

San Ezequiel cultivó la buena doctrina y el buen espíritu. Nunca cultivó el arte del disimulo. Clarificó términos. Desveló trampas verbales. Partía de la verdad de las cosas, y de la vida cotidiana que vivían sus diocesanos, a quienes servía. También fue práctico. Para conocerle, se conservan sus Cartas Pastorales, circulares y otros escritos, publicados (Madrid, 1908) al poco de fallecer. Si se le enmienda la plana en estas cuestiones en atención al virus evolucionista (que nada tiene que ver con la evolución armónica el dogma católico), supondría el vaciado de su biografía y sólo quedarían dos generalidades además la santidad de su vida interior y sus virtudes.

La buena doctrina. San Ezequiel Moreno y Díaz, fue campeón contra el Liberalismo radical, moderado y el mal llamado católico-liberal. Denunció el liberalismo doctrinal y práctico. No sólo se opuso al Liberalismo perseguidor de la Iglesia o el que quebrantaba las libertades humanas y religiosas, que es el reduccionismo en el que -seguramente sin advertirlo- caen Jesús Arraiza (DdN, 10 y 11-X-1992) y monseñor Cirarda, que fue obispo en Pamplona. En efecto,  monseñor Cirarda, en su carta publicada en “La Verdad” (nº 3.008, 10-X-1992), donde anuncia que estaba de viaje a Santo Domingo y hacía un apunte biográfico del santo, únicamente dice: “(…) brillaron tanto su santidad personal como su recia entereza en la defensa de los indios contra sus explotadores y de la libertad de la Iglesia frente a Gobiernos laicistas”. Según esto, el santo sólo se enfrentó al liberalismo radical en cuanto perseguidor de la libertad de la Iglesia, pero no es así.

San Ezequiel enseñó a sus fieles la recta doctrina religiosa y la sana práctica cívica. Fue tal la claridad del Santo fraile contra todo tipo de doctrinas y prácticas liberales, y sus advertencias sobre los medios naturales y espirituales a utilizar para no caer en ellas, que nos extraña que no haya sido suficientemente valorado. En esto ya tuvo problemas en su época. Recordemos que en 1897 y 1898 publicó dos opúsculos contra dos artículos del sacerdote Baltasar Vélez que aplaudía una actitud conciliadora de Carlos Martínez Silva. Así mismo, en 1902 desenmascaró las  inconsecuencias y contradicciones de monseñor Nicolás Casas en la parte práctica de su libro donde exculpaba  fácilmente de responsabilidad a los liberales materiales.

San Ezequiel, siendo obispo, se opuso al Liberalismo que no reconocía los derechos divinos de Jesucristo, que declaraba al Estado neutro o indiferente en materia religiosa, que secularizaba la vida social y política, que separaba los derechos civiles del derecho ante Dios, y que separaba la vida social y política de las leyes de Dios y de la Iglesia en los ámbitos natural y sobrenatural. A lo que queda de la democracia cristiana de hoy, le vendría muy bien -aunque ya es tarde- recordar estas declaraciones del Santo:

“El ideal acariciado el liberalismo es que el Estado, la familia y el individuo sacudan toda obediencia á Dios y á su Iglesia Santa y se declaren completamente independiente.
(…). Tiene Jesucristo la plenitud de la autoridad sobre las naciones, los pueblos y los individuos, y puede imponer su ley á unos y otros con pleno derecho á ser obedecido. Las naciones, pues, los pueblos y los individuos que está neutrales y les sea indiferente el que Jesucristo sea ó no sea obedecido, están contra Él, porque no le procuran una obediencia que le corresponde, y dejan que no se le rinda el homenaje que se le debe como á Soberano Señor de todo, y permiten hasta que se le insulte y desprecie (…). De aquí se puede deducir que un Gobierno, aun cuando no dicte leyes de persecución contra la Iglesia de Jesucristo, con sólo el hecho de mostrarse indiferente para con ella, está ya contra Jesucristo” (1897, o. c. pág. 120, 135).

El santo a sus 21 años, una vez llegado a Manila

Sin caer en el disimulo. San Ezequiel fue fiel a la doctrina de la Iglesia expuesta por sus contemporáneos Pío IX, León XIII y Pío X, que tanto se ignora y oculta en nuestros días. De los Pontífices de su tiempo y de épocas anteriores. La verdad es que por entonces no era difícil ésta fidelidad, pero sí lo era la claridad y energía como él actuó. ¿Qué hubiera hecho en la España de aquella época? ¿Hubiera sido un fraile y obispo esforzado como Caixal Estradé ante el espíritu acomodaticio y excesivamente pragmático de otros pastores católicos? De hecho prácticamente  todo el clero de Colombia estaba de su lado. La llamada doctrina tradicional es mantenida hoy por el Concilio Vaticano II, al que muchos reclaman pero pocos han leído y menos cumplido. Esta ignorancia y ocultamiento de la doctrina tradicional que existe en nuestros días, es el gran mal del presente, pues la verdad y sus aplicaciones no han cambiado, como tampoco sus exigencias ni las necesidades de la realidad humana y social, a diferencia de lo que afirma la extinta democracia cristiana -consumida en sí misma una vez que ha hecho a todos liberales-, los católico liberales vergonzantes, oportunistas  y maritenianos

El ejemplo de los términos. Así, el término concordia -decía- no debe significar que haya que reconciliarse ni transigir con el Liberalismo moderno. Una concordia mal entendida estaba provocando estragos entre los católicos colombianos, por lo que sus últimos “adversarios no iban a ser radicales descreídos, masones o enemigos declarados de la Iglesia, sino el pesidente (Reyes) de un gobierno católico y el mismo representante de la Santa Sede” (Francesco Ragonesi) (A. Martínez Cuesta).

Otro termino utilizado por los liberales y la conveniencia inmediata era el depaz, del que dice así: “Ha seducido á muchos católicos la palabra paz, y no extrañamos que eso suceda después de tres años de guerra sangrienta; pero no han pensado los católicos que esa paz no puede resultar de la unión que tratan de hacer con los liberales.
El liberalismo, según la iglesia, es rebelión contra la voluntad divina; es, por consiguiente, desorden por esencia, y no puede dar paz, porque nadie da lo que no tiene. (…).
De seguir así, la terrible lógica de los hechos tiene que traernos días pésimos y amargos; pésimos para la Iglesia y la Nación; amargos para nosotros. Todos seremos víctimas de la fiera revolucionaria; pero ¡qué diferencia! Unos lo serán por haber acariciado a la fiera y entrado en amistad con ella, con perjuicio de los derechos de Jesucristo. ¡Qué pena! Otros por haberle hecho guerra sin transigencias ni cobardías, defendiendo y confesando á Jesucristo. ¡Qué gloria!” (2-VIII-1904)(o. cit. pág. 490 y 494).

Convento de agustinos recoletos de Montegudo (Navarra)

Carácter práctico. San Ezequiel no separaba la doctrina de la práctica. Por eso desveló  tanto el liberalismo doctrinal y de principios como el práctico, que incluía detalles de la vida cotidiana. El cuidaba de sus diocesanos y no las meras ideas de los libros, salvo que fuesen para su bien.

Por otra parte, fue parte del triunfo conservador -no el conservadurismo liberal español- frente al Liberalismo como el más valeroso de los generales en la llamada guerra de los Mil Días. Tampoco se debe omitir esto último como algunos hacen para presentarlo más actual y hasta -quién sabe-pacifista. En el ámbito de las aplicaciones y en situación extrema, San Ezequiel favoreció la lucha militar contra los liberales. Martínez Cuesta reconoce que:

“En 1900 y 1901, en los momentos más álgidos de la guerra de los Mil Días, sostuvo el entusiasmo popular y censuró la debilidad del gobierno y su condescendencia con el enemigo. En sermones, pastorales y circulares defendió el derecho de los sacerdotes a interesarse por la política, cuando‘ésta ataca a la religión e invade las personas y las cosas sagradas… Estar con los brazos cruzados mientras los enemigos, picota en mano, derriban la casa de Dios en el terreno político, sería una cobardía y una falta, porque nada mas necesitarían los enemigos de la Iglesia para triunfar y arrebatar las almas al catolicismo y al cielo“. En casos extremos hasta la guerra es licita: “Si se puede guerrear por la integridad territorial de la patria, o para reparar la afrenta hecha al honor nacional, o por otros motivos justos, ¿cuánto más se podrá guerrear por la verdadera fe, que es más y vale más que todo eso?” (Martínez Cuesta, San Ezequiel Moreno…,Zaragoza, 1992, pág. 98-101).

Por lo mismo, y según San Ezequiel, el principio de no intervención -razonable en sí mismo- no se podía aplicar cuando la revolución es internacional.

Preciosa imagen de San Ezequiel, tomada de la Red.

¿Enmendarle la plana? No desearíamos que autor alguno diese la impresión de enmendar la plana a San Ezequiel o a la Iglesia de entonces, para hacerles comprensibles al hombre liberal de hoy, ni que insistiese más de lo debido en el tema de los  límites de la libertad civil, o bien que ignorase la necesidad del reconocimiento a Dios y Jesucristo por parte de las instituciones y los Estados.

Ya que Martínez Cuesta apostilla -aunque apruebe lo dicho y hecho por el santo- la actuación de San Ezequiel considerándola desde nuestros días, realicemos algunas precisiones a sus “aclaraciones”. La decisión de la iglesia de canonizar a San Ezequiel no debe significar vaciar su figura, ni el espíritu que le embargó, ni la doctrina que expuso que es para todos los tiempos, ni las medidas de la prudencia atesoradas por la ascética  cristiana. Así pues, señalamos:

1º) Las doctrinas o conceptos del Liberalismo decimonónico significan básicamente lo mismo que hoy, lo que explica que, admitidos en plenitud, la sociedad haya degenerado hasta los extremos que estamos viviendo, y que sea absolutamente ingobernable salvo con un régimen que la propaganda actual señala -y de alguna manera con razón como señalaba Tocqueville hacia 1848- como tiránico.

2º) También en la práctica los hechos dan la razón a Pío IX, cuando advertía que la libertad de todos a todo favorecía el indiferentismo y la corrupción de costumbres (Syllabus prop. 77-79). Vinculado a ello, la doctrina católica advierte del estado de naturaleza caída, la necesidad de la Gracia y poner los medios humanos para recibirla, la necesidad del hombre de vivir en sociedad, y las obligaciones individuales que justifican parcialmente una obligación social.

3º) Los derechos defendidos en el s. XIX eran lógicamente los de toda la verdad -tema distinto a éste es el dicho de que sólo la verdad y no el error tienen derechos-, tanto en la persona, la sociedad, el Estado, y la Iglesia. En ese toda la verdad, se aunaban “la cosa”en sí, la persona que la recibe y vive, y la sociedad con sis instituciones. La dimensión individual y social, aún distinguiéndose, estaban y están aunadas, lo mismo que el ámbito de la intimidad -tan deseado frente al totalitarismo estatal- y lo exterior a la persona. No reconocemos como válida la critica de que por entonces “los derechos aparecían demasiado objetivados, como si sus únicos detentores fueran las ideas y no los hombres” (Martínez Cuesta, o. c. o. 102). Por entonces, la dignidad de la persona y sus derechos consubstanciales no permanecían en la sombra, sino que se afirmaban teniendo en cuenta  la persona y la sociedad, y estaban recogidos por la doctrina de la Iglesia. ¿Es que la Iglesia iba a quedar al margen de los derechos de la persona concreta, cuando los liberales le criticaban por rechazar la declaración de los derechos del hombre de la Revolución francesa? Si nuestro  razonamiento parte desde la realidad y necesidades de la intimidad personal para convencer a los liberales, hoy se exigiría y exige afirmar un límite a su exteriorización -que pudiera  ser algo cambiante-. A su vez, si nuestro razonamiento parte del bien común -como quizás se hiciera principalmente en el s. XIX frente al individualismo-, sin duda tiene en cuenta los límites propios de la ley, pues la ley civil no puede ni debe prohibir todo lo que hace daño a la persona y sociedad. No en vano León XIII habló de la posibilidad de la tolerancia (Libertas praestantissimum), rechazó el americanismo (Longinqua oceani…) que pudo coincidir -aunque un siglo antes-, con los actuales argumentos frente a San Ezequiel expuestos a su vez por Martínez Cuesta. “Siendo, pues, el liberalismo político que defiende el autor de la carta el mismo que profesa la República norteamericana, hay que concluir diciendo que no es el ideal de la iglesia, ni es legítimo, ni ventajoso para la Religión y la sociedad” (o. c. pág. 120).  No, lo expuesto por el hombre de hoy ya se exponía hace un siglo y fue rechazado por la Iglesia.

4º) La Iglesia afirmaba el bien común como superior al orden público material, que quizás éste no siempre deba ser exactamente el mismo; afirmaba los límites de la imnunidad de coacción por la que la comunidad y el poder civil sujetan al que yerra; y afirmaba también la urgente necesidad de proteger la civilización católica en su realidad o bien en aquellos que se benefician de ella.

5º) Si la acción diplomática y pacificadora de León XIII es el ralliement, hay que recordar que éste fracasó estrepitosamente en Francia. Si la prudencia de la diplomacia pontifica quitó argumentos a los perseguidores de la Iglesia -así dicen algunos, lo que no creemos-,  no evitó a ésta la persecución. Piénsese en el caso de Francia en la IIIª República, España de la IIª República, Alemania con Bismarck y el kulturkampf etc.

6º) La denuncia contra el liberalismo no sólo se centra en algunos de sus principios teórico-prácticos, anidados en el liberalismo político, sino que se centra en todo el sistema racionalista, la secularización, el naturalismo del llamado Derecho Nuevo… que se concretó en la Revolución francesa (o. c. pág. 119). El liberalismo no es el republicanismo, ni los sistemas políticos participativos. Recuérdese la aportación Benignitas et humanitas de Pío XII.

7º) San Ezequiel no sólo refutó la doctrina y práctica liberales, sino también el falso espíritu de conciliarlo todo, el espíritu de independencia, el imitar a la Norteamérica y Europa de ese momento, y el hacer alarde de tener muchos amigos liberales pues el error es pegajoso como la melaza. Un ejemplo es su crítica al ánimo de algunos de “no ver en los hombres, ni conservadores, ni liberales, ni católicos, ni herejes, sino una sola cosa en Cristo”. No, no se puede ver a todos una sola cosa en Cristo cuando los herejes están separados de la Iglesia. Por lo mismo, participar de la misma Eucaristía está reservado a los católicos.

El Obispo de Pasto fue beatificado por Pablo VI en la Plaza de San Pedro el 1-XI-1975, y declarado santo por Juan Pablo II en Santo Domingo, capital de la República Dominicana, el 11-X-1992. Más de cien personas -concretamente 117 de Monteagudo, Marcilla y Alfaro-  asistieron a la canonización del beato Ezequiel Moreno en Santo Domingo por Juan Pablo II (DdN, 30-VIII-1992)

Su vida fue consumida enteramente en servicio de Dios y de la Iglesia.

Aunque Juan Pablo II nombró a Santo Tomás Moro como patrono de los políticos católicos, sin embargo San Ezequiel también merecería serlo. ¿Por qué?; porque aunque era un hombre de Iglesia, un obispo, y no un laico, sin embargo el enemigo al que se enfrentó -el Liberalismo y los liberales- es mucho más actual, extenso y profundo que el cesarismo de Enrique VIII, que puede anunciar el estatismo actual.

José Fermín Garralda

NOTA. Biógrafos de Santo son Fray Toribio Mingüella (obispo de Sigüenza) y Pedro Fabo. Modernamente señalamos a Eugenio Ayape, Ángel Martínez Cuesta, Fco. José Fernández de la Cigoña, Baltsar Pérez Argós y José Fermín Garralda. Los tres últimos han publicado sus trabajos en la revista “Verbo”, concretamente Garralda en los nº 321-322 y 323-324 (1994), y en la Rev. “Ahora-Información” (Madrid), nº 35 (1998).

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