26 de junio de 2019 0 / /

San Buenaventura, faro de la Catolicidad del siglo XIII: un magisterio perenne

 

 

San Buenaventura, el Doctor seraphicus, encarna el espíritu del siglo XIII (el más luminoso y granado de la Cristiandad) mejor que ningún otro; él es, junto a su gran coetáneo el Aquinate, el otro gran lucero teológico-filosófico de la Baja Edad Media. Su impulso participa además del alma de la Universidad, creación Católica por antonomasia (nota: desde aquí, les preguntamos a esos modernos progres de izquierda que han tomado el control de las universidades nacionales si saben, realmente, de qué rizoma procede la institución que con su odium Dei esterilizan y diezman derramando jarabe marxista).

Por lo demás, el siglo XIII está marcado por una triple cualidad, harto relevante para comprender la personalidad de San Buenaventura en su contexto geográfico e intelectual:

1) la vida filosófica de dos Universidades: la de París y la de Oxford;

2) la importancia de dos Órdenes: la de los Franciscanos y los Dominicos; y

3) un perfecto equilibrio entre Fe y Razón.

Centraremos nuestra atención en el primer punto, crucial para aprehender la dimensión de San Buenaventura en el espacio de la Universidad de París, institución en la que el Santo, con apenas 27 años de edad, ya enseñaba en condición de maestro. Esta universidad fue, con mucho, el más importante centro de estudios superiores en la Cristiandad del siglo XIII, y es que los más reputados filósofos y teólogos del siglo en cuestión estuvieron asociados en algún período de tiempo a ella.

La Universidad de París se forjó a partir del cuerpo de profesores y alumnos pertenecientes a la Escuela-Catedral de Notre-Dame y las otras escuelas de París. Los tiempos de Platón habían quedado muy atrás, y fue Aristóteles (o más correctamente el aristotelismo) el nuevo modelo filosófico. A pesar de las prohibiciones, el influjo del inconmensurable Estagirita caló hondo: los primeros en estudiarlo fueron los artistas (sin pretensiones teológicas), mas con la llegada de los teólogos, el celo en el abordaje de su dimensión metafísica iba a romper todo tipo de moldes. Fue así como el aristotelismo terminó por eclipsar la filosofía de Avicena otrora dominante: este giro lógico se denomina “averroísmo latino”, es decir el movimiento universitario que se formó a favor de la interpretación que de Aristóteles hace Averroes (recuérdese que la gran aportación del filósofo cordobés fue limpiar el pensamiento de Aristóteles de influjos neoplatónicos).

NOTAS SOBRE EL MÉTODO ESCOLÁSTICO

Unas palabras sobre el método escolástico, tan pujante entonces. Su lema, imperecedero, dice así: “Pensar es un oficio cuyas leyes están minuciosamente fijadas”. Este método, consustancial al genio católico (todo razonabilidad y racionalidad), parte de dos premisas interconectadas:

1) que la filosofía es una ciencia apoyada en un lenguaje propio; y

2) que el saber se basa en la demostración, en tanto hay que conocer las leyes de la discusión, de la inferencia y, en consecuencia, saber aplicarlas a la realidad, para que no se queden en meras agudezas verbales.

En cuanto a la enseñanza en el aula, ésta se dividía en tres fases, a saber:

1) la Lectio, o lectura del texto por el maestro, en tres niveles: i) el gramatical; ii) la explicación del sentido del texto; y iii) la profundización en el sentido del texto;

2) la Disputatio, o discusión que permite ir más allá de la primera comprensión del texto, indicando nuevos problemas, los cuales son también discutidos; y

3) la Determinatio: al final de la discusión, el maestro aporta su solución.

VIDA

Nacido Bagnoregio, cerca de Viterbo, Giovanni Fidanza era de noble linaje, y es harto probable que el nombre de Buenaventura se lo diese el mismísimo San Francisco, quien cuando Giovanni era niño, realizó un milagro en su favor. Tal sería el influjo operado por el de Asís en él, que al llegar a la madurez, ingresó en la orden franciscana (1242 ó 1243). Sus dones prominentes le hicieron distinguirse bien pronto, y el gran Alejandro de Hales siempre le consideró el mejor de sus discípulos.

            La llegada de Buenaventura a la Universidad de París es uno de esos episodios antológicos sobre los que conviene extenderse. Por lo visto, el acceso de las órdenes mendicantes a las cátedras fue visto con sumo recelo por el grueso de los clérigos, canónigos y cancilleres que desempeñaban cargos en éstas. La polémica fue muy enconada, y los viejos pedagogos emprendieron una ofensiva contra los nuevos fichajes. Tan sólo la intervención pontificia de 1254 acabaría con la polémica, a favor de los recién llegados. Pero San Buenaventura deberá atender misiones mucho más importantes.

Con tan sólo 36 años, es elegido ministro general de la Orden, encontrándose así frente a una compleja responsabilidad, máxime si se tiene en cuenta que por aquellos años la Orden Franciscana aparecía sacudida por tendencias antitéticas:

A) por un lado, la de los partidarios de la tradición o seguidores del ideal primitivo; y

B) por el otro, la de los “renovadores”, que abogaban por la realización de ciertas modificaciones.

Cómo logró el Santo hacer reposar las aguas, es asunto de cuya respuesta sólo puede esgrimirse una lectura sobrenatural, pero lo concluyente del caso es que la Orden volvió a ser espiritualmente una, con un único objetivo, con fidelidad y entrega a la misma causa.

En 1273, Buenaventura es designado cardenal por el Papa Gregorio X. Sus últimos años, plenos de actividad intelectual, con logros filosóficos de primer orden, no le impedirán (pese a la enfermedad) asistir al Concilio de Lyon, durante cuyo desarrolló sería llamado al Padre Eterno.

FILOSOFÍA

Como ya hemos dicho, San Buenaventura, llamado el Doctor seraphicus, ingresó en la orden de los Franciscanos en 1238. Fue ante todo y sobre todo un teólogo cuya principal intención era mostrar el camino que conduce del alma a Dios. Nada menos. Y vaya si lo logró. Utilizando unas armas tan sutiles e incluso más efectivas que las del Aquinate, San Buenaventura logra articular un sistema filosófico integral, estructurando una cosmovisión de absoluta coherencia dentro de las líneas maestras de la Doctrina Católica.

Siguiendo al de Hipona, Buenaventura no separa filosofía de teología, en tanto en cuanto son indisociables (de lo contrario estaríamos incurriendo en un claro empobrecimiento): para llegar a la verdad natural y luego a la verdad sobrenatural, el hombre necesita de ayuda divina. Es un hecho inherente a toda metafísica, pues el ser irradia de Dios.

En consecuencia, Dios crea las cosas según los modelos eternos de su mente: por eso las cosas guardan semejanza con Dios; la idea divina “expresa” el ser de las cosas creadas. La bondad divina es la razón última de la Creación. Las cosas del mundo son testigos de la bondad de las perfecciones de Dios. El universo aparece así como lenguaje de la manifestación de Dios.

San Buenaventura acusa una clara dirección aristotélica en su hilemorfismo, en cuanto funda la distinción entre Dios y las cosas: ser posible / ser actual; esencia / existencia. Todos los seres, salvo Dios, están hechos de materia y forma. Por ende, todas las formas posibles están en la materia.

La antropología del Santo Doctor toma al hombre como el centro del universo, lo que no le autoriza a dominar caprichosamente la naturaleza; hombre y naturaleza se armonizan en uno.

Buenaventura postula el retorno a Dios (véase su Itinerario del alma a Dios), estableciendo dos procesos silogísticos: del movimiento (pruebas aristotélicas) y de la propia alma (pruebas agustinianas).

Luminosa también es su Teoría del amor, plena de Caridad cristiana e impregnada del espíritu de Sócrates y de San Agustín: el amor es ante todo puerta del conocimiento, puesto que para conocer una cosa, primero hay que amarla: cuanto más conoces, más amas. Así es: el conocimiento perfecto brota del amor: “Hacemos el bien conociéndolo. El mal es efecto de la ignorancia” (Sócrates); “Se conoce la verdad amándola” (San Agustín).

OBRAS DESTACADAS DEL SANTO

Reducción de las ciencias a la teología (ca. 1251): opúsculo en el que cada ciencia, por el punto de partida de donde procede, contiene un destello de luz que connota alguno de los conocimientos que nos proporciona la Teología, luz superior con la cual podemos conocer la razón de ser de cada una de las ciencias.

Breviloquio (ca. 1257): tratado teológico en siete partes destinado a los religiosos, que supone un compendio de las verdades teológicas previamente vertidas por su autor en una obra mucho más extensa: el Commentarium in quattuor libros Sententiarum. Este Breviloquio conoció amplísima difusión y todavía hoy es idóneo para adentrarse en los textos del Santo Doctor.

– Itinerario del alma a Dios (1259): obra teológico-filosófica en la que la filosofía se ordena intrínsecamente a la teología, como lo perfectible a lo perfecto. También conocida como Itinerario de la mente a Dios, es sin duda la obra maestra de su autor.

Leyenda de San Francisco: biografía definitiva del Santo, destinada a la familia franciscana para vigorizar el ánimo y fortalecer el espíritu en momentos de postración.

FUENTE
– SAN BUENAVENTURA: Obras de San Buenaventura (6 vol.), Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid.

 

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