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11 de febrero de 2026 0

No somos vendeanos. No somos cristeros.

(Por Javier Garisoain)  –

Esto va a sorprender a algunos pero es la verdad y creo que hay que decirlo:

Los carlistas no somos vendeanos.

Los carlistas no somos cristeros.

Me explico.

Admiramos a aquellos heroicos primeros contrarrevolucionarios de la Vendée. Siempre nos han inspirado las historias de Cathelineau, La Rochejaquelein, François de Charette y compañía. Al enarbolar sus estandartes con el Sagrado Corazón despertaron el odio satánico de aquel primer liberalismo rabioso que quiso borrar a la Iglesia a golpe de guillotina.

Nos emociona igualmente la justísima rebelión de los Cristeros mexicanos de la que ahora se conmemora el centenario. Ellos, incluso abandonados por las altas jerarquías, supieron entregar su vida en defensa de lo más sagrado.

Sin embargo hay que decir que el Carlismo es otra cosa. Porque no ha sido una mera reacción, no es tan sólo una justa rebelión. Es una bandera que se alza para gritar que la verdadera España, la tradicional, la católica, la de nuestros clásicos, reclama su lugar en la historia.

El objetivo de los carlistas no es «que nos dejen ir a Misa». Es más, mucho más ambicioso. No es un choque puntual contra la tiranía; no es un hartazgo que explota cuando se llega a un límite.

Aunque nuestra debilidad actual no lo muestre, somos la única alternativa política real al mundo podrido de las ideologías modernas. Una alternativa que ahora tiene el tamaño de una semilla. Y que por ello tiene el potencial de una semilla. Cuando los políticos de la partitocracia ya no saben cómo insultarse se llaman «carlistas» unos a otros. Eso demuestra que el desprecio del sistema hacia el Carlismo no es el que se tiene a un viejo gruñón, o a un joven impulsivo, sino el que quien intuye que el Carlismo, si llegara a crecer, sería un enemigo formidable. Su único enemigo.

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