25 de febrero de 2019 0 /

Más “Hojas de acanto” (6): Gajes de la guerra

GAJES DE LA GUERRA  (Endechas y relato del hecho)
 
Una bala perdida
me dió en la pierna,
pero su extensa herida
fue sólo externa.
 
¡El odio “rojo”
no consiguió, homicida,*          *El tiro lo sufrí, cuando los requetés obligaban
dejarme cojo”                             a los rojos a levantar el campo.*

Se buscaba mi muerte,
esto es lo cierto,
pero tuve la suerte
de no ser muerto.
 
sin saber cómo,
por el camino
desvió Dios el plomo
vil y asesino,
que venía derecho,
como un ciclón,
a atravesarme el pecho
y el corazón…
 
No olvidaré, mientras viva, esta circunstancia, pero permítaseme hacer un poco de historia sobre este suceso:
 
El “Tercio de Requetés de Burgos”, más tarde de Burgos-Sangüesa, iniciaba su avance desde Sigüenza, camino de Madrid, por tierras de la Alcarria. En su primera jornada bélica llegó hasta Pelegrina, pequeña localidad a las puertas de un anfiteatro rocoso, digno del lápiz de un Gustavo Doré y punto de partida para la conquista, por los requetés y por sorpresa y de madrugada, del cerro de San Cristóbal, cota, la más elevada, en la provincia de Guadalajara.
Mandaba el Tercio el Comandante de Caballería don Rafael Ibáñez de Aldecoa *(el que le salvó de la pena de muerte cuando la unificación 19–04-1937)*, que llegaría, pasado el tiempo, a General de División y a Gobernador Militar de Burgos, y que no ostentó los entorchados de Teniente General por negarse a ingresar, como se le pedía, en las filas masónicas.
En la operación castrense a que me refiero en esta Nota, el citado Comandante del Tercio, echándose a la cara los prismáticos, observó que el Capital Jimeno, que mandaba la Segunda Compañía, a la que pertenecía el que esto escribe, estaba muy retrasado en la línea de combate, más que nada por puro entorpecimiento de la operación militar, actitud nada extraña en un individuo, al que, días más tarde, se le encontró un Carnet de la “Institución Libre de Enseñanza” falsificado a su nombre, con la intención, bien clara, de traicionar a la Patria y al Mando Nacional en cualquiera oportunidad. Dicho Capitán, probada su deslealtad y propósito, fue detenido y, parece ser que a prisiones militares hasta el final de la guerra. Acabada ésta se alistó en la “División Azul” destacada en Rusia. Era un señor inteligente pero peligroso.
En la Orden que se me encomendó a mi para dársela en propias manos al citado Capitán, el Mando Superior le urgía a que adelantase las líneas de su Compañía a la altura de la primera y de la tercera. Cumplimentar este encargo de llevarle la Orden al Capitán era arriesgado en extremo, por el intenso fuego enemigo sobre aquel que expusiera el cuerpo limpio a las balas,  y nadie más que un “Enlace” corre este riesgo inevitable. El camino recorrido por mi pasaba del kilómetro y medio, trayecto que me costó vencer más de una hora, porque los rojos veían en mi un blanco precioso para abatirme sin remedio. Tan es así, que muchas veces hube de tirarme al suelo para burlar al enemigo que, incluso con artillería, se empeñaba en cortarme el paso hacia mi objetivo único y cuando, por fin, estaba a punto de alcanzar mi cometido, recibí un “tremendo impacto” en la pierna izquierda, como hago constar en las endechas que prologan esta reseña. Afortunadamente el balazo no fue grave, porque, de haberlo sido, me habría quedado tendido en el campo hasta perecer desangrado, por falta de todo auxilio.
Tan tenaz fue el tiroteo sobre mi, que yo temí que allí me quedaba para siempre, toda vez que las balas me rondaban como un enjambre la cabeza y las chinitas que levantaban al dar en tierra se estrellaban en los cristales de mis gafas, empañadas por el sudor y el polvo.
¿Quién me libró de una muerte segura? Nadie más que el Corazón de Jesús que ostentaba, como la más noble condecoración sobre el kaki de mi camisa de campaña, sirviéndole de fondo una bandera española, y al que me encomendé vivamente, y al que desinteresadamente le ofrecí, en aquellos angustiosos momentos, el sacrificio de mi vida, si es que, en sus inescrutables designios, así lo tenía dispuesto y quería arrebatármela. Nunca he rezado con más devoción que entonces. Lo confieso de verdad. Sólamente le pedía a Dios que no abandonase, caso de morir yo, a mi pobre esposa Casilda que allá, en Burgos, estaría pensando tal vez en su marido en aquella circunstancia. Y el Señor me salvó. Él – sin duda alguna – desvió la trayectoria de la bala que derechamente buscaba mi corazón para abatir a este Enlace de una vez para siempre. Tenía, a la sazón, 40 años de edad y, cuando consigno estos datos, acabo de cumplir los 85. Que conste así, porque doy fe de que, cuanto en esta breve nota va detallado, corresponde, por entero, a la verdad histórica.
¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera!…

Martín Garrido Hernando

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