16 de agosto de 2019 0 / /

Las dos ciudades

El año pasado fue beatificado Eduardo Castillo Vasallo, nacido en mi pueblo. Nos llamó la atención el hecho de que no conocíamos familiares del nuevo beato. Y es que su padre era militar. El nuevo beato formaba parte de un grupo de vicencianos, devotos de la Medalla Milagrosa.

Por la fecha de su nacimiento, su padre pertenecía al ejército liberal acantonado en Vascongadas y Navarra al fin de la guerra de 1872-1876. Pertenecía al ejército liberal, pero ¿ya era liberal de verdad?

Otro caso de santidad venía ocupando nuestras reflexiones. Santa Maravillas de Jesús era hija de un político liberal. Y la pregunta que nos hacíamos era la misma.

Muchos se calificaban liberales por ser defensores de la dinastía liberal. Pero estamos seguros de que no eran conscientes del mal que encerraba, y encierra, el liberalismo. Se fijaban nada más en el aspecto de problema dinástico que tenía la lucha. No veían que en la misma había mucho más.

Luchaban las dos ciudades de San Agustín. En uno de los bandos, la ciudad del diablo se enmascaraba en la defensa de una dinastía. En el otro, la conciencia de que se luchaba por la Ciudad de Dios era clara. El Rey se consideraba como el caudillo de los defensores de la misma.

Y así lo veían los soldados que se presentaban como “los voluntarios del Rey Don Carlos”. “Mañana, madre, me marcho ya / con los carlistas a pelear, / y si no fuera a volverte a ver, / dirás que he muerto por Dios y el Rey”. Así rezaba una de las coplillas que nos han llegado.

“Dios y el Rey”. Juntos porque ambos eran necesarios para España. Dios como creador y fundamento de la sociedad. El Rey como ejecutor en la tierra de las leyes eternas de Dios. Juntos, pero jugando un papel muy diferente. El segundo al servicio del primero. Pero indispensable el segundo para el mejor servicio de Dios.

La Revolución triunfó aparentemente. En parte porque muchos partidarios de la Ciudad de Dios, no fueron conscientes de que la combatían. Por eso es hora de que los carlistas reflexionemos. Hagamos nuestra autocrítica, como denominan los marxistas a lo que los cristianos veníamos practicando como capítulo de culpas.

Y es que, obligados a conformarnos como un partido político, en muchas ocasiones, nuesrtra actuación ha seguido similares pautas que las de los partidos liberales. Se dice que todo se pega menos la hermosura.

Nuestra gente no ha sido consciente de la grandeza de la Causa que defendemos. A ello se ha debido el trasvase de carlistas a otros partidos del sistema liberal, considerados “afines”. Los tales no han sido conscientes de la importancia fundamental de los principios. De todos los principios. Aquí no cabe lo de la botella “medio llena o medio vacía”. En cuestión de principios la botella tiene que estar llena.

Las vicisitudes nos han llevado a una situación en que carecemos de Rey. No importa, tenemos los principios. Pero entendamos el “no importa”. Afecta exclusivamente a que ello no nos exime de la obligación de luchar por los principios. Sí importa en cuanto a los inconvenientes que acarrea el carecer de un Rey.

A lo largo de nuestra vida política hemos visto a muchos correligionarios engrosar las filas de partidos afines, como ya lo he dicho. Otros han terminado en partidos separatistas, incluso marxistas. Otros se han ido a casa. Pero muchos, conscientes de la obligación de proclamar la verdad de los principios de siempre, hemos persistido en defenderlos.

Y un Rey no se improvisa. Por eso en la CTC nos hemos limitado a proclamar la legitimidad de la familia de Don Carlos V, hasta don Alfonso Carlos I. Y seguimos luchando por los principios. Por los mismos principios que defendieron nuestro Legítimos Reyes.

A quienes nos preguntan ¿Quién es vuestro Rey? le contestamos que no lo sabemos. Como tampoco lo sabían, después de la derrota de Guadalete y la muerte de D. Rodrigo, los que resistieron en Covadonga. Y vencieron porque resistieron. Y no les faltó un Caudillo en la persona de Don Pelayo.

Zortzigarrentzale.

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