25 de junio de 2020 0 /

Las autonomías son caras ¿por qué?

Las anécdotas de Zortzigarrentzale

Se anunciaba la implantación de la autonomía vasca. Un primo mío expresaba su esperanza de que la restauración del Concierto Económico supusiera una rebaja de las contribuciones. Se basaba en el recuerdo de la vigencia del Concierto de Vizcaya suprimido, erróneamente, en 1937. Y comparaba la contribución que tenía que pagar por una finca, con la que pagaba un amigo suyo que poseía otra igual en territorio alavés, donde seguía vigente el Concierto.

-No lo esperes – le dije – los más seguro es que tu amigo termine pagando la misma contribución que tú y los dos más que lo que pagáis ahora.

Creo que acerté. No por ninguna facultad personal, sino por ser carlista. Los carlistas hemos acertado siempre anunciando las calamidades que nos ha traído el liberalismo.

No muchos meses después se anunció las restauraciones de las Juntas Generales de Vizcaya.

Las juntas tradicionales cuyo origen se pierde en la Edad Media, en la época de su supresión se convocaban dos o tres veces al año. Las convocaba la Diputación siguiendo un rito de origen medieval. Para ello, en cuatro montes del Señorío se encendían hogueras y se anunciaba el evento acompañado de la música de unas trompetas. Eran los montes que, por ello, se denominaban bocineros.

Se conservaba la costumbre. Pero la esencia de la convocatoria consistía en un Orden del Día que la Diputación cursaba a cada municipio, indicando los asuntos a tratar, fijando la fecha de la reunión y pidiendo el envío de dos personas con poder suficiente para los debates.

Cada ayuntamiento enviaba, pues, dos apoderados. Las reuniones duraban cinco o seis días. Y los apoderados percibían, del Ayuntamiento a que representaban, unas dietas para cubrir los gastos de viaje y estancia.

En el engendro restaurado, que recibió el nombre de Juntas Generales, la representación no es por ayuntamientos. Se dividió el Señorío en comarcas. A cada comarca se asignó un número de diputados. Y las elecciones eran un clon de las que se hacen para el Parlamento. Listas de partidos políticos, y la Ley de Hont. Se eligen diputados que se reúnen permanentemente y tienen un sueldo asignado. Mucho más costoso que las Juntas tradicionales. Y menos representativas de la realidad social. No están presentes los pueblos. La comarca de la que proceden los diputados no tiene importancia. Se ha votado a eso tan artificial como es el partido político.

Por aquella época teníamos trato frecuente con un compañero de profesión., cargo importante en el PNV.

– ¿Cómo habéis aprobado ese engendro? – le preguntamos.

– Necesitábamos el acuerdo del PSOE – nos contestó.

Es un botón de muestra de los muchos que se pueden mencionar. Así salen caras las autonomías. Porque tales Juntas sirven para muy poco. Además, hay un parlamento autonómico.

En 1873 Cánovas del Castillo hizo un elogio de la administración foral de las vascongadas. Afirmó que, en vez de suprimirla, convendría extenderla a toda España. Una vez que triunfó su Restauración, estableció los Conciertos Económicos, que permitían continuar el funcionamiento de las diputaciones y de los servicios que ya venían prestando, aunque suprimió las Juntas Generales. De extender a toda España la administración foral que había elogiado, nada. El liberalismo es incapaz de hacer nada sano.

Los Conciertos Económicos, como antes los Fueros, han dado, y dan lugar, a un agravio comparativo. A ojos de la mayoría de los españoles se trata de unos privilegios que hay que suprimir.

Y no es eso, se trata de un sistema administrativo sencillo, eficaz y honrado. Por eso sale barato y los ciudadanos podían pagar menos impuestos. “Podían” porque una de las condiciones que el PSOE impuso para consentir los Conciertos, fue que la autonomía no podía suponer un paraíso fiscal.

Para acabar con ese agravio comparativo, lo que procede es que el sistema vascongado se extienda a toda España. Que se cumpla el deseo de Cánovas de 1873.

Para ello es preciso que las demás regiones expresen el deseo de aplicar el sistema. Porque uno de los males que el liberalismo ha traído a España, es que nos hemos acostumbrado a depender, para todo, del Estado. Ante una necesidad pública, nos dirigimos al Estado pidiendo su solución. Cuando lo foral era pedir al Estado nos permitiera resolverlo a nosotros mismos.

Y cuando hablamos de extender a toda España el sistema administrativo vascongado, nos referimos al que teníamos con la vigencia de los Fueros. Las autonomías existentes son un desastre. Muy caras, e ineficaces.

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